Para quienes viven extasiados con el storytelling y buscan encajar una historia a como dé lugar en sus estrategias o, dicho de otro modo, ya no conciben el marketing sin contenidos, conviene una dosis de memoria. Sí, Internet levantó el cerrojo que los medios tradicionales tenían sobre la conversación y dio voz a cualquiera con opinión. Pero, muchas veces, lo que hoy pasa por “conversación” no es más que ruido propagandístico. Las audiencias, empoderadas por las plataformas, blindan y vetan sus fuentes; el resultado: cámaras de resonancia y posturas acaloradas, inflexibles e incompatibles.
De ahí que cobre sentido la idea (recogida en un enlace que compartió esta semana Ana Santos) de que una buena historia importa, pero también que el storytelling es como el licor: se bebe con moderación y hay que saber cuándo parar.
En resumen: no todo necesita una historia; necesita verdad, claridad y utilidad. Y cuando la historia suma, adelante—sin empalagar. Yo, por mi parte, disfruto una buena historia bien contada. ¿Y usted?
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