notas al margen

La República de las sombras

Bogotá no dormía; apenas fingía hacerlo.

Desde los cerros orientales, la ciudad parecía un tablero de circuitos encendidos bajo una lluvia fría, atravesada por caravanas blindadas, antenas clandestinas, cafés donde nadie decía su verdadero nombre y pantallas que ardían con la furia de un país partido en dos. Colombia entraba en la campaña presidencial de 2026 como quien entra en una habitación oscura sabiendo que alguien ya está adentro.

En el centro de esa habitación estaban dos hombres.

Iván Cárdenas, senador austero, voz contenida, rostro de mármol cansado, había construido su vida pública sobre la gramática de las víctimas, la paz y la memoria. En sus discursos no había estridencia: había expediente, denuncia, duelo, persistencia. Sus seguidores lo veían como un hombre íntegro, quizá el último representante de una política todavía capaz de pronunciar la palabra “vida” sin convertirla en consigna vacía.

Al otro lado del mapa estaba Abel Santamaría, abogado de verbo incendiario, traje impecable, sonrisa de depredador civilizado. Sus partidarios lo llamaban el Tigre. No pedía permiso para entrar al escenario: lo tomaba. Hablaba de patria, orden, soberanía y castigo con la cadencia de quien no aspira simplemente a gobernar, sino a purgar una nación que considera secuestrada.

Ambos querían la Presidencia.

Pero en Colombia, en aquel año, la Presidencia ya no era solo un cargo. Era una contraseña.

La noche en que comenzó todo, un operador digital de diecinueve años, conocido en redes como @Centinela_47, recibió un archivo comprimido en una cuenta fantasma. El mensaje traía una sola línea:

“La elección no se gana en las urnas. Se gana antes, en la mente de los que creen estar decidiendo.”

El archivo contenía miles de perfiles falsos, guiones de indignación, bancos de memes, videos adulterados, listas de periodistas vulnerables, mapas emocionales de votantes indecisos y una matriz de ataque dividida en cinco columnas: miedo, rabia, humillación, esperanza y traición.

El muchacho no sabía para quién trabajaba realmente. Nadie en aquella guerra lo sabía.

La campaña se volvió una operación de inteligencia distribuida.

Cada madrugada, antes de que el país abriera los ojos, ejércitos invisibles calibraban la temperatura moral de la nación. No discutían propuestas: administraban resentimientos. Una frase exagerada aquí, una fotografía sacada de contexto allá, un rumor con apariencia de filtración, una acusación imposible de verificar antes del noticiero del mediodía.

Los activistas digitales prepago no se llamaban a sí mismos mercenarios. Preferían nombres limpios: estrategas de conversación, arquitectos de narrativa, operadores de percepción. Trabajaban desde apartamentos en Medellín, bodegas en Soacha, oficinas compartidas en Miami, cafés de Chapinero y cuartos sin ventanas en ciudades fronterizas donde el dólar circulaba con más autoridad que la ley.

Los de Cárdenas decían defender la democracia de una restauración autoritaria. Los de Santamaría decían defender la patria de un proyecto de rendición nacional. Cada bando acusaba al otro de destruir la República, y en esa acusación mutua iba desapareciendo la posibilidad misma de República.

Cárdenas recorría plazas con una serenidad casi litúrgica. Hablaba de justicia social, de transición energética, de democracia asediada, de proteger la vida como principio de Estado. Pero sus asesores sabían que el lenguaje de la reparación era lento, y las redes no premiaban la lentitud. Cada vez que el candidato pedía calma, alguno de sus operadores digitales traducía la calma en ataque.

Santamaría, en cambio, parecía nacido para el ruido. Sus videos entraban como cuchillos en la conversación nacional: “orden”, “patria”, “traidores”, “mano firme”. En los pueblos lo recibían con banderas; en las redes, con rugidos. Su equipo entendía algo que sus adversarios despreciaban: en un país fatigado, la promesa de autoridad podía sonar como descanso.

Pero ninguno de los dos controlaba ya la maquinaria que decía servirle.

La polarización había cobrado vida propia.

Los algoritmos empujaban a cada colombiano hacia una versión distinta del país. Para unos, Cárdenas era el custodio de las víctimas y la última muralla contra la barbarie. Para otros, era el emisario de una revolución encubierta. Para unos, Santamaría era el restaurador del orden. Para otros, el rostro elegante de una democracia dispuesta a suicidarse en nombre de la seguridad.

En las casas, las familias dejaron de hablar de política después del almuerzo porque el almuerzo terminaba siempre en gritos. En los grupos de WhatsApp, las tías enviaban cadenas como si fueran documentos de inteligencia. En X, cada tendencia parecía espontánea hasta que alguien seguía el dinero. En TikTok, adolescentes que nunca habían leído un programa de gobierno repetían consignas editadas con música épica, convencidos de que pensar era escoger una trinchera.

