“Farmear aura”: la nueva expresión para una vieja dinámica social

Cada generación inventa jerigonza novedosa para describir cosas que, en realidad, la humanidad lleva haciendo desde hace siglos. Cambian los escenarios, cambian los códigos y, por supuesto, cambia el vocabulario. Antes alguien podía querer “quedar bien”, “darse importancia”, “hacerse notar” o “ganarse el respeto”. Hoy, en ciertos rincones de internet, puede decirse que alguien está “farmeando aura”. La expresión suena extraña, quizá incluso absurda para quien no está familiarizado con la jerga digital. Sin embargo, detrás de ella aparecen mecanismos sociales muy antiguos: la búsqueda de estatus, la gestión de la impresión que se causa en los demás y la necesidad de recibir reconocimiento del grupo.

Visto desde la sociología y la psicología del comportamiento, el asunto resulta menos extravagante de lo que parece. El ser humano es una especie profundamente social. Desde mucho antes de las redes sociales, pertenecer a un grupo, ocupar una posición respetada dentro de él y proyectar una imagen favorable podían traer ventajas muy concretas: cooperación, protección, acceso a recursos, oportunidades de pareja, alianzas y prestigio. Internet no inventó esos impulsos. Lo que hizo fue proporcionarles nuevos escenarios, nuevas reglas y, sobre todo, jerigonza novedosa.

La búsqueda de estatus constituye uno de los mecanismos más evidentes. En cualquier grupo humano surgen diferencias de prestigio. Algunas personas son escuchadas más que otras, algunas son consideradas especialmente competentes, divertidas, valientes, atractivas, sofisticadas o interesantes. Ese reconocimiento funciona como una forma de capital social: no necesariamente entrega dinero o poder formal, pero sí influencia.

Conviene aclarar que buscar estatus no significa necesariamente ser arrogante o narcisista. Un médico que desea ser respetado por sus colegas, un adolescente que intenta impresionar a sus amigos, un trabajador que quiere que su jefe reconozca su competencia o una persona que cuenta una anécdota especialmente graciosa durante una cena participan, en distintos grados, del mismo juego social. Todos procuran ocupar una posición favorable dentro de la mirada ajena.

Lo que cambia entre un contexto y otro es qué conductas producen prestigio.

En un ambiente académico, conocer ciertos autores puede dar estatus. En un gimnasio, levantar mucho peso puede cumplir esa función. En una reunión social, tener buen sentido del humor puede resultar más valioso. En determinados espacios de internet, aparecer despreocupado, seguro de sí mismo, estéticamente atractivo o capaz de realizar algo impresionante sin aparentar demasiado esfuerzo puede producir esa misma recompensa simbólica.

Ahí empieza a aparecer el concepto de aura.

En la jerga de internet, “aura” no se refiere necesariamente a ninguna energía espiritual. Se utiliza, de manera humorística, como una especie de puntuación imaginaria del carisma, la presencia, la seguridad o el prestigio que transmite una persona. Alguien realiza algo extraordinariamente elegante y “gana aura”. Alguien intenta impresionar y fracasa de forma vergonzosa y “pierde aura”. Naturalmente, no existe ningún contador real. Precisamente por eso funciona el chiste: se habla del prestigio social como si fuera la puntuación de un videojuego.

De ahí sale también el verbo “farmear”. En los videojuegos, farming suele referirse a repetir determinadas acciones para acumular recursos, experiencia o recompensas. “Farmear aura”, por tanto, equivale aproximadamente a hacer algo que pueda aumentar la percepción de carisma, prestigio o admiración que una persona genera ante los demás.

La expresión parece nueva. El comportamiento no lo es.

Aquí entra un segundo mecanismo: la gestión de la impresión.

El sociólogo Erving Goffman propuso una idea especialmente útil para entender la vida social: las personas se comportan, en cierto sentido, como actores que presentan distintas versiones de sí mismas según el escenario y el público. No significa necesariamente que estén mintiendo. Significa que seleccionan qué aspectos de sí mismas mostrar, cuáles enfatizar y cuáles dejar en segundo plano.

Un profesor no se comporta exactamente igual durante una clase que durante una cena familiar. Una persona puede hablar de una manera frente a sus amigos y de otra durante una entrevista de trabajo. Al asistir a una boda, probablemente cuide más su vestimenta que cuando baja a comprar pan. Ninguna de estas diferencias demuestra automáticamente falsedad. Revelan algo bastante más cotidiano: las personas tienen conciencia, aunque sea parcial, de que están siendo observadas e interpretadas.

