David Billington, ingeniero e historiador de la tecnología, sostenía que “engineering or technology is the making of things that did not previously exist, whereas science is the discovering of things that have long existed” (“la ingeniería o la tecnología consiste en crear cosas que no existían previamente, mientras que la ciencia se dedica a descubrir cosas que han existido desde hace mucho tiempo”). Esta distinción entre crear e identificar cobra relevancia al analizar el desempeño del actual gobierno colombiano, encabezado por Gustavo Petro.
La frase de Billington nos recuerda que el verdadero liderazgo político no puede reducirse a diagnosticar problemas o a exponer desigualdades ya conocidas; gobernar implica construir soluciones, diseñar políticas viables y dejar estructuras sólidas que transformen la realidad.
El presidente Petro llegó al poder con un discurso que sonaba disruptivo y prometedor en escenarios internacionales: transición energética, paz total, justicia social. Sin embargo, la distancia entre el discurso y la gestión concreta ha resultado abismal.
Mientras la retórica presidencial insiste en señalar culpables históricos de los males del país —el mercado, los empresarios, la “sociedad de castas”—, las instituciones enfrentan una constante improvisación: reformas mal planteadas, proyectos sin sustento técnico y una administración marcada por escándalos de corrupción en el corazón mismo del aparato estatal.
Billington subraya que la ingeniería consiste en hacer existir lo que antes no estaba. En ese sentido, un gobierno debería parecerse más a un ingeniero que a un crítico literario: su tarea es construir y no solo declamar. Pero el mandato de Petro parece encallado en la retórica populista, en la exaltación del conflicto y en la construcción de relatos que poco aportan a la realidad material de los colombianos.
El resultado es visible: deterioro de la confianza en las instituciones, incertidumbre regulatoria para la inversión, una economía doméstica que resiste la inflación y la informalidad, y un aparato estatal paralizado entre contradicciones internas y luchas de poder.
Ante la falta de resultados, el recurso del populismo se vuelve casi inevitable. Petro busca explicar sus fracasos culpando a fuerzas externas: el empresariado, la oposición, los jueces, incluso la prensa. Pero en democracia, la legitimidad no se mide por la retórica, sino por la capacidad de cumplir. Y hasta ahora, los entregables del llamado “cambio” brillan por su ausencia.
La izquierda colombiana tuvo, quizás por primera vez en la historia reciente, la oportunidad de demostrar que podía gobernar con eficacia y rigor. Sin embargo, al quedarse en la queja, la consigna y la denuncia, parece haber confirmado los peores temores de sus críticos: un progresismo más cómodo en la oposición que en el ejercicio del poder.
Billington nos recuerda que crear lo que no existía es la esencia de transformar. La administración Petro, en cambio, ha optado por redescubrir lo ya evidente y envolverlo en discursos grandilocuentes. Pero el país no necesita más diagnósticos ni metáforas; necesita soluciones tangibles, políticas coherentes y un liderazgo que entienda que gobernar es, ante todo, un acto de construcción.
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