notas al margen

La distancia del deseo

Durante varias semanas viajé a San Francisco sin moverme de la universidad.

No exagero. Caminaba hacia el taller de Diseño con el Golden Gate en la cabeza. Entraba a clase pensando en las calles empinadas, en los tranvías rojos y crema, en el aire frío de diciembre sobre la bahía. Incluso durante los entrenamientos del onceno de la universidad, cuando debía concentrarme en recibir un pase o cerrar un espacio, alguna parte de mí estaba lejos. Corría sobre nuestra cancha, pero imaginaba que corría frente al Pacífico.

El viaje estaba programado para diciembre.

Dicho así, parecía una certeza.

Solo había algunos inconvenientes: no tenía visa de turismo para entrar a los Estados Unidos, solicitarla representaba un gasto considerable para mí y, según mis cálculos, podía esperar aproximadamente nueve meses para conseguir una cita en la embajada. Diciembre, en cambio, estaba prácticamente encima.

La aritmética era sencilla.

Mi imaginación, no.

Durante aquellos días aprendí que un viaje puede comenzar mucho antes de comprar un tiquete y, a veces, terminar sin que uno llegue al aeropuerto. Yo ya había escogido mentalmente la ropa que llevaría. Había pensado en fotografías, recorridos, comidas y hasta en los dólares que, por alguna razón difícil de explicar, suponía que podría ganar durante aquella aventura.

Unos cuantos dólares.

Esa expresión tenía una fuerza sorprendente.

A veces me descubría haciendo conversiones y cuentas que no tenían ningún fundamento. Sumaba ingresos inexistentes, restaba gastos imprecisos y obtenía utilidades imaginarias. Era un ejercicio impropio de alguien que cursaba octavo semestre de Diseño Industrial y que, por tanto, debía saber que ningún proyecto serio comienza ignorando sus restricciones.

Yo conocía perfectamente las restricciones.

Pero prefería diseñar el viaje.

Una tarde, después de entrenamiento, me quedé sentado en la tribuna. Habíamos ganado un partido amistoso y mis compañeros celebraban todavía en el vestuario. Yo estaba contento. Había jugado bien. El semestre, además, marchaba de acuerdo con mi trayectoria académica: buenas entregas, buenos resultados y esa responsabilidad que durante años me había permitido ser considerado un estudiante sobresaliente.

Sin embargo, allí estaba yo, preocupado por San Francisco.

Miré la cancha vacía y me causó gracia.

Pensé en una expresión que había escuchado muchas veces en mi casa: “andar pensando en los huevos del gallo”.

Me reí solo.

Era exactamente eso.

Yo estaba a dos semestres de terminar la universidad. El siguiente sería particularmente importante: debía iniciar mis prácticas profesionales. Llevaba años imaginando ese momento. Quería conocer de cerca una empresa en la que el diseño no fuera decoración sino pensamiento, método, producción y responsabilidad. Había incluso algunas compañías que admiraba y en las que me gustaría trabajar.

El problema era que admirarlas no bastaba.

Debía investigarlas.

Debía revisar sus proyectos, entender qué perfiles buscaban, preparar mi portafolio, organizar mis documentos, mejorar algunas presentaciones y gestionar las aplicaciones con tiempo. Si quería una buena práctica profesional, no podía dejarla librada a la suerte.

Y para llegar bien al próximo semestre debía terminar bien este.

Eso también era sencillo.

Lo extraño era que yo actuaba como si mi vida verdadera estuviera aplazada hasta diciembre, al otro lado de una visa que no tenía.

Volví a mirar la cancha.

Conocía cada irregularidad del césped. Sabía dónde rebotaba mal el balón después de una lluvia fuerte. Desde allí podía ver parte del edificio de talleres y, detrás, las ventanas de los salones donde había pasado tantas noches corrigiendo modelos, planos y prototipos. Durante ocho semestres había querido avanzar. Ahora que había avanzado, parecía incapaz de conceder importancia a lo conseguido.

San Francisco era perfecto porque estaba lejos.

