en lo personal

Acción que lleva al desempeño

Con su gesto racista, Edwin Cardona no solo se equivocó: se bajó, por cuenta propia, del bus de la Selección Colombia rumbo a Rusia. En el amistoso en que el combinado nacional perdió 2-1 ante Corea del Sur, Cardona decidió protagonizar una escena tan torpe como repudiable, de esas que no se borran con una disculpa tibia ni con el viejo recurso de “fue un malentendido”.

El racismo no es una travesura, no es un gesto menor, no es folclor mal entendido ni una broma desafortunada. Es una forma de violencia simbólica que revela, con brutal claridad, lo mucho que todavía falta por aprender dentro y fuera del fútbol. Y cuando quien incurre en ella viste la camiseta de un país, la falta deja de ser individual para convertirse en una vergüenza colectiva.

Andar por la vida hablando de buena vibra, de unión, de equipo y de orgullo nacional sirve de poco si, en el primer momento de tensión, aparecen los prejuicios más rancios. Aportar al bienestar común exige algo más que frases bonitas: exige convicciones, coherencia y una posición firme frente a aquello que degrada al otro. No se puede posar de embajador de un país diverso mientras se incurre en gestos que humillan precisamente esa diversidad.

Las marcas, las instituciones, los equipos y las personas que dicen creer en la inclusión tienen la obligación de demostrarlo cuando resulta incómodo. La diversidad, la equidad y el respeto no pueden ser palabras decorativas en campañas publicitarias, discursos corporativos o ruedas de prensa. Son principios que se defienden con actos concretos, incluso cuando el señalado es talentoso, famoso o rentable.

En el marketing, como en el deporte y en cualquier proyecto de vida, la diversidad no es un adorno moral: es una condición indispensable para entender el mundo real. Una sociedad multicultural no puede ser leída desde la arrogancia, la ignorancia o el prejuicio. Se es más creativo, más pertinente y más humano cuando se comprende que el consumidor, el hincha, el ciudadano y el compañero de trabajo no caben en una sola raza, una sola historia ni una sola forma de vivir.

Por eso, las marcas y las organizaciones no pueden limitarse a condenar de palabra. Deben medir sus prácticas, revisar sus silencios, corregir sus complicidades y actuar con transparencia en toda la cadena: cliente, agencia, producción, equipo, dirigencia y voceros. Si el discurso de inclusión no se traduce en decisiones verificables, entonces no es compromiso: es cosmética reputacional.

Renovar una cultura exige trabajo duro. Exige incomodar privilegios, desmontar hábitos y dejar de premiar comportamientos inaceptables solo porque vienen envueltos en talento. Lo que se mide se gestiona; lo que se publica compromete; lo que se tolera se normaliza. Y el racismo, venga de donde venga, no merece normalización sino rechazo frontal.

Por eso resultan tan valiosos ejemplos como el de Santiago Arroyave, el futbolista que juega con la mente y las ganas, a quien nacer sin un brazo no le impidió perseguir sus sueños en el fútbol profesional colombiano. También merece reconocimiento Itagüí Leones F.C., la institución que decidió creer en él y darle una oportunidad. Ahí hay una lección poderosa: la inclusión no se declama, se practica.

Necesitamos menos excusas y más acciones audaces. Menos discursos vacíos y más decisiones incómodas. Menos aplausos automáticos al talento y más exigencia ética frente a quienes representan a un país. Porque solo la acción transforma, solo la coherencia educa y solo el rechazo firme impide que la discriminación siga disfrazándose de accidente.

Andres Tellez Vallejo

Mercadólogo, autor y publicista con más de tres décadas de experiencia profesional, combino una sólida trayectoria en gerencia de producto y dirección de marketing tanto en la industria farmacéutica como en bienes de consumo. Mi carrera profesional inició con 13 años como asalariado, pero hace 19 años decidí emprender la senda del trabajo autónomo, consolidándome como gestor estratégico, autor y editor de publicaciones periódicas.

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