Las redes sociales convierten esa situación en algo especialmente visible porque allí la identidad puede editarse.

Se escoge una fotografía entre veinte intentos. Se decide qué historia contar. Se elimina una publicación. Se repite una toma. Se piensa una frase aparentemente espontánea. Incluso puede prepararse cuidadosamente una escena destinada a parecer casual.

Y entonces aparece una paradoja interesante: cuanto más valor tiene parecer naturalmente carismático, más esfuerzo puede invertirse en ocultar el esfuerzo empleado para conseguirlo.

Por eso ciertas formas de “farmear aura” consisten precisamente en hacer algo llamativo fingiendo que no importa demasiado. Una persona ejecuta una acción difícil y se marcha sin celebrarla. Otra aparece perfectamente vestida en un lugar cotidiano como si no hubiese pensado en ello. Otra responde con una frase ingeniosa en el momento exacto. Otra realiza un gesto generoso mientras una cámara casualmente está grabando.

El público sospecha el mecanismo y comenta: “está farmeando aura”.

La acusación resulta divertida porque señala el artificio detrás de una imagen supuestamente espontánea. Pero también puede ser injusta. Desde fuera resulta muy difícil saber cuánto de una conducta fue calculado y cuánto simplemente ocurrió.

El tercer mecanismo es la necesidad de reconocimiento del grupo.

Las personas no solo quieren existir dentro de una comunidad; generalmente quieren saber que su existencia cuenta para ella. Una sonrisa, una carcajada, un aplauso, un elogio, una invitación o incluso una mirada pueden funcionar como pequeñas señales de aceptación social. Las plataformas digitales transformaron muchas de esas señales en indicadores visibles: “me gusta”, reproducciones, seguidores, comentarios, compartidos y otras métricas.

Eso permite cuantificar algo que antes era mucho más ambiguo.

Después de contar un chiste en una mesa, alguien podía intuir que había tenido éxito porque varias personas se reían. En internet, ese mismo éxito puede aparecer expresado en decenas de miles de interacciones. La recompensa social se vuelve medible, comparable y pública.

Por eso algunas conductas digitales pueden reforzarse con extraordinaria rapidez. Si cierta manera de hablar, vestirse, bailar, bromear o mostrarse recibe atención positiva, aumenta la probabilidad de que vuelva a utilizarse. No hace falta imaginar una conspiración psicológica sofisticada. Basta con un principio elemental del aprendizaje: las conductas que reciben recompensas tienden a repetirse.

Sin embargo, sería demasiado simple concluir que toda persona que participa en una tendencia de internet lo hace únicamente para obtener estatus.

Ese es precisamente uno de los errores más frecuentes cuando una generación observa las costumbres de otra.

Desde fuera, un ritual social puede parecer ridículo porque se desconoce la función que cumple desde dentro.

Un adulto puede observar a varios jóvenes hablando de “aura”, “cringe”, “NPC”, “rizz” o cualquier otra expresión pasajera y pensar que se trata de un deterioro del lenguaje o de una sucesión de tonterías sin sentido. Pero esa reacción olvida que todas las generaciones han desarrollado vocablos, modas, bromas internas y códigos capaces de distinguir a quienes pertenecen al grupo de quienes permanecen fuera de él.

La jerga también cumple una función social. Quien entiende el chiste demuestra familiaridad con el código. Quien sabe utilizarlo correctamente obtiene una pequeña señal de pertenencia. Quien lo utiliza mal puede recibir burlas. Así, el lenguaje funciona como una frontera simbólica.

Por eso “farmear aura” no solo describe una conducta relacionada con el estatus. La propia expresión puede utilizarse para crear complicidad entre quienes entienden su significado.

Ahora bien, ¿realmente quienes aparecen en esos videos, fotografías o escenas están intentando “farmear aura”?

A veces sí.

Sería ingenuo negar que muchas conductas públicas están diseñadas deliberadamente para producir admiración. Las redes sociales poseen incluso incentivos económicos para ello. La atención puede convertirse en seguidores; los seguidores, en influencia; y la influencia, en oportunidades profesionales, publicidad o dinero. En esos casos, producir una imagen atractiva no es simplemente una necesidad emocional: puede formar parte de una estrategia bastante racional.

