Cuando la gente se propone disimular el propósito, lo hace de dos formas, por lo general: la primera, es rehusarse entender y precisar el propósito. Eludir los detalles de lo que se pretende alcanzar y para quién. Ser impreciso respecto a los parámetros de éxito y, por ende, respecto a las repercusiones del fracaso.
Y, puesto que nadie en realidad tiene claro cuál es el propósito, es difícil percibir esa sensación de fracaso si el asunto no prospera.
La segunda, es inclusive más engañosa. Las personas atenúan la urgencia del propósito. Se tornan imprecisas. Se distraen. Lo que sea, para evitar asumir la responsabilidad y declarar, ‘sí, fui yo, yo lo hice’.
Es factible, pero extenuante, pasar todo el día laboral, o la sesión de entrene futbolero, o mientras se navegan las redes sociales, disimulando el propósito.
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