Vender, vender y vender puede sonar a consigna, pero la creatividad que realmente impulsa ventas es un trabajo complejo: cada ingrediente se elige con intención y el equipo creativo cocina en conjunto para lograr un resultado bien sazonado.
El problema es que, en muchas organizaciones, la “transformación creativa” se frustra una y otra vez. Interminables comités de lluvia de ideas con participación multifuncional suelen derivar en divergencia sin cohesión: aparecen ocurrencias, pero no una propuesta que alguien quiera “consumir”. Aun cuando surgen ingredientes interesantes, el “diseño por comité” termina falto de criterio y de hilo conductor.
En lo cotidiano, una organización efectiva demuestra compromiso con el talento, la calidad y la consistencia en cada etapa del proceso creativo. A cada quien se le permite profundizar en su especialidad y enfocar su interés individual. La magia sucede cuando el equipo converge: crea algo verdaderamente interesante, complejo y, al final, gratificante.
El quid del asunto: el guiso solo funciona cuando todos conocen su rol y cuentan con experiencia y libertad responsable para ejercer su oficio.
En marketing, una fórmula práctica para llevar a término el proceso creativo podría ser:
- Un buen brief: claro, concreto, con objetivos y limitaciones.
- Comprensión de los motivadores del consumidor: necesidades, tensiones, momentos de uso.
- Implementación impecable: desde el concepto hasta la última milla.
- Orquestación del talento hacia un propósito común: alguien dirige, todos aportan.
Así, la creatividad deja de ser ruido y se convierte en resultados. ¿Qué añadiría usted?
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