En Colombia, la burocracia se ha ido volviendo un laberinto rígido, politizado y opaco. Entre trámites que dilatan, auditorías que no disuaden y controles que no corrigen, la gestión legislativa ha cargado con etiquetas difíciles de sacudir: ineficiencia y descrédito. La medición de Transparencia Internacional para 2024 dejó a Colombia con 39/100 puntos y en la posición 92 de 180 países, un retroceso frente al año anterior; el mensaje de fondo es inequívoco: la corrupción percibida erosiona la confianza y, con ella, la legitimidad de las instituciones que deberían canalizar el conflicto y la esperanza democráticos.
Esa desconfianza no es retórica. Paneles de opinión y encuestas divulgadas en 2024 y 2025 han ubicado al Congreso de la República entre las instituciones peor evaluadas por líderes y ciudadanía, un dato que se sostiene en múltiples mediciones y titulares. Cuando la mayoría cree que “allá no pasa nada bueno”, el terreno queda abonado para que prospere una promesa distinta: menos trámite, más carácter; menos currículo, más “auténtica voz del pueblo”.
Así, en medio de consultas interpartidistas y listas abiertas, emergen figuras cuya principal credencial no es un doctorado, una carrera técnica o una hoja de vida pública, sino una comunidad digital. El relato es conocido por cualquiera que madruga a abrir un local o estudia de noche para llegar al grado: si el sistema no responde, se busca a quien “responde” en el celular.
Es así cómo se explica que, en la consulta del Pacto Histórico del 26 de octubre de 2025, ese guion tomó cuerpo. Walter Alfonso Rodríguez Chaparro, conocido en redes como @MeDicenWally, logró 137.821 votos (5,89%) para la lista al Senado, quedando entre los más votados. En paralelo, la creadora Laura Daniela Beltrán Palomares, @smilelalis, obtuvo 26.718 votos y se ubicó como la segunda más votada para la Cámara por Bogotá. Ambos resultados fueron reseñados por medios nacionales el 27–29 de octubre de 2025.
Visto desde la psicología del comportamiento y la sociología electoral, la validación de candidaturas con débil preparación académica formal o escasa trayectoria profesional en lo público se explica menos por “ignorancia” y más por atajos racionales bajo incertidumbre:
Colombia vive una brecha entre la oferta institucional (procedimientos, comisiones, reglamentos) y la demanda ciudadana (respuestas visibles, trámites sencillos y resultados). Informes recientes sobre confianza en el Estado y eficiencia regulatoria, desde la OCDE hasta estudios locales, describen cómo la maraña normativa y la ejecución irregular desincentivan el cumplimiento y alimentan el escepticismo. Ese caldo de cultivo vuelve electoralmente competitivo a los “solucionadores” (activistas digitales de corte troll) que vienen de fuera del sistema.
Desde la óptica de negocio y cotidianidad práctica, tres impactos son visibles:
El ascenso de @MeDicenWally y @smilelalis no ocurre en el vacío: condensa un humor social cansado de expedientes y titulares de corrupción. Sus votaciones —137.821 y 26.718, respectivamente— funcionan como termómetro de una época en que la validación se otorga a quien traduce la indignación en relato simple y promete “mover la aguja” sin pedir permiso a la burocracia.
La pregunta que queda para el electorado productivo (ciudadanía, emprendedores, pymes, comercio, academia) no es si la crítica es justa, sino si la representación así lograda es competente para reformar aquello que se critica.
La democracia necesita catarsis, pero se sostiene con construcción. La validación social de candidatos con capital digital puede ser una señal sana de apertura del sistema a nuevas voces. También puede ser un espejismo si la indignación no se acompaña de oficio público: estudiar expedientes, negociar textos, medir impactos, rendir cuentas.
En un país donde la percepción de corrupción es alta y la confianza en el Congreso es baja, el atajo “menos currículo, más cercanía” luce tentador. Sin embargo, para que esa apuesta cumpla lo que promete a quien madruga a abrir la tienda o cierra caja a medianoche, la idoneidad no puede ser un lujo: es el único seguro contra repetir el ciclo de desilusión que, precisamente, explica su ascenso.
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