Pero otras veces la explicación es mucho menos calculada.

Algunas personas buscan diversión. Otras imitan una tendencia porque sus amigos también lo hacen. Algunas disfrutan interpretando un personaje. Otras experimentan con su identidad. Algunas desean pertenecer. Otras quieren provocar una risa. Muchas probablemente mezclan varias motivaciones sin analizarlas conscientemente.

Además, una conducta puede producir estatus sin haber sido realizada con ese propósito.

Una persona puede ayudar a alguien porque considera que es lo correcto y recibir admiración como consecuencia. Puede vestirse de determinada manera porque disfruta esa estética y ser percibida como especialmente interesante. Puede efectuar una hazaña simplemente porque sabe hacerla y terminar convertida en símbolo de “aura” después de que otra persona publique el video.

Confundir el efecto social con la intención psicológica sería un error.

La distinción importa porque buena parte de las burlas hacia las tendencias juveniles se basa precisamente en atribuir intenciones con excesiva facilidad. Desde fuera se observa una conducta y se supone inmediatamente que quien la realizó “quería llamar la atención”. A veces será cierto. Pero llamar la atención tampoco constituye, por sí mismo, una anomalía moral.

La mayoría de las sociedades están llenas de formas socialmente aceptadas de llamar la atención.

Un empresario conduce un automóvil costoso. Un profesional coloca sus títulos en la pared. Una familia organiza una boda espectacular. Alguien cuenta repetidamente una historia en la que queda particularmente bien. Una persona publica fotografías de sus vacaciones. Otra utiliza determinada marca de ropa. Un intelectual cita autores difíciles. Un vecino presume de su jardín.

Todos esos comportamientos pueden contener, junto con muchas otras motivaciones, elementos de estatus y gestión de la impresión.

La diferencia es que algunas formas de exhibición resultan familiares y, por ello, parecen normales; otras son nuevas y entonces parecen absurdas.

Quizá ahí se encuentre la parte más interesante del fenómeno.

Cuando una persona adulta se ríe de un joven porque está “farmeando aura”, puede estar observando una versión digital y exagerada de algo que ella misma realiza en otros escenarios. Tal vez no grabe un video caminando lentamente después de hacer algo impresionante, pero puede cuidar la ropa que utiliza en una reunión importante, mencionar discretamente un logro profesional o procurar contar una historia de manera que provoque una impresión favorable.

Los códigos cambian. La necesidad social permanece.

Esto tampoco significa que todas las prácticas digitales sean inocentes o saludables. Una preocupación excesiva por la valoración ajena puede convertirse en una fuente constante de comparación, ansiedad y dependencia de la aprobación. Cuando cada experiencia comienza a evaluarse según su potencial para generar atención, la frontera entre vivir algo y representar que se está viviendo puede volverse difusa.

Pero esa crítica resulta más útil cuando se dirige al mecanismo y no cuando se limita a ridiculizar el vocabulario.

“Farmear aura” puede ser absurdo, cómico y exagerado. Precisamente de eso vive buena parte del humor de internet. Al mismo tiempo, la expresión pone nombre a una dinámica social reconocible: la acumulación simbólica de prestigio ante una audiencia. En ella pueden intervenir la búsqueda de estatus, la presentación estratégica de uno mismo, la necesidad de aprobación, la pertenencia grupal, la imitación y el aprendizaje mediante recompensas sociales.

No todos los participantes persiguen conscientemente esos objetivos y no toda conducta etiquetada como “aura farming” fue diseñada para impresionar. La expresión también funciona como broma, exageración y comentario colectivo sobre cómo se construye el carisma.

En el fondo, lo verdaderamente nuevo no es la necesidad de ser admirado, reconocido o aceptado. Tampoco lo es intentar controlar la impresión que se produce en los demás. Lo nuevo es que estas dinámicas ocurren frente a cámaras, algoritmos y audiencias potencialmente gigantescas, mientras una generación ha decidido describirlas mediante la metáfora de acumular puntos invisibles.

Puede que dentro de algunos años nadie diga “farmear aura”. Surgirá otra expresión y probablemente una nueva generación de adultos se preguntará qué significa semejante disparate.

Los mecanismos sociales, en cambio, seguirán allí.


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