La noche caía sobre Bogotá como un archivo corrupto: a pedazos, con zonas negras que nadie sabía cómo leer. Desde la ventana de mi oficina se veía el reflejo amarillento de los semáforos en la lluvia, y el humo del cigarrillo hacía espirales sobre el teclado.
Yo era periodista de investigación, pero últimamente trabajaba más de detective barato: seguía rastros borrosos, escuchaba grabaciones incompletas, leía correos filtrados sin remitente claro. El gran caso del momento eran los computadores del muerto: tres portátiles chamuscados, varios discos duros, un puñado de USB y toneladas de sospechas.
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