Los troperos digitales entran de lleno a las listas políticas (afectando su negocio)

En el escenario político reciente, las pantallas han dejado de ser simples vitrinas de propaganda para convertirse en trincheras de combate. Ya no se trata sólo de influenciadores que convierten su audiencia en votos, sino de activistas digitales dedicados a distorsionar la realidad, difundir verdades a medias, polarizar el debate y atacar sistemáticamente a opositores y contradictores. Esta mutación del espacio digital tiene efectos profundos tanto sobre los partidos políticos, entendidos como grupos organizados para conquistar y ejercer el poder, por la vía electoral o incluso revolucionaria, como sobre el propio poder político, es decir, la capacidad de influir en cómo se toman decisiones y se distribuyen recursos en una sociedad.

Este ensayo narra cómo ese tipo de activismo digital agresivo altera el funcionamiento de los partidos, reconfigura la forma en que se ejerce la autoridad pública y qué implica esto para emprendedores, dueños de pymes, comerciantes, vendedores habituales y universitarios.

Partidos políticos: de organizaciones de proyecto a máquinas de combate digital

Tradicionalmente, los partidos políticos se estructuraban como organizaciones con programas, ideologías, niveles de participación y militancia. Sus miembros se vinculaban a través de comités, sedes, reuniones y campañas en territorio. La pertenencia era un proceso: se discutía, se aprendía, se ascendía en responsabilidades.

Con la expansión de los activistas digitales agresivos, la lógica interna se modifica. Los partidos ya no sólo buscan convencer, sino dominar la conversación pública a través del ruido. Estos activistas no se caracterizan por construir propuestas, sino por:

  • desvirtuar la realidad con lecturas parciales o sesgadas,
  • difundir verdades a medias cargadas de ideología,
  • agredir y ridiculizar a opositores y contradictores,
  • desacreditar, caricaturizar e insultar de forma sistemática.

Aunque muchos de ellos no figuran en listas oficiales ni ocupan cargos, se convierten en piezas clave de la estrategia política. Desde la perspectiva de los partidos, cumplen al menos tres funciones:

  1. Blindaje del liderazgo. Los activistas digitales funcionan como escudos. Ante cualquier crítica al líder o al partido, reaccionan de inmediato con ataques personales, acusaciones simplistas o campañas de desprestigio. El mensaje implícito es claro: quien cuestione, paga un costo.
  2. Control de la narrativa. En lugar de aceptar el debate como confrontación de ideas, el partido recurre a estos activistas para imponer lecturas únicas de los hechos. Cifras, decisiones de gobierno, problemas económicos o escándalos se reinterpretan de modo que siempre refuercen la línea oficial, sin matices.
  3. Desplazamiento de la militancia crítica. La militancia tradicional, que solía tener espacio para debatir internamente, se ve presionada a alinearse con el relato dominante. No sólo pierde peso frente a quienes “hacen ruido” en redes, sino que puede ser señalada y atacada si se atreve a cuestionar decisiones del propio partido.

En este contexto, los partidos corren el riesgo de dejar de ser espacios organizados para formular proyectos de país y convertirse en plataformas que coordinan o toleran ejércitos digitales. La disciplina interna ya no se basa tanto en la convicción ideológica, sino en el miedo al linchamiento.

Para los emprendedores, dueños de pymes, comerciantes y vendedores habituales, este cambio se traduce en un entorno político más incierto. Las discusiones sobre impuestos, regulación, acceso al crédito o formalización empresarial quedan relegadas, mientras la energía se concentra en el conflicto permanente y no en la solución de problemas concretos.

Poder político: de la deliberación a la intimidación digital

Si el poder político es la capacidad de influir en otros a través del gobierno y de decidir cómo se distribuyen recursos y oportunidades, el auge de activistas digitales agresivos modifica el modo en que ese poder se construye y se sostiene.

