en el negocio

Lo que una estrategia de canales puede enseñarnos sobre las marcas

En marketing solemos pensar que una buena idea, un producto atractivo o un precio competitivo son suficientes para conquistar un mercado. Sin embargo, existe una pregunta menos vistosa y, muchas veces, más decisiva: ¿cómo llegará realmente ese producto hasta las personas que podrían comprarlo?

Esa pregunta pertenece al terreno de las Channel Strategies o estrategias de canal. Un canal es, en términos sencillos, el camino que conecta a una empresa con sus clientes. Puede ser una tienda propia, un sitio web, una aplicación, un distribuidor, un supermercado, un marketplace, un vendedor independiente o una combinación de varios de ellos.

Pero detrás de esta decisión empresarial existe también una reflexión que trasciende al marketing: no basta con tener algo valioso que ofrecer; también importa elegir correctamente la manera de acercarlo a los demás.

Las marcas, en ese sentido, pueden enseñarnos algo sobre nosotros mismos. En la vida personal y profesional también seleccionamos caminos, intermediarios, espacios y formas de relacionarnos. Algunas veces avanzamos directamente hacia aquello que queremos; otras, necesitamos personas, instituciones o plataformas que nos ayuden a llegar más lejos. El desafío consiste en reconocer qué camino tiene sentido para cada propósito.

¿Llegar directamente o apoyarse en intermediarios?

La primera gran decisión de una estrategia de canales consiste en escoger entre un canal directo y un canal indirecto.

Un canal directo ocurre cuando la empresa vende al consumidor sin utilizar un intermediario comercial importante. Por ejemplo, una emprendedora que fabrica productos artesanales y los vende desde su propia página web está utilizando un canal directo. También lo hace un restaurante que recibe pedidos a través de su propia aplicación o una empresa de servicios que consigue clientes mediante su equipo comercial.

La principal ventaja de este modelo es el control. La organización puede decidir cómo presenta el producto, cómo atiende al cliente, qué información recopila y qué experiencia desea ofrecer. Además, mantiene una relación más cercana con quien compra.

Pero esa cercanía tiene un precio. Vender directamente implica desarrollar capacidades propias: atraer clientes, recibir pagos, organizar inventarios, entregar productos, resolver dudas, manejar devoluciones y construir una infraestructura comercial.

El canal indirecto funciona de otra manera. La empresa utiliza intermediarios —distribuidores, mayoristas, minoristas, representantes, plataformas digitales u otros socios— para acercarse al consumidor.

Para una pequeña fábrica que desea vender en diferentes ciudades, por ejemplo, trabajar con distribuidores puede ser mucho más viable que abrir sus propios locales. Un productor de alimentos quizá encuentre más conveniente llegar al público mediante supermercados y tiendas que crear una red comercial desde cero.

Aquí aparece una primera enseñanza que también puede aplicarse fuera del mundo empresarial: hacer algo personalmente ofrece mayor control, pero apoyarse en otros puede proporcionar mayor alcance.

Ninguna de las dos opciones es automáticamente superior. La pregunta correcta es: ¿qué necesita realmente alcanzar la empresa?

Si acaso necesitamos intermediarios: ¿uno solo o varios?

Una vez que una organización decide utilizar canales indirectos, surge otra elección: trabajar principalmente con un solo tipo de canal o utilizar múltiples canales.

Un productor podría vender exclusivamente mediante distribuidores especializados. Pero también podría combinar supermercados, tiendas independientes, marketplaces y distribuidores regionales.

Trabajar con un único canal suele facilitar la coordinación. Hay menos relaciones que administrar y resulta más sencillo mantener políticas comerciales, precios y estándares relativamente consistentes.

Utilizar varios canales, en cambio, puede aumentar la presencia de una marca. Una pyme que vende productos de cuidado personal, por ejemplo, podría utilizar simultáneamente farmacias, tiendas especializadas y comercio electrónico. Cada canal podría acercarla a consumidores distintos o atender diferentes momentos de compra.

Sin embargo, multiplicar canales no significa automáticamente multiplicar resultados.

Cada nuevo canal agrega complejidad. Puede generar diferencias de precios, conflictos entre distribuidores, dificultades de inventario o incluso competencia entre los propios puntos de venta de una marca.

Por eso una estrategia multicanal no consiste simplemente en afirmar: “tenemos que estar en todas partes”.

Consiste en responder: “¿en qué lugares tiene sentido que estemos?”

Esta distinción resulta especialmente relevante en una época en la que las posibilidades digitales parecen infinitas. Una marca puede vender desde su página web, redes sociales, marketplaces, aplicaciones y comercios físicos. Pero disponer de muchas alternativas no significa que todas sean necesarias.

Las marcas nos recuerdan así otra lección: tener más caminos disponibles no elimina la necesidad de elegir.

Primero hay que decidir a quién queremos alcanzar

La primera cuestión que debería orientar una estrategia de distribución es el tipo de cobertura necesaria para llegar al mercado objetivo.

