Con frecuencia, los estudiantes son víctimas cuando van a la escuela. No es necesario esperar a entrar en la escuela para encontrar pésima docencia, pero allí es donde la mayor parte de las personas se convierten, por primera vez, en clientes con poder de elección. En la actualidad, hay un sin número de estudiantes alrededor del mundo, y casi ninguno de ellos se da cuenta de que es un cliente. Hoy día la educación implica un coste enorme para el núcleo familiar. No obstante, es una de las mejores inversiones que hacemos en “servicios”, pero casi todos los estudiantes aceptan lo que les dan, sin indagar nada, sufriéndolo todo y pagando una elevada suma por ello.
Desde el principio, condicionan a los estudiantes para que guarden gratitud y, sin embargo, nada de esto contesta el interrogante de si los estudiantes obtienen lo que están pagando, al entrar en los edificios de las mejores escuelas. ¿Será que invierten buenos años para ser intimidados por las tradiciones o, si será que aprenden a pensar? ¿Cuáles son los mejores profesores? ¿Cuál le corresponderá al estudiante? Buena parte de las veces, la respuesta es: “el que le asignen”.
La cuestión con muchos de los profesores es que les molesta enseñar. Simplemente, lo soportan hasta que logran convertirse en profesores inamovibles, lo cual equivale a que, prácticamente, no pueden ser despedidos, y entonces la calidad de su enseñanza importa todavía menos.
Un estudiante tiene el derecho de entrevistar a quien enseñe una asignatura. Si el profesor no acepta la entrevista, ¿qué más puede esperarse de aquel profesor? Busque un profesor que no vacile cuando usted se presente como un cliente que busca un gran servicio. Haga preguntas.
Averigüe si el profesor tiene el propósito de enseñar, o si sólo va a volver a leer las notas que ha leído y releído durante los últimos ocho años.
Cuando encuentre un profesor que realmente lo anime, siga todos los cursos que dé; la calidad de lo que alimente su cerebro es más importante que la cantidad de material que usted le meta. Se espera que un gran profesor le enseñe a pensar y a madurar, no a memorizar las eras geológicas en orden cronológico, o las reglas de la gramática.
Lo que cuenta en la educación no es tanto la escuela a la que vaya sino los profesores que allí encuentre. Hay profesores pésimos en las instituciones más renombradas y profesores excelentes en otras instituciones no tan renombradas.
Los grandes profesores no caen de improviso, se aprende a buscarlos.
Desde el primer año debe uno ocuparse de elegir a los mejores. En ocasiones los estudiantes se conforman con lo que encuentran y, así terminan en el dominio de profesores que ni pueden siquiera hacerse oír, menos enseñar, profesores que no se les puede entender y profesores que nunca sabrán su nombre. Y al final de un costoso año, sólo terminará aprendiendo una cosa: su educación, como cualquier otro servicio que deba comprar, debe ser asunto de su propia responsabilidad.
Y por lo demás, ningún campo ofrece oportunidades más ricas para la innovación exitosa, que el triunfo alcanzado por haberse atrevido a pensar y actuar por fuera del recuadro.
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