En un escenario ideal, el poder se legitima mediante el voto informado, el debate público y el respeto a la pluralidad. En el escenario marcado por la guerra digital, emergen nuevas dinámicas:

  1. Silenciar para gobernar. El objetivo no es sólo persuadir, sino reducir al mínimo las voces críticas. Periodistas, académicos, líderes sociales, empresarios o estudiantes que cuestionan políticas públicas pueden convertirse en blancos de campañas de insultos, burlas y acusaciones. La señal para el resto de la sociedad es clara: opinar tiene costo. Eso debilita el control ciudadano sobre el poder y genera un clima de autocensura.
  2. Desinformación como herramienta de gestión. La difusión de verdades a medias o mensajes ideologizados sirve para justificar medidas poco populares o para desviar la atención de problemas reales: inflación, desempleo, inseguridad, trabas burocráticas, falta de acceso a financiamiento. Si la narrativa digital logra instalar culpables simples (“los otros”, “la oposición”, “los empresarios”, “los medios”) se evita discutir las causas estructurales de las crisis que afectan a negocios, comercios y familias.
  3. Dependencia del clima en redes. La toma de decisiones políticas empieza a mirarse desde el impacto en redes: cómo se percibirá, qué etiqueta se volverá tendencia, qué reacción tendrán las “tropas digitales”. El riesgo es que se privilegien decisiones de corto plazo y alto impacto mediático por encima de reformas complejas pero necesarias para mejorar el entorno de negocios, la competitividad o la calidad de la educación.
  4. Distorsión de la participación juvenil. El voto joven, que podría ser una fuerza renovadora basada en el análisis crítico y la búsqueda de futuro, se expone a una dinámica donde la pertenencia política se confunde con pertenecer a una “barra digital”. Apoyar a un proyecto se vuelve sinónimo de sumarse al ataque contra quien piensa distinto. Esto puede alejar de la vida pública a universitarios y jóvenes profesionales que no desean convertirse en agresores ni en blancos de agresión, empobreciendo el debate generacional.

En este marco, el poder político ya no se limita a controlar instituciones y recursos; también abarca la capacidad de moldear percepciones, borrar matices y elevar el costo de disentir.

Lo que implica para emprendedores, pymes, comerciantes, vendedores y universitarios

Para la audiencia que vive entre decisiones cotidianas como vender, pagar nómina, estudiar, emprender, este fenómeno no es un asunto abstracto. Tiene consecuencias prácticas:

  • Dificultad para acceder a información confiable. En medio del ruido, distinguir entre dato y propaganda se vuelve complicado. La interpretación de una reforma tributaria, un nuevo beneficio para pymes o cambios en la regulación del comercio puede filtrarse a través de mensajes ideologizados o exagerados.
  • Aumento de la incertidumbre y del riesgo. Cuando la agenda pública se define más por tendencias digitales que por diagnósticos técnicos, las reglas del juego pueden cambiar de forma abrupta. Esto afecta la planificación de negocios, la inversión, las decisiones de contratación y el proyecto de vida de muchos estudiantes y jóvenes profesionales.
  • Clima tóxico para el diálogo. La agresividad digital se traslada a conversaciones familiares, laborales y académicas. Equipos de trabajo, alianzas comerciales y grupos estudiantiles pueden fragmentarse por discusiones políticas que rápidamente se vuelven personales.
  • Desincentivo a la participación responsable. Emprendedores, comerciantes o universitarios que tendrían mucho que aportar al debate, desde la experiencia de montar una pequeña empresa hasta el conocimiento técnico en economía, derecho o tecnología, pueden optar por el silencio para evitar ataques.

Frente a este panorama, la tarea pendiente es doble. Por un lado, los partidos políticos necesitan recuperar su rol como espacios de propuesta, no sólo como centros de coordinación de confrontación digital. Por otro, la ciudadanía, particularmente, quienes emprenden, generan empleo o se forman en las universidades, requiere desarrollar una actitud más crítica frente al contenido político en redes: verificar fuentes, desconfiar de los extremos, valorar el argumento por encima del insulto.

En definitiva, el paso de influenciadores a activistas digitales agresivos como protagonistas de la arena política no es un simple cambio de estilo, sino una modificación profunda de cómo se organiza la competencia por el poder y de cómo se discuten los asuntos públicos. La política del ataque constante puede dar victorias de corto plazo, pero erosiona la confianza, dificulta el diálogo y aleja del centro de la conversación aquello que más importa para el desarrollo: las ideas, las soluciones y las decisiones que afectan la vida diaria de quienes trabajan, emprenden, venden y estudian.


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