Cobertura significa, básicamente, qué tan disponible debe estar un producto y en cuántos lugares debe poder encontrarse.

No todos los productos necesitan la misma presencia.

Un producto de consumo frecuente puede necesitar una distribución muy amplia. Si alguien quiere comprar agua, un refrigerio o un artículo de uso cotidiano, normalmente espera encontrarlo con facilidad. En estos casos, la disponibilidad puede convertirse en parte esencial de la propuesta de valor.

Otros productos funcionan mejor con una distribución más selectiva. Un artículo especializado, técnico, costoso o de prestigio quizá requiera pocos puntos de venta, elegidos cuidadosamente.

Por eso, antes de seleccionar un canal, una empresa debería preguntarse:

  • ¿Quién es nuestro cliente?
  • ¿Dónde suele comprar?
  • ¿Con qué frecuencia compra?
  • ¿Qué tan importante es para él encontrar el producto inmediatamente?
  • ¿Necesitamos presencia masiva o una presencia más especializada?
  • ¿El lugar donde vendemos influye en la percepción de nuestra marca?

Estas preguntas parecen comerciales, pero contienen una idea más profunda: la estrategia comienza comprendiendo a quién queremos llegar, no escogiendo las herramientas que tenemos disponibles.

Para un emprendedor, esto puede significar resistirse a abrir perfiles y tiendas en todas las plataformas simplemente porque están de moda. Para una pyme puede significar descubrir que dos buenos distribuidores son más útiles que diez relaciones comerciales poco atendidas. Para un comerciante puede significar reconocer que su mejor oportunidad no está necesariamente en atraer a todo el público, sino en servir mejor a un segmento concreto.

Vender no es solamente entregar un producto

La segunda consideración fundamental es determinar qué nivel de promoción y servicio necesita el cliente.

Algunos productos prácticamente se explican por sí mismos. Otros necesitan demostraciones, asesoría, instalación, capacitación o seguimiento.

Imagine dos negocios.

El primero comercializa artículos sencillos y conocidos por el consumidor. El segundo vende maquinaria para pequeñas empresas.

Aunque ambos necesitan distribuir productos, sus canales deberían cumplir funciones muy diferentes.

En el segundo caso, no basta con que la mercancía esté disponible. El cliente probablemente necesite alguien capaz de explicar las características del equipo, comparar alternativas, ofrecer soporte y posiblemente atender problemas posteriores.

Por ello, un canal no debería evaluarse únicamente por su capacidad de mover productos, sino también por su capacidad de crear una experiencia de compra adecuada.

Esto cambia la manera de pensar sobre distribuidores, vendedores y plataformas. No son solamente medios logísticos. También pueden convertirse en representantes de la marca.

Un buen intermediario puede fortalecerla. Uno inadecuado puede debilitarla.

Cuando una empresa permite que otra organización atienda a sus consumidores, también está compartiendo una parte de su reputación.

Aquí encontramos otra enseñanza aplicable a nuestra vida: las personas y espacios mediante los cuales decidimos presentarnos ante otros terminan formando parte de la manera en que somos percibidos.

Quinto tema: el canal más barato no siempre es el mejor

La tercera gran cuestión de una estrategia de canales es analizar la relación entre costo y desempeño.

Toda alternativa tiene un precio.

Una empresa puede construir su propia tienda en línea y asumir directamente marketing, tecnología, pagos y distribución. También puede vender mediante un marketplace que ya tiene millones de usuarios, aunque deba pagar comisiones y aceptar determinadas reglas.

¿En cuál de las dos opciones gana más?

La respuesta no puede obtenerse observando únicamente el porcentaje de comisión o el costo de una plataforma.

Hay que considerar el resultado total.

Un canal puede ser más costoso y, aun así, resultar más rentable porque genera mayor volumen de ventas, mejores clientes o una experiencia superior. Otro puede parecer económico, pero ofrecer poca visibilidad, márgenes bajos o clientes que rara vez regresan.

Por ello, en lugar de preguntar solamente “¿cuánto cuesta este canal?”, conviene preguntar:

“¿Qué obtenemos a cambio de lo que cuesta?”

Esta lógica permite evaluar decisiones con mayor madurez.

Entre otras variables, una empresa puede observar:

  • ventas generadas;
  • margen obtenido;
  • cantidad y calidad de clientes;
  • costo de adquirirlos;
  • frecuencia de recompra;
  • nivel de servicio requerido;
  • velocidad de entrega;
  • capacidad de crecimiento;
  • información obtenida sobre los consumidores;
  • dependencia creada respecto del intermediario.

En definitiva, la decisión es un intercambio entre recursos utilizados y resultados obtenidos.

Una estrategia de canal comienza con objetivos, no con plataformas

Uno de los errores más comunes consiste en empezar por la herramienta.

  • “Tenemos que vender por Instagram.”
  • “Debemos entrar en un mercado.”
  • “Necesitamos abrir otra tienda.”
  • “Tenemos que conseguir un distribuidor.”

Todas estas afirmaciones pueden terminar siendo correctas, pero comienzan en el lugar equivocado.

