¿Cómo fue que hasta aquí llegamos?
Se me antoja que, como consecuencia de una mezcla desafortunada de carencia de autoestima, necesidad de auto reconocimiento y la tendencia social de reciprocidad o, como quien dice, el popular ‘nos gusta’ aunque ‘no nos guste’ (#like4like).
Me refiero a cualquier tipo de contenido (particularmente, las imágenes) publicado, diga usted, por ejemplo, por cualquiera de las seis hermanas Kardashian, Maluma, Kika Nieto, Petro, Uribe, o por la popular Miquela Sousa, mejor conocida como ‘Lil Miquela’, un personaje (chuta madre, que ni siquiera es real), creado por alguien como un proyecto de arte digital.
El consumo excesivo de esta clase de contenido puede provocar trastornos de salud mental, tales como depresión, ansiedad, narcisismo o incluso ‘Snapchat dysmorphia’ —una tendencia reciente en la que las personas se someten a una cirugía plástica para parecerse a sus ‘selfies’ que han retocado con filtros—.
El comportamiento antisocial en las redes sociales es solo una parte de este fenómeno cultural. Nosotros, los agentes de marketing, los publicistas y los generadores de contenido, tenemos la inmensa responsabilidad de proteger e inspirar la mentalidad de la audiencia.
Al auspiciar por igual como pseudo-celebridades, tanto ‘personajes influyentes’ de medio pelo como de pelo completo, hemos descubierto una Caja de Pandora al desdibujar los límites entre el contenido real y el patrocinado. Es imperativo mermarle al ritmo y reflexionar respecto a los efectos colaterales del contenido que colgamos en línea antes de pulsar ‘Compartir’, bien sea que estemos publicando para 250.000 o 30 seguidores.
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