La noche caía sobre Bogotá como un archivo corrupto: a pedazos, con zonas negras que nadie sabía cómo leer. Desde la ventana de mi oficina se veía el reflejo amarillento de los semáforos en la lluvia, y el humo del cigarrillo hacía espirales sobre el teclado.
Yo era periodista de investigación, pero últimamente trabajaba más de detective barato: seguía rastros borrosos, escuchaba grabaciones incompletas, leía correos filtrados sin remitente claro. El gran caso del momento eran los computadores del muerto: tres portátiles chamuscados, varios discos duros, un puñado de USB y toneladas de sospechas.
Llamaron a las 10:47 p.m.
—¿Jacobo Rivas? —La voz era grave, con ese timbre cansado de quien está acostumbrado a mandar, no a pedir favores.
—Depende —dije—. Si es para ofrecer una tarjeta de crédito, me colgó la línea hace media hora.
Silencio. Luego, la respiración lejana de un tipo que se aseguraba de no decir más de la cuenta.
—Me dijeron que sabe moverse entre basura digital.
—Algunos reciclan plástico, yo reciclo mentiras —respondí—. ¿Quién habla?
—Alguien que necesita que revise unos archivos… delicados.
La palabra “delicados” sonó como un disparo con silenciador.
Quedamos en vernos una hora después, en un café casi vacío sobre la Séptima, donde los meseros se movían como sombras y la máquina de espresso sonaba como un respirador artificial.
El hombre llegó con gabán oscuro, corbata discreta y una cara que había aprendido a ser anodina: podría ser asesor presidencial, abogado de multinacional o profesor de postgrado. En esta ciudad, esos oficios terminan oliendo igual.
Puso sobre la mesa una memoria USB roja.
—Aquí hay fragmentos de los computadores del campamento —dijo, sin adornos.
—Los del comandante muerto.
Asintió.
—¿Eso no lo tiene ya medio país? —pregunté, girando la USB entre los dedos—. Políticos, columnistas, servicios de inteligencia, la tía chismosa del barrio…
—La mayoría tiene versiones filtradas, editadas. Usted va a ver algo más cercano al origen.
Me miró como si estuviera apostando el sueldo de un mes.
—¿Y qué quiere que haga?
—Necesito que me diga dos cosas —contestó—. Uno: si esto parece manipulado. Dos: si lo que menciona a cierto senador… puede sostenerse frente a una cámara de televisión sin que se me caiga el mundo encima.
Ahí apareció el nombre. No lo dijo como se invoca a un enemigo, sino como quien menciona una bomba sin seguro:
—Iván Cepeda.
No levanté la ceja. Aprendí hace años que la cara es la peor delatora. Tomé un sorbo de café frío.
—Hay informes de peritos extranjeros que dicen que los archivos, en general, no fueron alterados —dije—. Y una Corte que jura que, legalmente, todo esto es basura radiactiva.
—La verdad no siempre cabe en un expediente —respondió él—. Pero sí en un titular.
Ahí entendí a qué jugaba. No buscaba justicia; buscaba munición.
—Le advierto algo —dije—: si espera que le fabrique una versión conveniente, está en la mesa equivocada.
—No pago por versiones —dijo, encogiéndose de hombros—. Pago por dudas bien formuladas. Las certezas las fabrica otro.
Dejó unos billetes doblados entre el azucarero y la cuenta. Se fue sin despedirse. Yo guardé la USB como quien mete un arma descargada en el bolsillo: no dispara, pero pesa igual.
Volví a mi apartamento, un piso alquilado donde las paredes escuchaban más de lo que hablaban. Conecté la USB al portátil viejo que usaba sólo para estos trabajos: sin wifi, sin discos compartidos, sin nada. Una isla informática, lo más parecido a una conciencia tranquila en este oficio.
Los directorios tenían nombres anodinos: “docs1”, “borradores”, “cartas”, “amigos”. La verdadera vida política siempre se esconde bajo nombres absurdos.
Abrí una carpeta llamaba “AgendaExt”.
Correos.
Mensajes de texto exportados.
Fragmentos de diarios de alguien que no pensaba vivir mucho tiempo.
Tecleé “Cepeda”. Buscar.
La máquina pensó un momento, como si dudara de si valía la pena morder ese anzuelo, y arrojó varios resultados.
Los mensajes eran como mitades de conversación escuchadas desde la puerta:
“Reunión aplazada, el contacto con Cepeda no es seguro…”
“Hay sectores de derechos humanos, cercanos a Cepeda, que podrían ser útiles para…”
“El senador insiste en la línea de víctimas, no de guerra…”.
Nada de bombas, nada de órdenes de pago, nada que un fiscal pudiera enmarcar en la pared. Sólo nombres rondando, como moscas alrededor de un cadáver político que aún respiraba.
Seguí leyendo. Cuanto más avanzaba, más se mezclaban causas nobles con estrategias torcidas. La frontera entre militante y enemigo era una línea discontinua, escrita a medianoche.
Me detuve en un archivo llamado “bitácora_28feb.txt”. El sistema marcaba que había sido creado dos días antes del bombardeo. Lo abrí.
Las primeras líneas eran una enumeración de contactos, ciudades, promesas. Mitad crónica, mitad inventario:
“Hoy hablamos con emisarios de ONG en Europa. Los de siempre.