Mi universidad, en cambio, tenía goteras, profesores exigentes, máquinas que alguna vez fallaban antes de una entrega y entrenamientos a horas en las que uno hubiera preferido dormir. Era real. Precisamente por eso no tenía la limpieza impecable de mis fantasías.

Entonces pensé en mi futuro taller.

Ese sí era un viaje que me interesaba desde mucho antes.

No sabía aún dónde estaría ni qué tamaño tendría. En ocasiones lo imaginaba pequeño: una mesa amplia, herramientas bien ordenadas, computadores, prototipos en proceso y un letrero discreto en la entrada. Otras veces lo veía convertido en una empresa, con personas trabajando conmigo y productos saliendo hacia lugares que todavía no podía nombrar.

Ese proyecto también era incierto.

Pero había una diferencia.

Para llegar a él sí estaba trabajando.

Cada semestre aprobado, cada proyecto bien resuelto, cada error corregido, cada contacto profesional, cada práctica que pudiera realizar, incluso cada partido jugado con disciplina, formaban parte de un recorrido que ya estaba en marcha.

Comprendí entonces que había estado tratando mi presente como si fuera una sala de espera.

Me pareció injusto.

No con San Francisco.

Conmigo.

A la mañana siguiente hice algo menos emocionante que comprar un pasaje: abrí una carpeta nueva en el computador y escribí “Prácticas profesionales”.

Dentro puse una lista inicial de empresas.

Luego abrí mi portafolio.

Había trabajos que todavía me gustaban y otros que necesitaban correcciones. Encontré fotografías de prototipos que había olvidado. Vi planos, modelos, renders y procesos que alguna vez me habían costado semanas de trabajo. Mientras los revisaba sentí una alegría serena. No era la emoción brillante de imaginar un puente rojo entre la niebla. Era otra cosa.

Era evidencia.

Yo había construido aquello.

Por la tarde entrené con el equipo. Corrí, marqué, fallé un remate sencillo y acerté otro bastante más difícil. Cuando terminó la práctica, uno de mis compañeros volvió a mencionar el viaje de diciembre.

—¿Entonces sí se va para San Francisco, Calimancho?

Sonreí.

—Algún día.

No dije más.

San Francisco seguía pareciéndome una ciudad magnífica. Si algún día podía conocerla, caminaría sus calles con entusiasmo. No tenía necesidad de despreciar un deseo solo porque fuera improbable. Desear también sirve para ampliar el horizonte.

Lo que ya no quería era confundir horizonte con destino.

Esa noche, al salir de la universidad, llevaba bajo el brazo un prototipo que debía corregir antes de la siguiente entrega. También tenía pendiente revisar tres empresas para mis prácticas y al día siguiente había entrenamiento temprano.

Eran asuntos poco espectaculares.

Y, sin embargo, mientras caminaba hacia casa me sentí extraordinariamente afortunado.

Diciembre podía traer un viaje o no traerlo.

Los dólares podían existir solamente en mis cuentas imaginarias.

La visa podía esperar.

Pero mi vida no estaba esperando.

Estaba allí: en octavo semestre, a dos de graduarme, con una carrera sobresaliente que debía honrar hasta el final; con unas prácticas profesionales por conquistar; con un equipo cuya camiseta me alegraba vestir; con proyectos todavía por diseñar y con la ambición, cada vez más concreta, de levantar algún día mi propio taller.

Por primera vez en varias semanas no pensé en lo que me faltaba.

Pensé en lo que tenía.

Y seguí caminando, jubiloso, con la curiosa sensación de que acababa de regresar de un viaje.

Andres Tellez Vallejo

Mercadólogo, autor y publicista con más de tres décadas de experiencia profesional, combino una sólida trayectoria en gerencia de producto y dirección de marketing tanto en la industria farmacéutica como en bienes de consumo. Mi carrera profesional inició con 13 años como asalariado, pero hace 19 años decidí emprender la senda del trabajo autónomo, consolidándome como gestor estratégico, autor y editor de publicaciones periódicas.

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