A poco más de cinco meses de la primera vuelta, la candidatura de Roy Barreras enfrenta una realidad que no se resuelve con voluntad, discurso o agenda: con una intención de voto del 0,6 %, su opción presidencial se ubica en el margen estadístico y, sobre todo, fuera de los patrones que históricamente han definido a los ganadores en Colombia.
No se trata de una frase efectista ni de un prejuicio ideológico; se trata de la experiencia electoral comparada y de la dinámica concreta del sistema político colombiano, donde los aspirantes que terminan imponiéndose suelen consolidar una base visible (entre el 10 % y el 20 %) con varios meses de anticipación.
Los “crecimientos meteóricos” existen, pero rara vez nacen de la nada: parten de pisos reconocibles, típicamente entre 5 % y 8 %, asociados a alto reconocimiento positivo o a una ola política que empuja y ordena el voto.
En cambio, no hay antecedentes plausibles de una ruta que vaya del 0,x % a la Presidencia sin una combinación excepcional: una crisis nacional grave y, de forma simultánea, una implosión del conjunto de competidores fuertes. Visto así, Barreras no se encuentra en “zona de remontada”; se encuentra en zona testimonial.
El principal obstáculo, además, no es únicamente el porcentaje. El 0,6 % es el síntoma más visible, pero el problema de fondo está en la materia prima electoral con la que se intenta construir el salto.
Barreras cuenta con un activo que muchos candidatos envidiarían: un reconocimiento alto. Sin embargo, ese reconocimiento no opera como plataforma de crecimiento, porque viene acompañado de una imagen negativa igualmente alta, que funciona como techo.
Su identidad pública no es la de un outsider que irrumpe a última hora, sino la de un político plenamente inscrito en el establecimiento: Congreso, maniobra, coaliciones, transacciones.
Y en las campañas presidenciales, ese detalle es decisivo: el desconocido puede crecer a medida que lo descubren; el conocido que ya genera rechazo casi nunca cambia de manera significativa su relación emocional con el electorado.
Más aún, Barreras no encarna los motores que activan los saltos tardíos: “novedad”, “ruptura” u “esperanza”. Su trayectoria comunica experiencia y poder interno, pero no promete una renovación que conmueva a los indecisos ni una épica que ordene el voto útil.
Aun así, existe un escenario en el que su viabilidad podría dejar de ser marginal. Solo que no depende de un giro táctico ordinario, sino de una cadena de eventos extraordinarios.
Primero tendría que ocurrir un colapso simultáneo de los candidatos fuertes: escándalos mayúsculos, inhabilidades o renuncias que desarmen, al mismo tiempo, a los punteros y provoquen un vacío repentino de liderazgo, particularmente en el centro y la izquierda. Esa condición, por sí sola, es altamente improbable; pero sin ella, no hay espacio aritmético para que una candidatura en 0,x % adquiera tracción real.
Segundo, debería producirse una unificación total de un bloque político detrás de él. No bastaría con apoyos fragmentados o guiños ambiguos: tendría que converger el petrismo, sectores del liberalismo y una franja del centro en torno a Barreras como candidato único, con respaldo explícito, temprano y disciplinado. En la práctica, eso significaría renuncias cruzadas, alineamientos orgánicos y un mandato de unidad que reduzca la dispersión. Hoy, sin embargo, no existen señales de un movimiento en esa dirección. Si algo sugieren las lecturas actuales, es que Barreras tiende a dividir más de lo que une, y que su figura despierta resistencias tanto dentro como fuera de los bloques que necesitaría consolidar.
Tercero, tendría que darse un reposicionamiento radical de su imagen pública. El salto que requeriría no es incremental, sino identitario: pasar de “operador político” a “estadista”; de “congresista” a “figura presidencial”; de “polarizante” a “candidato de consenso”. Ese tipo de transformación, en tan poco tiempo, no se logra con un par de eslóganes o con una campaña publicitaria más agresiva. Solo lo permitiría un evento histórico que reordene las percepciones y le entregue una oportunidad de liderazgo que hoy no tiene. Sin ese punto de quiebre, lo previsible es que el reconocimiento siga actuando como límite, no como trampolín.
Cuarto, tendría que estallar una crisis nacional que favorezca perfiles “duros” y con manejo de poder. Una crisis severa tipo institucional, de seguridad o económica, podría elevar la demanda por experiencia legislativa, capacidad de negociación, discurso de control y orden. En ese contexto, Barreras podría intentar presentar su trayectoria como ventaja comparativa. Pero incluso allí enfrentaría un problema: ese nicho no le pertenece en exclusiva. Otros perfiles, con menos desgaste o con credenciales ejecutivas más claras, competirían mejor por el mismo espacio y podrían capitalizar con mayor eficacia el miedo, la incertidumbre o el deseo de mano firme.
Con estas condiciones sobre la mesa, la comparación útil aparece casi por sí sola.
En términos prácticos, Roy Barreras hoy está más cerca de influir en la agenda, negociar apoyos y asegurar un rol de poder en el próximo gobierno (sea cual sea) que de ganar una elección presidencial.
Su candidatura, más que diseñada para conquistar mayorías, parece diseñada para jugar dentro del tablero: marcar líneas, acumular fichas, elevar el precio político de su respaldo y disputar espacios de incidencia.
Eso no la vuelve irrelevante; la vuelve distinta. Y confundir una estrategia de posicionamiento con una estrategia de victoria es uno de los errores más frecuentes del análisis político apresurado.
La conclusión, entonces, es clara y difícil de maquillar. Con 0,6 % a cinco meses, la probabilidad real de elección es mínima. No bastaría con “crecer”; tendría que producirse una tormenta política perfecta.
El escenario que la haría viable es extraordinario, improbable y, sobre todo, externo a su control. En el presente, la candidatura de Roy Barreras es políticamente visible, pero electoralmente inviable.
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