Lo que la furia sugiere y qué hacer para sacarle provecho

Cuándo fue la última vez que se enojó, disgustó o encolerizó por alguna situación inesperada. ¿Se detuvo usted el tiempo necesario para reflexionar al respecto? El profesor de psicología en la Universidad de Wisconsin, Ryan Martin, ha pasado buena parte de su trayectoria profesional reflexionando al respecto. Es más, hasta escribió un libro para evidenciarlo: Why We Get Mad: How to Use Your Anger for Positive Change. El libro se puede conseguir en Barnes & Noble, y de su lectura, le entendí al profesor que, ‘los pensamientos que tenemos como respuesta a la primera descarga de ira, son los que pueden llevarnos al límite o ayudarnos a aprovechar dicha emoción constantemente’.

En ese orden de ideas e, independiente, de los inconvenientes que puede causar, la ira, en realidad, no es tan nociva para nosotros como se cree. Desde una perspectiva evolutiva, juega un papel importante en nuestra supervivencia. ‘Ayuda a alertarnos sobre el hecho de que hemos sido agraviados’, sugiere el profesor Martin. Cuando el corazón empieza a latir con fuerza y su cara se enrojece, eso es la ira, aumentando su flujo sanguíneo en preparación para un enfrentamiento. ‘Es nuestra respuesta de confrontación o huida, que se activa para darnos vigor para enfrentar el atropello’.

La ira se convierte en un inconveniente, solo cuando no podemos controlarla y, en su lugar, permitimos que nos controle.

Resulta que, controlar la ira es cuestión de controlar el razonamiento. Si bien una descarga de ira puede advertirnos de una amenaza, incluso; si solo implica una afrenta para nuestra reputación, es nuestra habilidad de reflexión, lo que determina realmente la forma cómo procederemos. Esta es la razón por la cual, la terapia cognitiva conductual (que enseña a las personas, patrones de pensamiento más saludables), puede resultar tan exitosa como cualquier otra estrategia para dominar la ira.

Al respecto, el profesor Martin, decidió profundizar en el raciocino detrás de la ira, y averiguar: ¿Cuáles son los pensamientos de ira que incitan a las personas a actuar? ¿Podrían algunos ser más nocivos que otros? Para el efecto, desarrolló una escala para medir y caracterizar dichos pensamientos, y realizó sondeos en los que pedía a las personas, contar qué era lo último que les había enfadado.

A partir de dicha información, ideo con su asesor, Eric Dahlen, múltiples escenarios hipotéticos que dan como resultado sentimientos de enojo, diga usted, por ejemplo; como cuando alguien se interponer (colar) en la interminable fila de un banco. Posteriormente, y basándose en el trabajo teórico de entendidos en el tema de la terapia cognitivo–conductual, tales como, Aaron Beck y Jerry Deffenbacher, registraron aquellos pensamientos que las personas expresaron como de mayor probabilidad para reaccionar en dichos escenarios hipotéticos.

Al producto terminado, una escala de valoración, la llamaron, Angry Cognitions Scale (ACS, de sus siglas en inglés). Para realizarla, las personas, leen un conjunto de nueve escenarios que incitan a la ira, y registran la probabilidad de que se tenga cada una de las seis reacciones posibles. El índice (ACS) ayuda a las personas a identificar cuál de los seis razonamientos estándar es más probable que tengan cuando están enojados.

Reconocer si tenemos pensamientos de enojo inútiles y comprender nuestro tipo particular de razonamiento de enojo, nos permite estar más conscientes y alertas ante las reacciones instintivas que podrían estar lastimándonos.

A pesar de que tendemos a considerar que, nuestras emociones y raciocinios son exclusivos, no lo son. Los razonamiento de ira son sorprendentemente universales y tienden a repetirse.

