Colombia llega a este 2026 marcada por tres años de un gobierno de Gustavo Petro que prometió ser la gran transformación, pero que en la práctica ha derivado en frustración, desgaste y crisis. La paz total, concebida como bandera, terminó alimentando el fortalecimiento de los grupos armados ilegales. El sistema de salud, sometido a una reforma improvisada, atraviesa una de sus peores etapas de inestabilidad. La economía se mueve en medio de un déficit fiscal creciente, la inversión extranjera cae y la confianza empresarial se erosiona. La inseguridad en las ciudades y el abandono en las regiones son el día a día de millones de colombianos.
En el terreno político, los escándalos de corrupción —como el de la UNGRD— han golpeado de lleno la credibilidad del “Gobierno del cambio”. Y en lo internacional, el país ha transitado de ser un aliado estratégico de Occidente a convertirse en un actor incómodo y aislado, anclado en discursos ideológicos más que en la defensa de intereses nacionales. Este es el contexto en el que Iván Cepeda, senador de larga trayectoria en la izquierda, decide lanzar su candidatura presidencial.
Cepeda intenta proyectarse como un hombre austero, coherente y ajeno a la política espectáculo. Afirma que no busca convertirse en otro ni inventar un personaje, lo que le da un aire de autenticidad frente al electorado. Sin embargo, esa autenticidad choca con su narrativa de mártir político y con la cercanía que ha mantenido con proyectos y liderazgos de la izquierda radical. El riesgo es que su carácter sobrio sea menos una virtud genuina y más una estrategia calculada para diferenciarse de Petro sin romper con él.
El talante de Cepeda es el de un continuador. Su insistencia en dar continuidad al programa de Petro, su respaldo irrestricto a la política de paz total y su alineamiento con posiciones internacionales como el rechazo a Israel o la complacencia hacia Maduro lo dejan claro. Se muestra respetuoso y dialogante, pero en los hechos no duda en recurrir a la confrontación judicial contra sus adversarios, en especial Álvaro Uribe. Se trata de un talante híbrido: tono moderado en lo formal, beligerancia en lo práctico.
Si llegara a la presidencia, Cepeda probablemente ofrecería un estilo menos incendiario que Petro, pero no un giro de fondo. Podría tejer alianzas más amplias, pero siempre bajo la premisa de mantener la agenda del Pacto Histórico. Su apuesta por “continuidad con ajustes” augura la persistencia de políticas que ya han mostrado sus límites: una paz total que desarma más al Estado que a los grupos ilegales; una economía debilitada por la falta de confianza; y una institucionalidad corroída por escándalos de corrupción en su propia coalición.
Iván Cepeda encarna la paradoja del progresismo actual: un rostro sobrio y aparentemente distinto, pero atado de pies y manos al libreto de Gustavo Petro. Su carácter personal transmite autenticidad, pero sus lealtades políticas lo hacen prisionero de un modelo que ya mostró sus fracasos. Su talante político busca el consenso en el discurso, pero reproduce la confrontación en la práctica. Y su eventual liderazgo prolongaría un proyecto que ha debilitado instituciones, erosionado la economía y desgastado la confianza ciudadana.
Si llegara a ser elegido presidente en 2026, Colombia no vería una renovación real, sino una versión más sobria del mismo experimento fallido: un país atrapado entre la retórica de la paz y la realidad de la violencia, entre la grandilocuencia diplomática y el aislamiento, entre la promesa de cambio y la repetición de los mismos vicios que han hundido al gobierno Petro. O como quien dice, Cepeda sería la continuidad con otro rostro, pero con idénticas implicaciones para el futuro del país.
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