Los políticos de la capital siguen jugando a dos bandas. Uno, Cepeda, dice que el camino es la memoria, no la pólvora.
No sé si creerle. Todos hablan de paz con la boca llena y de victoria con los bolsillos vacíos…”
El archivo terminaba en una frase mutilada, como si le hubieran cortado la luz al escritor justo cuando iba a confesarse:
“Si caigo, quedarán mis palabras, pero ellos las…”
Y luego, un bloque de símbolos ilegibles. Ruido. Bits rotos. La huella digital del bombardeo o de alguien con prisa.
Me quedé mirando la pantalla. En noir, el truco nunca es lo que falta, sino lo que sobra en la escena. Y aquí sobraban interpretaciones.
Podía tomar esa mención a Cepeda y, con un poco de mala leche, inflarla hasta convertirla en conspiración. Podía escribir una columna venenosa sobre “contactos dudosos”, “agendas ocultas”. Nadie lee los condicionantes, sólo los nombres.
O podía contar la historia completa: un comandante guerrillero que desconfiaba tanto de sus aliados como de sus enemigos, un político que aparecía en sus notas como aparecen todos los que tocan el tema de las víctimas y la guerra, y un país empeñado en resolver su conciencia en 140 caracteres.
Apagué el cigarrillo en un vaso con café seco.
Había otra capa por revisar: los metadatos. Fechas de modificación, rutas internas, firmas digitales. Abrí las herramientas de análisis. Los tiempos coincidían con la cronología del campamento. No había trazas evidentes de edición posterior. Al menos, no del tipo burdo.
El informe forense que el gobierno había mostrado al mundo decía algo parecido: que desde cierta fecha los aparatos no habían sido manipulados. Eso servía para calmar diplomáticos, no para limpiar conciencias.
Aun así, lo que importaba no era la pureza técnica, sino la suciedad del contexto. El bombardeo en territorio extranjero, la pelea de jurisdicciones, la Corte diciendo que esas pruebas eran ilegales, como una foto tomada entrando por la ventana equivocada.
Cerré el portátil. En la oscuridad, la pantalla apagada me devolvió mi propia cara, cansada y un poco harta.
Al día siguiente, el hombre del gabán volvió a llamarme.
—¿Entonces?
—Técnicamente, lo que vi parece coherente con lo que se dijo siempre —contesté—. No veo ediciones groseras.
—¿Y sobre Cepeda?
—Aparece mencionado, sí. Como muchos otros. Nada que un juez pueda usar sin que se le caiga encima la toga.
—Yo no necesito jueces —dijo—. Necesito opinión pública.
Ahí estaba el corazón del asunto, desnudo.
—Le voy a mandar un informe —dije—. Con todos los correos y pasajes donde aparece. Además, un párrafo que tal vez no le guste.
—¿Cuál?
—“Cualquier intento de presentar estos fragmentos como prueba concluyente de responsabilidad del senador X sería, como mínimo, un acto de mala fe intelectual”.
Silencio. Podía oír cómo masticaba la idea, amarga como píldora sin agua.
—Está defendiendo a un político —dijo, al fin.
—No —respondí—. Estoy defendiendo mi oficio. Si quiere propaganda, llame a otro.
Colgó sin despedirse. Yo me quedé mirando el teléfono muerto como se mira un cadáver que todavía puede meterte en problemas.
Sabía lo que iba a pasar. Alguna versión recortada de mi informe circularía por ahí: sin matices, sin advertencias. Un pantallazo de una línea arrancada de contexto, tres palabras subrayadas en rojo, y ya tendrían su tormenta en redes. No necesitaban más.
Cogí la USB y la guardé en el cajón de los calcetines, ese archivo final de todo lo que no sé si quiero olvidar o recordar. Abrí la ventana: la ciudad olía a asfalto mojado y gasolina, el perfume habitual de la impunidad.
En el fondo, los computadores del muerto no eran más que espejos rotos. Cada cual se veía en el pedazo que más le convenía: unos veían criminales aliados con políticos; otros, persecución contra voces incómodas; algunos, sólo una oportunidad de ganar votos.
Yo veía otra cosa: un país dispuesto a creer cualquier historia siempre que reforzara lo que ya pensaba. Con computador o sin él, con informe internacional o fallo de la Corte, con Cepeda o con cualquier otro apellido, el problema no estaba en los archivos.
Estaba en quién los leía primero.
Me serví otro café frío y empecé a escribir. No un informe, no una columna, sino esta historia, inventada y real al mismo tiempo. Porque, al final, en esta ciudad la ficción es la única que se toma en serio la verdad.
Nota del autor. Lo que el lector ha encontrado en esta publicación es una obra de ficción. Aunque parte de una inspiración general —los computadores de Raúl Reyes incautados durante el desarrollo de la Operación Fénix por parte de las Fuerzas Militares de Colombia, ocurrida en territorio ecuatoriano la madrugada del 1 de marzo de 2008 y las tensiones entre verdad técnica, validez jurídica y uso político—, el relato no busca describir hechos reales ni emitir juicios sobre personas existentes. No pretende afirmar nada acerca de Iván Cepeda Castro ni de ningún actor político concreto. Cualquier semejanza con situaciones o figuras reconocibles es puramente casual y responde únicamente a necesidades narrativas.
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