En toda democracia, el liderazgo político opera sobre una materia prima sensible: la capacidad de una sociedad para decidir quién gobierna y con qué límites. Esa capacidad no es abstracta; se concreta en instituciones, reglas de competencia y, sobre todo, en el voto. Por eso, cuando se aproxima un ciclo electoral, la discusión deja de ser únicamente programática y se convierte en una disputa por el control del sentido: qué problemas “existen”, qué soluciones “son pensables” y quién encarna el bien o el mal. En Colombia, de cara a las elecciones de Congreso (8 de marzo de 2026) y a la primera vuelta presidencial (31 de mayo de 2026), ese control del sentido será un activo estratégico.
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