Mientras tanto, embajadas, inversionistas, agencias extranjeras, contratistas de seguridad, petroleras en retirada y fondos oscuros observaban la elección con una atención demasiado disciplinada. Colombia no era solo Colombia: era frontera, selva, puerto, litio, cocaína, energía, migración, Amazonía, bases, rutas y memoria. En el tablero hemisférico, una Presidencia podía abrir o cerrar corredores que no aparecían en los debates televisados.

Cárdenas lo sabía.

Santamaría también.

Y ambos sabían que el enemigo visible rara vez era el enemigo real.

La filtración llegó tres semanas antes de la primera vuelta.

No apareció en un periódico. No la entregó una fuente con nombre falso en un parqueadero. No llegó por valija diplomática ni por llamada anónima. Surgió en un hilo de una cuenta sin seguidores, publicado a las 3:17 de la madrugada, cuando solo los insomnes, los bots y los culpables están despiertos.

El hilo contenía capturas, contratos, transferencias y audios.

La revelación era simple y devastadora: varios de los operadores digitales más violentos de ambos bandos respondían a una misma arquitectura financiera. Las cuentas que atacaban a Santamaría con montajes grotescos eran alimentadas por la misma red que difundía rumores contra Cárdenas. Las bodegas que fingían odiarse compartían proveedores, servidores, consultores y una hoja de cálculo titulada Escalamiento Nacional de Ira.

El objetivo no era hacer ganar a uno.

El objetivo era hacer ingobernable al ganador.

Durante años, una coalición sin bandera —empresarios del miedo, intermediarios extranjeros, antiguos funcionarios, traficantes de datos, contratistas de defensa y estrategas expulsados de campañas anteriores— había perfeccionado una doctrina: convertir la democracia en una guerra de baja intensidad emocional.

No importaba quién llegara a la Casa de Nariño. Importaba que llegara debilitado, odiado por media nación, endeudado con operadores invisibles y obligado a gobernar sobre ruinas de confianza.

Cárdenas recibió el informe en una casa segura en Teusaquillo. Lo leyó en silencio. En la última página había una fotografía borrosa: Santamaría, años atrás, entrando a una reunión privada en Panamá con uno de los intermediarios de la red.

—Esto lo destruye —dijo su jefe de estrategia.

Cárdenas no respondió.

A esa misma hora, en una suite del norte de Bogotá, Santamaría recibía otro paquete. Contenía una grabación antigua de un asesor de Cárdenas negociando apoyo digital con una firma extranjera que luego aparecería vinculada al entramado.

—Esto lo entierra —dijo su asesor de comunicaciones.

Santamaría sonrió, pero no con alegría.

Ambos candidatos comprendieron lo mismo al mismo tiempo: la filtración no era un regalo. Era una trampa. Si uno usaba el archivo contra el otro, legitimaba el sistema que los estaba manipulando a ambos. Si callaba, se convertía en cómplice por omisión.

La elección había dejado de ser una contienda.

Era una prueba de obediencia.

El debate final se celebró bajo un aguacero feroz.

Afuera del estudio, cientos de manifestantes gritaban separados por vallas metálicas. Unos llevaban velas y pancartas por la paz. Otros banderas negras y consignas de orden. Entre ambos grupos circulaban hombres y mujeres con celulares, transmitiendo en vivo, provocando choques, buscando la imagen exacta que pudiera incendiar el país antes de medianoche.

Dentro del estudio, Cárdenas y Santamaría se miraron como dos generales obligados a compartir un puente minado.

La moderadora preguntó por seguridad nacional.

Santamaría tomó la palabra primero. Habló de autoridad, fronteras, jueces débiles, criminales protegidos por discursos humanitarios. Su voz llenó el recinto con una precisión casi militar. Sus seguidores celebraron cada frase antes de terminarla. En las pantallas, miles de cuentas replicaban fragmentos editados en tiempo real.

Luego habló Cárdenas. No levantó la voz. Dijo que ningún Estado se salva destruyendo sus propios límites, que la justicia sin garantías termina pareciéndose demasiado a la venganza, que un país que normaliza la mentira como herramienta política acaba sin lenguaje común para reconocer la verdad.

Santamaría lo interrumpió:

—La gente no quiere sermones. Quiere que alguien la defienda.

Cárdenas giró apenas la cabeza.

—La pregunta es quién la está atacando de verdad.

Hubo un silencio breve, extraño, como una falla eléctrica.

Entonces Cárdenas sacó una carpeta azul.

Santamaría también sacó una carpeta negra.

Los asesores, detrás de cámaras, se pusieron de pie.

Los operadores digitales recibieron la señal de alerta. En segundos, miles de cuentas prepararon etiquetas opuestas: #CárdenasTraidor y #SantamaríaVendido. Los videos estaban listos. Las miniaturas, diseñadas. Los insultos, programados. La rabia, precargada.

Pero los dos hombres no hicieron lo previsto.

Cárdenas no acusó a Santamaría.

Santamaría no acusó a Cárdenas.

En cambio, cada uno entregó a la moderadora una parte distinta del mismo expediente.

Por primera vez en meses, la maquinaria no supo qué hacer.

