En el taller, antes de que las máquinas dominaran el ritmo de la producción, el objeto nacía de una relación cercana entre la mano, el material y la necesidad. El artesano conocía la madera, el metal, la tela o el barro; también conocía, muchas veces, a la persona que usaría aquello que estaba fabricando. Una silla no era solamente una silla: era la respuesta concreta a un cuerpo, a una casa, a una costumbre y a una forma de vivir. En ese vínculo directo entre quien hacía y quien usaba existía una dimensión humana que más tarde la industrialización pondría en crisis.
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