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Sencilla no es la superioridad pero bien vale la pena perseguirla

Para Nike era su primera Olimpiada. Habían oído hablar del dinero y del poder de las grandes compañías de zapatos, pero cuando lo vieron en vivo, se quedaron pasmados. Adidas había tomado en arrendamiento toda un ala del hotel Ramada Inn, contiguo al estadio. Adidas había mandado a Montreal ejércitos de representantes con un presupuesto que se decía superior a los siete millones de dólares. Adidas tenía una sala de entretenimiento para cada modalidad deportiva, dos clases de zapatos para salto alto (uno para estilo tijera, otro para vuelco) y un representante promotor para cada idioma.

“¡Vimos al enemigo, y es grande!”, exclamó Nelson Farris, sentado con sus compañeros en la plataforma superior del inmenso estadio nuevo durante la ceremonia de apertura, contemplando con binóculo la hermosa pista anaranjada, donde todos los siete mil funcionarios olímpicos vestían ropa Adidas. La marca Pony había comprado el derecho de equipar al conjunto canadiense. Converse había “donado” 170.000 dólares por el derecho de anunciar que sus zapatos habían sido “elegidos para uso” del equipo estadounidense, pese a que ni siquiera fabricaba zapatos de carreras para competencia. Las compañías pagaban grandes sumas por el derecho de exhibirse, pues sabían que una audiencia mundial los vería por televisión.

Por contraste, el valor total de los productos que regaló Nike en las Olimpiadas de 1976 ascendió a 5.626,90 dólares. “Le acabo de dar unos zapatos. ¿Cómo es posible que los haya perdido?, les preguntaron a los atletas los representantes de Nike.

Pocos espectadores sabían cuán engañosa es la clasificación de los atletas como “aficionados”. ¿Cómo iban a saberlo? Todo parecía tan bonito y tan patriótico con las banderas y las trompetas. Pero para los fabricantes de zapatos, los Juegos Olímpicos no eran otra cosa que una lonja mercantil, una subasta gigantesca donde se compraban y se vendían atletas con ofertas secretas.

—Aparte: Capítulo 19, “Su palabra es oro”, página 244 del libro “Swoosh: Unauthorized Story of Nike and the Men Who Played There”, J. B. Strasser, Laurie Becklund.

Y en otras historias de las Olimpiadas, “la deportista de salto de garrocha Joana Costa pensaba que iba a participar en los Juegos de Río 2016 como voluntaria, hasta que recibió una llamada de última hora para sumarse al equipo Olímpico brasileño como deportista”. Anécdotas que dejan huella y prueba fehaciente, de si se trabaja duro, usted también podrá llegar a unos juegos.

Andres Tellez Vallejo

Mercadólogo, autor y publicista con más de tres décadas de experiencia profesional, combino una sólida trayectoria en gerencia de producto y dirección de marketing tanto en la industria farmacéutica como en bienes de consumo. Mi carrera profesional inició con 13 años como asalariado, pero hace 19 años decidí emprender la senda del trabajo autónomo, consolidándome como gestor estratégico, autor y editor de publicaciones periódicas.

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