No existe tal normalidad

Pretender la normalidad no debe ser una pretensión. En realidad, no existe tal normalidad. La Real Academia Española define normal como: 1) Dicho de una cosa: Que se halla en su estado natural. 2) Habitual u ordinario. 3) Que sirve de norma o regla. 4) Dicho de una cosa: Que, por su naturaleza, forma o magnitud, se ajusta a ciertas normas fijadas de antemano. En línea con el susodicho vocablo está normativo que, se define como: 1) Que fija la norma. 2) Conjunto de normas aplicables a una determinada materia o actividad. En ese orden de ideas, es sencillo confundir normal con norma o normativo.

Al respecto, diga usted, por ejemplo; elaborar jornadas extenuantes en la oficina de forma presencial se considera tanto normal como normativo. Así pues, algunos apoyan un modelo operativo económico que prioriza el espacio abierto de las oficinas presenciales como estrategia de reducción de costos, no como táctica para que los empleados trabajen mejor.

Cuando algún aspecto se considera normativo, se apela a lo aspiracional; a lo ideológico. Por ejemplo; si usted es de los que trabaja ceñido a la jornada laboral que le impone su empleador y cumple con su aporte pensional, usted colabora así con la simulación de una ideología empresarial.

Así mismo, en algunos países, también se considera normal que los centros de salud operen como negocio. De hecho, esto es en realidad una norma: una forma muy común de operar por estos días. No siempre fue así.

A finales del siglo XIX, los hospitales en muchos países operaban como instituciones caritativas, centradas en la atención en salud y el cuidado de los menos favorecidos. En su momento, fueros auspiciados y financiados por las donaciones de organizaciones religiosas como por la clase más privilegiada.

En Colombia, hay más hombres llamados José y Luis que, mujeres o minorías étnicas entre los directores ejecutivos de las empresas más importantes del país. El crimen de los líderes y líderesas sociales o de los ambientalistas es el pan nuestro de cada día.

Normal se volvió un hábito en nuestro entorno. Es la forma en que nosotros, como sociedad, mercado o como individuos, estamos acostumbrados a hacer las cosas. Nuestros hábitos nos concede una asombrosa desigualdad de ingresos, atención médica (en muchos casos, inasequible) y desarrollo insostenible. Así mismo, nos otorgó la consabida crisis climática (por la que muy pocos se inmutan) y el capitalismo del desastre.

Desde mi óptica, existe al menos cuatro aspectos que debemos dejar ya de percibir como normales. A saber:

Desarrollo— El crecimiento del PIB no mejora el nivel de satisfacción existencial, como tampoco alivia la pobreza ni protege el medio ambiente. Por consiguiente, todavía hace falta encontrar una alternativa viable de financiación para el desarrollo económico estable (la economía naranja no alcanza, el ‘desarrollo verde’ parece haberse quedado en mera palabrería).

La solución parece ser normativa como sistémica: deshacerse del PIB como una medida de progreso económico o complementarlo con indicadores adicionales, tales como las emisiones de carbono, la solidez del sistema de salud y la infraestructura, la educación y la expectativa de vida.

El imperativo de desarrollo también deformó las industrias, empezando por el modelo de abastecimiento global y las cadenas de valor impulsadas por los productos. Las cadenas de suministro magras y demasiado extendidas funcionaron muy bien, y produjeron grandes excedentes, hasta que ya no lo hicieron más.

En ese orden de ideas, las alternativas son la producción local y una mayor autosuficiencia de las empresas en términos de su dependencia de materias primas y talento de origen local.

Individualismo— La mayoría de nuestras instituciones están construidas para y alrededor de individuos, con narrativas e ideologías de libertad individual y competencia correspondiente.

Sin embargo, los humanos no solo somos individuos, también pertenecemos a comunidades y somos miembros de la sociedad. Nuestro comportamiento está moldeado por quienes nos rodean, así como por símbolos y narrativas colectivas.

Así pues, los nuevos objetivos sociales y económicos son la comunidad y la sociedad, no el individuo. O como quien dice, ‘trabajos por realizar’ no solo a nivel individual, sino en términos de su red social y económica.

Cortoplacismo— El descuento hiperbólico es un término de la economía del comportamiento que describe la tendencia humana a enfatizar demasiado los riesgos y recompensas a corto plazo frente a los de largo plazo. Psicológicamente, no estamos preparados para reflexionar en términos de amenazas abstractas y horizontes a largo plazo. No obstante, es factible acostumbrarse sociológica y económicamente.

El diseño para la reutilización que ha cobrado fuerza en la indumentaria y la moda, el diseño de interiores, el transporte y el embalaje industrial fuerza una línea de tiempo en la que los resultados se cuentan en décadas y a través de los efectos secundarios de nuestras elecciones.

A nuestro alrededor hay constantes recordatorios de las consecuencias perdurables y de gran alcance de nuestras acciones para nuestro medio ambiente y para nuestras comunidades: Requerimos más advertencias al respecto.

Especialización— Las cadenas de suministro son efectivas hasta que dejan de serlo. Según lo que padecimos recientemente, sencillamente, no están diseñadas para fallar. La mayoría de nuestros sistemas sociales y económicos funcionan según la misma lógica de optimización industrial. Esta lógica requiere dividir la producción, la creación y la distribución en tareas cada vez más minuciosas que se pueden mejorar una y otra vez.

Con las limitaciones de dicho enfoque, es difícil considerar el chorro de consecuencias de cualquier acción individual (bien sea en producción, consumo, educación o gobernanza) y cómo estas acciones conectan a los productores con los consumidores, con la infraestructura, la política pública y con el medio ambiente. La cultura del individualismo y la economía de la eficiencia crearon el mundo de los especialistas.

Nuestra percepción de lo que es normal es un proceso social y político. Cuán diferente será esta percepción una vez que termine la crisis actual (salubridad, inflación o reforma tributaria), dependerá de aquello a lo qué le prestemos atención y qué (o a quién) elijamos ignorar.


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