En la gestión cotidiana de un emprendedor, de la dueña de una pequeña tienda o de un universitario que revisa sus redes entre clase y clase, la realidad parece suceder dentro de una pantalla. Los clientes llegan a través de anuncios segmentados, las tendencias de consumo se descubren en un feed infinito y las opiniones se consolidan al ritmo de titulares que aparecen y desaparecen con un gesto del dedo. En ese entorno, creer sin pensar se ha vuelto casi un reflejo: se confía en lo que el algoritmo muestra como si fuera un espejo neutro del mundo, cuando en realidad se trata de un cristal cuidadosamente pulido para influir en lo que se desea, se siente y se decide.
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