Aunque a diario se dan un sin fin de situaciones y eventos, es absolutamente factible que la gente pase el día sin reflexionar a consciencia, ni siquiera por un instante, cómo es que percibe dichas eventualidades y aun cuando estas modifican su modo de percibir. Asimismo, es posible que transcurra el día sin que las personas reflexionen a consciencia sobre su comportamiento o acciones; sencillamente, se limitan a replicar lo que acontece a su alrededor, asimilándolo a su interior como si fuera normal y cotidiano.
Al respecto, el cerebro no se detiene a esperar una orden. Sencillamente, sigue su curso a gran velocidad y reacciona ante cada llamado de atención neurológico o demás circunstancias, recorriendo sus incontables registros, determinando la respuesta apropiada como para así entrar en acción, generar un sentimiento, inspirar un pensamiento o gestionar la situación o eventualidad; sin que la gente siquiera se dé cuenta.
Por tal razón, la gente no tiene que decirle a su cerebro qué hacer en determinada circunstancia. En realidad, el cerebro puede encargarse de la mayor parte de sus funciones a las mil maravillas sin ninguna contribución de la conciencia, que entre otros, es la razón por la cual las cosas a menudo no resultan como las personas habrían querido.
O como quien dice, al igual que el botón de borrado que trae de fábrica el cerebro, el piloto automático, también puede tomar el control de ciertas situaciones o eventaualidades sin previo aviso y sin que siquiera nos demos cuenta. En cuyo caso, solo nos queda confiar en que los programas que controlan el ordenador del piloto automático opere correctamente. Desafortunadamente, lo habitual, es que los “esquemas” automáticos no son los más indicados para asumir el control de ciertas circunstancias. Por lo general, las decisiones de comportamiento, encajan dentro de alguna de estas dos categorías: decisión de actitud o decisión de acción.
Para el efecto, las decisiones de actitud tienen que ver con la perspectiva; con el enfoque con el que usted percibe las cosas. Es decir que, su percepción y sentimientos dependen de su decisión al respecto.
Naturalmente, las actitudes de cada quien están determinadas por sus convicciones y, estas a su vez, por los esquemas. No obstante, esto no altera el hecho de que es factible anular los esquemas al ajustar cualquier decisión adoptada en determinado momento y circunstancia.
De este modo, lo que la gente percibe sobre alguna situación o eventualidad en particular, es siempre una decisión de cada quien tal cual lo es su reacción al respecto.
En ese orden de ideas, y extrapolando la noción al entorno de las redes sociales presuntuosas; lo que las personas declaran, favorece y compromete las decisiones de actitud. Al menos, mientras allí se mantengan conectadas. Al fin de cuentas, la audiencia lo juzgará por lo que usted haga al respecto, y, cuando la brecha entre lo que se dice y se hace se torne lo suficientemente difusa, la gente dejará de escucharle.
Lo propio ocurre en el entorno comercial. Los compromisos que se asumen, los clientes a los que se pretende favorecer, el comportamiento corporativo o de negocio adoptado cuando se cree que la gente está prestando atención, es la forma implacable con la que la audiencia termianrá por evaluar su gestión comercial.
Es así que, por estos días de redes sociales presuntuosas y enervada estimulación ideológica, se hace cada vez necesario acortar la brecha entre lo que se dice y se hace. Esto incluye, desde la gestión de los mercadólogos, el proceder de los líderes que definen el porvenir de la Nación, los comentarios sagaces de los bocones de turno en las redes sociales y hasta la conducta de la humanidad en general.
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