Antes debería existir una pregunta más elemental:

¿Qué objetivo de distribución queremos conseguir?

La secuencia lógica podría ser mucho más sencilla:

Mercado objetivo → cobertura necesaria → servicio requerido → canales posibles → costos y resultados esperados.

Supongamos que una pequeña empresa fabrica café artesanal.

Si su objetivo es atender principalmente consumidores de su ciudad que valoran una relación cercana con el productor, quizá una combinación de tienda propia y comercio electrónico sea suficiente.

Si desea ingresar rápidamente a varias regiones, podría necesitar distribuidores.

Si busca posicionarse como producto especializado, quizá prefiera cafeterías y tiendas gourmet cuidadosamente seleccionadas.

Si posteriormente quiere aumentar volumen, podría incorporar supermercados o marketplaces.

El producto puede ser el mismo. Lo que cambia es el objetivo.

Por eso la estrategia de canal no consiste en encontrar el mejor canal en términos absolutos, sino el canal más coherente con una determinada etapa, mercado y propuesta de valor.

Los canales también deben cambiar

Una decisión de distribución no tiene por qué ser permanente.

Las empresas evolucionan. Los consumidores cambian. Los costos cambian. Aparecen nuevas tecnologías y formas de comprar.

Una empresa que comienza vendiendo directamente puede incorporar distribuidores cuando crece. Una organización que tradicionalmente dependía de minoristas puede desarrollar comercio electrónico para establecer una relación más directa con sus clientes. Una pyme que operaba con muchos intermediarios puede descubrir que algunos generan poco valor y concentrarse en los más efectivos.

Por eso una buena estrategia de canales necesita revisión.

Una pregunta sencilla puede ser particularmente útil:

“Si hoy tuviéramos que diseñar nuevamente nuestra manera de llegar al cliente, ¿elegiríamos los mismos canales?”

Si la respuesta es no, posiblemente haya llegado el momento de investigar.

Los datos de ventas son importantes, pero también lo son las conversaciones con clientes, vendedores y distribuidores. Observar dónde compra realmente el público, qué dificultades encuentra y qué servicios valora puede revelar oportunidades que los números por sí solos no muestran.

Un marco sencillo para implementar una estrategia de canal

Para estudiantes, emprendedores, comerciantes y responsables de pequeñas empresas, toda esta discusión puede transformarse en cinco preguntas prácticas:

  1. ¿A quién queremos llegar?
    Defina claramente al cliente y sus hábitos de compra.
  2. ¿Qué tan disponibles debemos estar?
    Determine si necesita una cobertura amplia, selectiva o muy especializada.
  3. ¿Cuánto acompañamiento necesita el comprador?
    Identifique las necesidades de información, promoción, asesoría y servicio.
  4. ¿Conviene llegar directamente o utilizar intermediarios?
    Compare control, alcance, capacidades necesarias y velocidad de expansión.
  5. ¿Qué resultados produce cada alternativa en relación con su costo?
    Evalúe no solo ventas, sino también margen, servicio, información del cliente, capacidad de crecimiento y dependencia.

Responder estas preguntas no garantiza una estrategia perfecta, pero evita uno de los errores más frecuentes del marketing: confundir presencia con estrategia.

Lo que las marcas pueden enseñarnos sobre nosotros mismos

Una estrategia de canales parece, inicialmente, un asunto técnico relacionado con distribución, ventas y logística. Sin embargo, también puede verse como una reflexión sobre nuestras propias decisiones.

Constantemente seleccionamos canales.

Elegimos cómo comunicarnos, con quién colaborar, qué espacios frecuentar y qué intermediarios utilizar para alcanzar determinados objetivos. Elegimos cuándo actuar directamente y cuándo confiar en otros. Algunas veces buscamos llegar a muchas personas; otras, preferimos relaciones más selectivas. También hacemos intercambios entre tiempo, esfuerzo, dinero, independencia y resultados.

Las organizaciones enfrentan exactamente este tipo de decisiones.

Y quizá esa sea una de las ideas más interesantes que el marketing puede enseñarnos: una estrategia no consiste en utilizar todos los caminos posibles, sino en reconocer cuáles nos acercan realmente a aquello que queremos conseguir.

Para una marca, eso significa llegar al cliente adecuado, con el nivel correcto de cobertura y servicio, a un costo que pueda sostener.

Para nosotros, quizá signifique algo parecido.

No siempre necesitamos estar en todas partes.

Necesitamos comprender dónde queremos llegar, a quién queremos encontrar y qué camino vale realmente la pena recorrer.

Andres Tellez Vallejo

Mercadólogo, autor y publicista con más de tres décadas de experiencia profesional, combino una sólida trayectoria en gerencia de producto y dirección de marketing tanto en la industria farmacéutica como en bienes de consumo. Mi carrera profesional inició con 13 años como asalariado, pero hace 19 años decidí emprender la senda del trabajo autónomo, consolidándome como gestor estratégico, autor y editor de publicaciones periódicas.

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Andres Tellez Vallejo

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