Para el efecto, considere usted la siguiente situación hipotética que induce a la ira: ‘Conduce usted por un barrio residencial, cuando de la nada, alguien le atraviesa el automóvil y casi lo estrella por meros centímetros’. La escala ofrece seis reacciones posibles. A saber:

  • ‘La persona lo hizo, solo para que tuviera que detenerme’.
  • ‘Por nada, arruinan mi auto’.
  • ‘Se encontró el pase en un tamal’ (‘Ya nadie sabe conducir’).
  • ‘Yo tenía la vía. No debería haberse interpuesto en mi camino’.
  • ‘¡Ese bobo HP!’
  • ‘Ha de ser que el tipo no me vio’.

Según le entendí al profesor Martin, la última reacción es ‘adaptativa’. Quiere decir esto que, es más probable que lo calme, mientras que las otras cinco que, se consideran ‘inadaptadas’, tiendan a enojarlo aún más por la situación; lo que eventualmente, podría llevarlo a reaccionar de una manera de la que luego se arrepentirá.

Adicionalmente, cada una de las susodichas reacciones ‘inadaptadas’, contiene una falacia respecto a la realidad, creencias erróneas que son tan universales que, incluso, tienen nombres en la psicología cognitiva conductual.

En la susodicha situación hipotética, la reacción —‘la persona lo hizo, solo para que tuviera que detenerme’— es una falacia conocida como atribución errónea de la causalidad: la persona no tiene forma de saber cuáles eran las intenciones de la persona que atraviesa en el camino. ‘Por nada, arruinan mi auto’ —convierte una situación aterradora en una destrucción total—. ‘Se encontró el pase en un tamal’ (‘Ya nadie sabe conducir’) —exagera la generalización de una situación puntual en una realidad universal—. ‘Yo tenía la vía. No debería haberse interpuesto en mi camino’ —hace una demanda irrazonable en cuanto a que, de alguna manera, las demás personas deberían saber para dónde va—. Por último, ‘¡Ese bobo HP!’ —es una etiqueta incendiaria: convierte a un ser humano en un ‘bobo HP’ que merece todavía más insultos—.

El problema con la reflexión de enojo es que nos hace más propensos a estar más disgustados en general, y descargar dicho enojo en nosotros mismos o en los demás.

En un estudio, el profesor Martin, empleo la mencionada escala con un grupo de estudiantes universitarios de psicología para determinar cómo les afectaba sus pensamientos de ira.

Metodología del estudio

Al concluir cada jornada del estudio (durante cinco días), los participantes diligenciaban una encuesta en la que calificaban cuán felices, tristes, enojados o temerosos se sentían, describiendo también, su situación emocional más impactante del día y cuán intensa había sido dicha experiencia; eligiendo por lo demás, cualquier otra experiencia percibida de entre una lista de 17 reacciones. Entre dicha lista de experiencias, se incluía una relación de seis opciones diseñadas para señalar inconvenientes de manejo de la ira: consumo de drogas, emociones negativas, agresión, autolesiones, amistades deterioradas y conducción (de automotor) imprudente. El sexto día, los estudiantes entregaron sus encuestas y completaron una encuesta final que midió su ira general y si tendían a expresar dicha ira o, en cambio, la controlaban. Así mismo, diligenciaron la escala de valoración, Angry Cognitions Scale.

Resultados y hallazgos

Los estudiantes que informaron tener mayores probabilidades de reaccionar con pensamientos desadaptativos, tendían a estar más enojados en general, alcanzaban puntajes diarios de ira más altos y expresaban su disgusto de manera poco saludable. Así mismo, reportaron haber experimentado emociones negativas por mayor número de días, agresión y conducción (de automotor) imprudente.

Un tipo de pensamiento clasificado como incendiario o que emplea términos deshumanizantes o desobligantes, tales como, ‘¡bobo HP!’ o ‘¡vaya imbécil!’ —se asocia con tener un mayor número de amistades deterioradas—. Con tres de los cinco pensamientos desadaptativos (atribución equivocada de la causalidad, la exigencia y la clasificación incendiaria), aquellos estudiantes que los registraron en sus respuestas, tendían a manifestarlos con mayor frecuencia por más días, al igual que, la ira, en lugar del miedo, la felicidad o la tristeza, fue su emoción predominante.

