Todos nos beneficiamos de algún grado de privilegio, bien sea relacionado con la raza, el género, las habilidades, la clase social, el nivel de ingresos o algún otro factor. Dichas facetas de nuestra identidad forman parte de nuestra existencia profesional, nos guste o no. Reconocer nuestros privilegios puede disminuir la necesidad de justificación, demuestra vulnerabilidad, y predispone la orientación para así adoptar los comportamientos inclusivos. Para el efecto, puede usted empezar por reflexionar sobre aquellos factores de su identidad que actúan como vientos de cola en su vida laboral cotidiana. Estas pueden ser facetas en las que casi nunca piensa porque rara vez enfrentan resistencia o escrutinio público, diga usted, por ejemplo; su estado de formación académica si, tuvo usted o no la oportunidad de asistir a la universidad y labora en un sector empresarial donde la mayoría de los colegas también asistieron a la universidad. A continuación, tenga presente que sus privilegios no son defectos de carácter ni razones para sentirse avergonzado; son tan solo una parte de lo que nos identifica como personas. Por último, preste atención a lo que sucede a su alrededor: ¿Quién asume la vocería? ¿Quién no lo hace? ¿A quién se le concede el beneficio automático de la duda por tan solo disponer de algún factor en particular? ¿Quién debe trabajar arduamente para demostrar su valía? En ese orden de ideas, ser más consciente de aquellos factores que lo identifican lo ayudará a ser más empático y, marcará la pauta de su aporte para una cultura de equipo más inclusiva.
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