En el consumo, como en la política, la idea de una elección puramente racional es más una aspiración normativa que una descripción realista del comportamiento humano. Un consumidor puede decidir y mantener su preferencia por una marca aun cuando existan comparativos, reseñas o evidencia de que “no es la mejor opción” en términos de precio, desempeño o calidad técnica. Este fenómeno no es una anomalía: es una consecuencia predecible de cómo las personas toman decisiones bajo incertidumbre, presión de tiempo, costos de cambio y saturación informativa. La “mejor opción” no se define solo por atributos objetivos; se construye también con identidad, emociones, confianza, normas sociales y atajos mentales que ayudan a reducir complejidad. Entender esto permite al mercadólogo diseñar estrategias para disminuir el arraigo de preferencias subóptimas, o incluso revertirlas, sin depender exclusivamente de argumentos racionales que muchas veces llegan tarde y con poca tracción.
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