La llamaban la Cirugía porque decir lo que era de verdad se sentía como tentar a la suerte.
En el sótano de un edificio anónimo, en una capital que se jactaba de estar siempre a la vista, las paredes eran del color del papel envejecido y el aire olía a ozono y café recalentado. Una hilera de pantallas cubría el muro: meteorología, imágenes satelitales, tráfico de comunicaciones convertido en gráficos pulcros, y un mapa de la ciudad objetivo con fronteras invisibles dibujadas por manos que nunca firmaban.
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