Cuando se pretende una profesión, es común anhelar que se nos identifique con algún atributo personal que caracterice nuestro desempeño. Podría ser:
Triunfador; activista; adaptable; analítico; organizador; creyente; dominador; comunicador; competidor; conectado; compositor; deliberado; promotor; disciplinado; empático; justo; centrado; visionario; innovador; agradable; ingenioso; incluyente; individualista; participativo; intelectual; aprendiz; eficiente; positivo; investigador; responsable; restaurador; seguro de sí mismo; relevante; estratégico; cautivador; perfecto; o algún otro.
Por supuesto, nunca pretendemos ser invisibles, frágiles, o bravucones.
Es más, como consecuencia de 16 o más años de formación académica, nos fascina tantear la posibilidad de ser perfectos.
No obstante, el inconveniente con la perfección es que a la postre resulta difícil de lograr. Igual, la perfección no concede la posibilidad de acudir a cualquier otro de los atributos personales más flexibles. Y en últimas, la perfección, desde la óptica de cumplir con las especificaciones significa que el equipo o la organización, en su momento, reclutará a alguien mucho más económico y ágil que usted.
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