Pensemos en una empresa que contrata a cientos de personas para trabajar por separado. Cada una recibe su tarea, sus herramientas y un espacio propio. No existe un equipo formal ni se ha previsto que los trabajadores intercambien información. Un día, alguien descubre que todos pueden escribir en una carpeta técnica que, en principio, servía para otra cosa. Deja una nota. Otra persona la encuentra. Aparecen respuestas. La carpeta termina convertida en un tablón improvisado donde se piden favores, se comparan soluciones y se advierte de errores.
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