Liderazgo político, poder y manipulación electoral en la era de la “hipnocracia”: una advertencia cívica para Colombia 2026

En toda democracia, el liderazgo político opera sobre una materia prima sensible: la capacidad de una sociedad para decidir quién gobierna y con qué límites. Esa capacidad no es abstracta; se concreta en instituciones, reglas de competencia y, sobre todo, en el voto. Por eso, cuando se aproxima un ciclo electoral, la discusión deja de ser únicamente programática y se convierte en una disputa por el control del sentido: qué problemas “existen”, qué soluciones “son pensables” y quién encarna el bien o el mal. En Colombia, de cara a las elecciones de Congreso (8 de marzo de 2026) y a la primera vuelta presidencial (31 de mayo de 2026), ese control del sentido será un activo estratégico.

El poder político como capacidad de ordenar la realidad social

La ciencia política ha descrito el poder como la capacidad de influir sobre la conducta de otros y sobre el modo en que se distribuyen recursos, oportunidades y decisiones colectivas. En su dimensión estatal, el poder político no solo “manda”: define prioridades, regula conflictos y fija quién tiene acceso a qué, por qué medios y con qué legitimidad. Esto explica por qué, en periodos electorales, la lucha no se limita a propuestas; también abarca la arquitectura de influencia: coaliciones, narrativas, incentivos y sanciones simbólicas.

La distinción entre poder y autoridad es crucial. La autoridad pretende legitimidad; el poder puede ejercerse incluso sin ella, mediante premios, amenazas, control de información o gestión de agendas públicas. Esa diferencia ayuda a entender por qué ciertos liderazgos buscan sustituir la deliberación por la presión emocional o el ruido informacional: si la legitimidad flaquea, el control de la atención se vuelve un atajo.

De persuadir con argumentos a modular la atención: la lógica de la “hipnocracia”

En este punto entra una transformación contemporánea que redefine la manipulación electoral: ya no siempre se trata de convencer con razones, sino de administrar estados de atención y de conciencia colectiva. Andrea Colamedici ha planteado “Hipnocracia” como una performance (desempeño) filosófica para mostrar, de manera práctica, cómo la infraestructura digital y la IA generativa reconfiguran el poder: en vez de disputar una verdad frente a otra, se hiperproducen “verdades” y se multiplican burbujas de realidad que vuelven insuficiente el fact-checking (validación de hechos) tradicional.

En ese marco, el poder deja de actuar solo sobre el “mensaje” y pasa a operar sobre el “escenario”: qué aparece en pantalla, con qué frecuencia, con qué carga emocional, y qué queda fuera del campo de visión.

La manipulación no necesita refutar; puede saturar. No necesita demostrar; puede sugestionar. Y cuando la ciudadanía consume información bajo fatiga, indignación o tribalismo, la decisión electoral se desplaza desde la evaluación de resultados hacia la adhesión identitaria.

Colamedici añade un riesgo especialmente relevante en época de campaña: el uso acrítico de IA puede derivar en atrofia cognitiva, es decir, en delegar el pensamiento y “desaprender a pensar”. La resistencia, en su planteamiento, no es tecnofobia: es cultura de uso. Aprender a aprender, sostener complejidad y decidir conscientemente cuándo usar IA y cuándo no, para que amplíe el pensamiento en lugar de sustituirlo.

El maniqueísmo como herramienta de mando: política en modo caricatura moral

La manipulación electoral funciona mejor cuando el debate se simplifica hasta volverse automático. En Colombia, críticos del gobierno de Gustavo Petro han señalado una estrategia comunicacional recurrente durante su mandato: reducir discusiones complejas a una oposición moral entre “ricos malos” y “pueblo engañado”, prescindiendo de datos, técnica y evaluación de resultados, mientras se apoya en vocerías oficiales y amplificación digital para sostener el encuadre.

Este ensayo no necesita suponer que esa práctica sea exclusiva de un sector. Por el contrario, la historia política muestra que el maniqueísmo es transversal: convierte desacuerdos legítimos en pruebas de pureza moral; transforma la evidencia en “propaganda del enemigo”; y reemplaza la rendición de cuentas por lealtad emocional.

Lo decisivo es su efecto: cuando la campaña se vive como guerra moral, el votante deja de preguntar “¿qué funciona?” y pasa a preguntar “¿con quién me alineo?”. Esa sustitución es funcional al poder entendido como influencia sobre otros: reduce la autonomía ciudadana y abarata el costo de gobernar sin resultados verificables.

