En el fútbol, como en los negocios, una promesa crea una expectativa. Un estudiante que anuncia un gran proyecto, un emprendedor que lanza una marca, un comerciante que promete calidad superior o un vendedor que asegura una experiencia excepcional sabe que, tarde o temprano, el público comparará lo prometido con lo entregado. Esa comparación puede ser justa o injusta, serena o emocional, pero casi nunca es indiferente. Algo parecido ocurre con los futbolistas de élite cuando dejan de ser vistos únicamente como jugadores y empiezan a ocupar el lugar de símbolos nacionales, embajadores comerciales y representantes de una ilusión colectiva.
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