Catalogar a las personas, resulta particularmente tóxico. Así pues, uno de los consejos para el efecto, es centrarse en el etiquetado incendiario, considerando que, ese parece ser el aspecto más complicado para la mayoría de las personas.

En otro análisis estadístico, se encontró que, los puntajes de etiquetado incendiario tenían una influencia más fuerte en otras medidas de alerta de ira que en otros tipos de pensamientos; prediciendo así, la capacidad de los estudiantes para controlar su ira hacia los demás, su ira promedio y la frecuencia con la que informaron agresión y amistades deterioradas.

La diferencia más significativa entre las personas más enojadas y las menos enojadas, es la frecuencia con la que tendían a usar expresiones incendiarias. ¿Por qué? Porque dicho pensamiento en particular, ejerce una especie de obra mágica nociva: transforma a un ser humano en un objeto hacia el que es más factible sentir ira. Diga usted, por ejemplo, un conductor que se atraviesa en su camino. Y, si lo insulta usted (‘¡bobo HP!’ o ‘¡vaya imbécil!’), así solo sea mentalmente, se minimiza en consecuencia, cualquiera o todas las demás cualidades del ‘infractor’, logrando así que, usted solo lo perciba como el ‘¡bobo HP!’ o el ‘¡imbécil!’ que acaba de insultar.

En ese orden de ideas, cuál es el antídoto para el etiquetado inflamatorio: la empatía.

Para ilustrar la noción, diga usted, por ejemplo; un caso hipotético en el que usted va con afán y conduce detrás de un vehículo que va extremadamente lento. Su primera reacción, probablemente, es la, lo que puede llevarlo a empezar a etiquetar (insultar) al conductor. En su lugar, haga una pausa y póngase en la posición del conductor. Es factible que así, perciba usted que el conductor probablemente está asustado. Si empieza uno a percibir a los demás desde otra perspectiva, esencialmente, adopta uno otro proceder; evitando, por lo demás, etiquetar (insultar) a las personas. De esta forma, puede uno percibir que, existe una razón válida por la que alguien se comporta en una forma que nos molesta, diga usted, el susodicho ejemplo (conducir lento por delante de nuestro vehículo).

En lugar de ignorar nuestra ira, el profesor Martin, sugiere que consideremos aquello que nuestra rabia pretende decirnos. Si la rabia nos alerta sobre una posible injusticia, es oportuno, descartarla sencillamente. Lo que todos deberíamos pretender al respecto, es una reflexión precisa. Un raciocinio que refleje detalladamente todo aquello que acontece en nuestro entorno.

Para el efecto, recuerde la situación hipotética del principio, en la que un conductor retrocede y casi lo golpea. Si considera, ‘él o ella no debe haberme visto’, podría usted estar faltando a los hechos. En lugar de ‘ensalzar’ la situación, que es lo que acaba de hacer, o intensificarla con insultos o pensamientos rencorosos, puede usted empezar por concentrarse en los hechos: no hubo ningún daño. Es más, de acuerdo con el profesor Martin, esto podría incluso llevarlo a percibir gratitud por el desenlace del incidente, lo que lo ubica en un estado mental más sosegado desde el cual proceder.

Si bien la escala, Angry Cognitions Scale, puede ayudar a que un individuo manifieste qué pensamientos de enojo son ‘más notorios’, modificarlos, lleva algo de tiempo. Al respecto, ha de saber usted que, el asunto requiere práctica; considerando que, nos la pasamos toda la vida desarrollando nuestros hábitos de razonamiento y, razón por la cual, deshacerlos es realmente complejo.

No obstante, cualquiera puede practicar, hasta ser capaz de notar su enojo y reenfocar su atención.