Conjugación de las tres nociones: cómo se fabrica una elección “hipnocrática”

Al integrar los tres elementos, aparece un patrón contemporáneo de manipulación:

  1. Objetivo del poder político: controlar la asignación de decisiones y recursos, y conservar capacidad de mando en el Estado.
  2. Medio tecnológico-cultural: infraestructura digital más IA generativa como máquina de producción de versiones, microescándalos y realidades paralelas (burbujas) que dificultan la verificación y el debate común.
  3. Lenguaje de movilización: retórica simplista y moralizante (buenos vs. malos) para bloquear matices, desactivar evidencia y sostener identidad de grupo.

El resultado es una elección donde el ciudadano no solo elige entre candidatos: elige entre entornos de percepción. Cada entorno ofrece “pruebas” internas, enemigos prefabricados y recompensas psicológicas inmediatas (indignación, pertenencia, superioridad moral). En ese contexto, el voto se vuelve altamente manipulable porque deja de ser un juicio sobre desempeño y se convierte en un gesto de identidad.

Implicaciones prácticas para el voto en Colombia 2026

Dado que Colombia entra en un calendario electoral definido (Congreso el 8 de marzo de 2026; Presidencia primera vuelta el 31 de mayo de 2026), la ciudadanía enfrentará un periodo prolongado de estímulos, polémicas y contenido político.

En ciclos largos, la manipulación más eficaz no es el “gran engaño” único, sino el goteo continuo que degrada la capacidad de evaluar: cansancio, cinismo (“todos mienten”), hiperreactividad (“todo es escándalo”) y dependencia de resúmenes algorítmicos.

Si el poder político es, en esencia, influencia sobre otros dentro del Estado, entonces el voto es el principal mecanismo para limitar esa influencia y exigir legitimidad. Votar no es solo “elegir”; es definir quién controla el presupuesto, la seguridad, la política social, la política ambiental, la política internacional y, sobre todo, la capacidad de nombrar y orientar instituciones.

Antídotos cívicos: cómo resistir sin caer en ingenuidad ni paranoia

A. Higiene de atención (antes de la opinión):

  • Priorizar fuentes con trazabilidad (documentos, cifras, entrevistas completas) sobre clips o capturas recortadas.
  • Desconfiar de contenido diseñado para activar ira o humillación: suele ser el combustible de la polarización.
  • Reducir la exposición a “cámaras de resonancia”: si todo lo que aparece confirma lo que ya se cree, probablemente se está dentro de una burbuja.

B. Verificación útil (más allá del fact-checking clásico):

  • Verificar no solo “si es verdadero”, sino qué pretende lograr: ¿movilizar, desmoralizar, distraer, deshumanizar?
  • Buscar consistencia temporal: campañas “hipnocráticas” cambian de tema cuando un tema exige evidencia.
  • Contrastar con al menos dos marcos distintos: si un hecho solo “existe” en una tribu informativa, puede ser señal de burbuja.

C. Cultura de uso de IA (para no delegar el criterio):

  • Usar IA para ampliar perspectivas (mapear argumentos, identificar supuestos, comparar planes), no para reemplazar la decisión.
  • Mantener el “derecho a la duda”: si una respuesta de IA suena demasiado redonda, pedirle que muestre incertidumbres y posibles contraargumentos.
  • Reservar decisiones políticas para deliberación humana: la IA no vota, no sufre consecuencias y puede amplificar sesgos del entorno informacional.

D. Criterios de voto orientados a resultados y límites al poder:

  • Exigir indicadores: qué se prometió, qué se ejecutó, qué se financió, qué se evaluó.
  • Penalizar el maniqueísmo sistemático: quien divide el país en santos y demonios suele gobernar sin rendición de cuentas.
  • Evaluar equipos e instituciones, no solo carisma: el poder real se ejerce mediante nombramientos, contratos, prioridades y reglas.

Conclusión

La relevancia del voto en 2026 no radica únicamente en “ganar” un debate ideológico, sino en defender la posibilidad misma de un espacio común de realidad donde los desacuerdos puedan resolverse con evidencia, reglas y límites al poder. Si el poder político busca influir sobre la sociedad desde el Estado, y si la infraestructura digital permite modular atención y fabricar burbujas que erosionan la verificación, entonces la ciudadanía necesita una defensa proporcional: educación crítica, cultura de uso de IA y rechazo consciente de la caricatura moral como sustituto de la política.

En ese escenario, el voto informado actúa como una tecnología democrática de contención: restaura la obligación de justificar, impone alternancia posible y recuerda que ningún liderazgo debería gobernar sobre una ciudadanía cognitivamente fatigada, sino ante una ciudadanía capaz de pensar por sí misma.


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