Cuando la gente se propone disimular el propósito, lo hace de dos formas, por lo general: la primera, es rehusarse entender y precisar el propósito. Eludir los detalles de lo que se pretende alcanzar y para quién. Ser impreciso respecto a los parámetros de éxito y, por ende, respecto a las repercusiones del fracaso.
Y, puesto que nadie en realidad tiene claro cuál es el propósito, es difícil percibir esa sensación de fracaso si el asunto no prospera.
La segunda, es inclusive más engañosa. Las personas atenúan la urgencia del propósito. Se tornan imprecisas. Se distraen. Lo que sea, para evitar asumir la responsabilidad y declarar, ‘sí, fui yo, yo lo hice’.
Es factible, pero extenuante, pasar todo el día laboral, o la sesión de entrene futbolero, o mientras se navegan las redes sociales, disimulando el propósito.
El envejecimiento de la población, las amenazas del cambio climático y una economía que crece…
Por qué tener metas no es lo mismo que tener un plan Pensar en el…
María Camila Rueda ha conocido el emprendimiento desde lugares distintos. Como socia de Rockstart ha…
Una oportunidad comercial no siempre empieza con una patente, una aplicación o una tecnología que…
Lo que conviene saber antes del primer empleo Conseguir el primer empleo formal suele presentarse…
Pensemos en una empresa que contrata a cientos de personas para trabajar por separado. Cada…
This website uses cookies.