El país vio nombres, contratos, empresas de fachada, transferencias internacionales, campañas paralelas, laboratorios de desinformación, consultores extranjeros y manuales de manipulación emocional. Vio cómo se fabricaban enemigos. Cómo se exageraban heridas reales hasta convertirlas en armas. Cómo se pagaba a jóvenes para fingir convicciones. Cómo se normalizaba la irresponsabilidad institucional bajo la máscara de la militancia.

La transmisión intentó ir a comerciales.

No pudo.

Alguien dentro del canal había bloqueado la pauta. Otro alguien, en una sala remota, liberó los documentos completos en servidores extranjeros. Para cuando los directivos quisieron recuperar el control, el expediente ya estaba en manos de periodistas, fiscales, agencias internacionales y millones de ciudadanos que, por una noche, no sabían a qué bando obedecer.

Afuera, las vallas cedieron.

No por violencia, sino por desconcierto. La multitud dejó de gritar durante unos segundos. Nadie tenía consigna para aquello.

Santamaría miró a Cárdenas.

—Esto no nos hace aliados —dijo.

—No —respondió Cárdenas—. Pero quizá nos recuerda que todavía no somos títeres.

La elección siguió.

Nada se purificó de repente. Las democracias no se salvan con una revelación, ni los países polarizados despiertan al día siguiente convertidos en comunidades razonables. La red de manipulación negó los documentos, luego los relativizó, luego acusó a sus denunciantes de haberlos fabricado. Muchos ciudadanos creyeron solo la mitad que convenía a su rabia. Otros se encerraron más hondo en sus trincheras.

Pero algo se había quebrado.

No la polarización. Algo anterior: la inocencia con que el país consumía su propio odio.

Cárdenas perdió apoyos entre quienes querían una ofensiva total contra Santamaría. Santamaría perdió apoyos entre quienes no le perdonaron haber contenido el golpe final. Ambos fueron llamados cobardes por sus extremos, traidores por sus operadores y estadistas por algunos columnistas que, hasta la semana anterior, los habían tratado como amenazas existenciales.

En los días finales, la campaña se volvió más silenciosa y peligrosa. Ya nadie confiaba en nadie. Los activistas digitales prepago cambiaron de nombre, borraron cuentas, abrieron otras, ofrecieron sus servicios a alcaldes, gremios, embajadas, contratistas y movimientos ciudadanos. La industria de la manipulación no murió; solo aprendió a esconder mejor sus huellas.

La noche electoral, Colombia volvió a partirse en dos frente a las pantallas.

Iván Cárdenas esperó los resultados en una sede sobria, rodeado de víctimas, jóvenes ambientalistas, sindicalistas, académicos, líderes sociales y viejos militantes que habían aprendido a celebrar con prudencia.

Abel Santamaría los esperó en un hotel blindado, rodeado de empresarios, oficiales retirados, influencers patrióticos, abogados, pastores, ganaderos y ciudadanos que sentían que el país les había sido arrebatado hacía mucho tiempo.

Cuando el boletín final apareció, no hubo júbilo completo en ninguna parte.

El ganador entendió de inmediato que recibiría un país que no aceptaba del todo su victoria. El perdedor comprendió que seguiría teniendo poder precisamente porque millones necesitaban una voz para su agravio.

En algún lugar fuera de Colombia, un hombre sin nombre revisó los resultados desde una pantalla encriptada. No sonrió. No hacía falta. La operación no había fracasado.

La República seguía en pie, sí.

Pero ahora todos sabían que debajo de sus instituciones había otra nación: una nación subterránea, hecha de datos robados, emociones administradas, miedos heredados y lealtades vendidas al mejor postor. Y en esa nación invisible, la campaña siguiente ya había comenzado.

Andres Tellez Vallejo

Mercadólogo, autor y publicista con más de tres décadas de experiencia profesional, combino una sólida trayectoria en gerencia de producto y dirección de marketing tanto en la industria farmacéutica como en bienes de consumo. Mi carrera profesional inició con 13 años como asalariado, pero hace 19 años decidí emprender la senda del trabajo autónomo, consolidándome como gestor estratégico, autor y editor de publicaciones periódicas.

Artículos recientes

Belleza, utilidad y responsabilidad social en el diseño industrial

En el taller, antes de que las máquinas dominaran el ritmo de la producción, el…

4 días ago

La excelencia profesional como arquitectura interior

En el entorno profesional suele creerse que una persona se distingue por lo que sabe…

2 semanas ago

Con carácter y mando, John Churchill, duque de Marlborough construyó su legado militar

En la historia de los grandes líderes, pocas trayectorias muestran con tanta claridad que la…

3 semanas ago

Treinta años de matrimonio: cultura, voluntad y resiliencia como marca de vida

En una época en la que muchas formas de pertenencia parecen volverse más frágiles, rápidas…

3 semanas ago

La edad no retira el talento: lo transforma

Llegar al segmento de la economía plateada no siempre significa detenerse, retirarse del mundo productivo…

1 mes ago

This website uses cookies.