El solitario camino de liderazgo agobiado por la indiferencia

Daniel siempre ha sido el estudiante que supera las expectativas. Es becario del programa de diseño industrial y sus profesores lo admiran por su eficiencia e ingenio. Al principio del semestre, lo asignaron a Felipe y Juan Carlos para un importante proyecto de clase. Este proyecto debía demostrar trabajo en equipo, creatividad y la aplicación práctica de conceptos de diseño. Sin embargo, pronto se hizo evidente que Daniel era el único que realmente hacía el trabajo.

Felipe y Juan Carlos estaban más que contentos de dejar que Daniel llevara la carga. Llegaban a las reuniones de equipo con las manos vacías y parecían indiferentes al cronograma del proyecto. Mientras Daniel tomaba notas y diseñaba una estrategia clara para abordar cada fase del proyecto, sus compañeros respondían con asentimientos tibios y promesas de “Me pondré a ello”.

Los días se convirtieron en semanas, y Daniel se encontró ejecutando cada paso crucial: bocetos conceptuales, planes de prototipos, logística. El profesor se dio cuenta de lo que estaba sucediendo, pero como se trataba de un proyecto grupal con responsabilidad compartida, poco podía hacer.

Frustrado pero decidido, Daniel decidió adoptar un estilo de liderazgo más estructurado y proactivo. Programó reuniones periódicas de seguimiento y asignó a cada miembro del equipo tareas específicas para completar antes de dichas reuniones. Les envió recordatorios, les proporcionó recursos adicionales e incluso ofreció tutorías sobre herramientas y técnicas de diseño.

Todo esto seguía los principios bien conocidos de la gestión eficaz de grupos: definir claramente los roles, establecer objetivos medibles y establecer canales de comunicación consistentes.

Pero Felipe y Juan Carlos, al ver cómo Daniel destacaba con o sin su ayuda, se redujeron a una zona de confort complaciente. En muchos escenarios grupales como este, los expertos en resolución de conflictos recomiendan abordar abiertamente las causas fundamentales —como la falta de motivación o los conflictos de horarios— y establecer una responsabilidad mutua.

Daniel también probó dichas tácticas. Mantuvo conversaciones francas, explicando cuidadosamente que un proyecto de equipo exitoso requería la contribución de todos. Hizo hincapié en cómo cada uno podía aportar una perspectiva diferente, lo que podría conducir a resultados más innovadores. Sin embargo, a pesar del firme apoyo de Daniel, Felipe y Juan Carlos se mantuvieron indiferentes.

Su profesor, consciente de la dinámica, intentó incitar suavemente a Felipe y Juan Carlos a participar. Sin embargo, las limitaciones del entorno académico (el tiempo limitado de clase, la autonomía de los estudiantes y la estructura de calificaciones del trabajo en grupo) le impidieron lograr una colaboración verdaderamente equitativa.

Mientras tanto, Daniel siguió adelante, decidido a asegurarse de que el proyecto al menos cumpliera con los requisitos de la clase. Hizo borradores adicionales, asistió a horas adicionales de laboratorio y perfeccionó el prototipo solo. Desafortunadamente, la actitud de sus compañeros no cambió. Parecían contentos con obtener la calificación que viniera de la dedicación de Daniel, sabiendo que su ética de trabajo probablemente los sacaría adelante.

Para las últimas semanas del semestre, Daniel había probado casi todas las estrategias de resolución de conflictos, trabajo en equipo y liderazgo que conocía. Pero ni las reuniones adicionales ni los discursos motivacionales lograron persuadir por completo a Felipe y Juan Carlos para que cambiaran su forma de actuar.

Esta historia es un escenario común que comparten muchos líderes de equipo: a pesar de las mejores prácticas de liderazgo y gestión de grupos, algunas situaciones de equipo simplemente no se resuelven a satisfacción de todos.

Al final, Daniel presentó un proyecto pulido —su proyecto, en realidad— en nombre de los tres miembros. Hizo todo lo posible por mantener su profesionalismo y cumplir con sus responsabilidades.

Sin embargo, como muchos líderes experimentados comprenden, no todas las dinámicas de grupo se pueden remediar con el esfuerzo de un solo semestre. Algunas personas se quedan desmotivadas, y el sistema que las obliga a trabajar juntas podría no estar preparado para resolver los problemas subyacentes.

Desafortunadamente para Daniel y para líderes como él, la realidad es que a veces los mejores esfuerzos por inspirar y organizar a un equipo no son suficientes, y esta, desafortunadamente, fue una de esas ocasiones.


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