Durante buena parte de la vida adulta, una pregunta aparentemente inocente acompaña las presentaciones: ¿a qué se dedica? Casi siempre se espera una profesión, un cargo, el nombre de una empresa. Abogada. Médico. Profesor. Empresaria. Ingeniero. La respuesta funciona porque durante décadas se ha aceptado que trabajar no solo ocupa buena parte del tiempo, sino que también explica quién es una persona.
Pero una vida nunca cabe del todo en una tarjeta de presentación.
Quien responde que es arquitecta puede ser también lectora, madre, caminante, jardinera, amiga, viajera, aficionada a la música o depositaria de las historias de una familia. Quien se presenta como empresario puede haber dedicado años a acompañar a otros, aprender oficios que nunca aparecieron en su hoja de vida o cultivar intereses que no produjeron ingresos, pero sí dieron sentido a su existencia. El problema no está en mencionar una profesión. Aparece cuando el verbo ser termina confundido con el verbo hacer, como si una actividad remunerada pudiera explicar por completo una identidad.
Esa confusión se vuelve particularmente visible cuando llega la jubilación.
Quien hasta ayer dirigía un equipo, atendía pacientes, construía edificios o enseñaba en un aula puede comenzar a responder simplemente: “soy pensionado”. Una categoría administrativa ocupa entonces el lugar de una identidad que ya era mucho más amplia que el cargo anterior. No desaparecen de repente el conocimiento, el criterio, la curiosidad, los afectos ni las pasiones. Lo que termina es una determinada relación laboral.
Y, sin embargo, con frecuencia se interpreta como si terminara algo más.
Durante demasiado tiempo se ha asociado productividad con empleo, empleo con ocupación y ocupación con identidad. El resultado es una frontera cultural bastante rígida: mientras una persona pertenece al mercado laboral, se la considera activa y productiva; cuando sale de él, comienza a ser descrita principalmente por lo que dejó de hacer.
La nueva longevidad vuelve insuficiente esa manera de mirar la vida.
Vivir más no significa solamente añadir años al final de la existencia. Para muchas personas significa atravesar una etapa más extensa en la que todavía pueden convivir autonomía, experiencia, relaciones, curiosidad, deseos de aprender y capacidad para desarrollar proyectos. Las circunstancias, desde luego, no son iguales para todos. La salud, los ingresos, el nivel educativo, las responsabilidades familiares y la historia laboral producen vejeces muy distintas. Precisamente por eso resulta poco útil imaginar los 60 o los 65 años como una frontera que separa a quienes producen de quienes simplemente reciben.
También resulta limitado pensar que la única alternativa a la jubilación sea seguir trabajando.
Una persona puede dejar una empresa sin abandonar su interés por aquello que sabe. Puede cerrar una consulta profesional y descubrir que disfruta enseñando. Puede terminar una carrera corporativa y comenzar a escribir. Puede dejar de recibir un salario y dedicar tiempo a una actividad comunitaria, a acompañar a otros, a estudiar historia, a cuidar un jardín, a recuperar una amistad o a aprender algo para lo que nunca tuvo tiempo.
Nada de eso exige demostrar utilidad.
La identidad de una persona mayor no debería depender de encontrar inmediatamente una nueva ocupación que sustituya a la anterior. La nueva longevidad perdería buena parte de su sentido si, después de cuestionar la idea de que alguien es solamente su profesión, se impusiera ahora una nueva exigencia: demostrar que todavía puede producir.
La productividad, entendida de otra manera, puede ser una posibilidad y no una prueba de valor.
Cuando una organización supone que un trabajador mayor aprenderá con dificultad, será poco flexible o está demasiado cerca del retiro para justificar una inversión en su desarrollo, no está describiendo necesariamente sus capacidades: está anticipándolas a partir de su edad. El edadismo puede operar de manera tan discreta que termina pareciendo sentido común. Una capacitación se ofrece a alguien más joven. Una promoción deja de considerarse. Una hoja de vida se descarta antes de una entrevista. Una experiencia de treinta años, que hasta poco antes era un activo profesional, comienza a interpretarse como exceso de trayectoria.
Allí se desperdicia algo más que una oportunidad individual.
El conocimiento adquirido durante décadas no suele encontrarse únicamente en diplomas, manuales o bases de datos. También existe en la capacidad de reconocer patrones, anticipar dificultades, comprender a las personas, identificar una mala decisión antes de que se vuelva costosa o recordar por qué algo que parece novedoso ya fracasó años atrás. Esa experiencia no convierte automáticamente a una persona mayor en mejor trabajadora que una joven. Tampoco la edad garantiza sabiduría. Pero descartarla por anticipado significa renunciar a una forma de capital que tomó mucho tiempo construir.
Ese capital tampoco pertenece exclusivamente al mundo del trabajo.
Una persona puede haber sido abogada durante cuarenta años y conservar de esa trayectoria mucho más que conocimiento jurídico: criterio para analizar problemas, capacidad de escuchar, experiencia negociando conflictos, disciplina para estudiar y una extensa red de relaciones. Puede decidir aplicar todo eso en una actividad remunerada o hacerlo fuera del mercado. Puede convertirse en mentora, voluntaria, estudiante, escritora o simplemente en alguien que orienta a otros cuando se lo piden.
La experiencia cambia de escenario, pero no desaparece.
Una ingeniera retirada puede no querer regresar a jornadas de ocho horas, pero quizá sí desee asesorar un proyecto dos días por semana. Un antiguo empresario puede preferir acompañar a emprendedores jóvenes antes que fundar otra compañía. Una profesora puede encontrar en la educación virtual una manera distinta de compartir lo aprendido. Alguien que nunca emprendió durante su vida laboral podría hacerlo a los 67 porque ahora conoce mejor un sector, dispone de una red de contactos o finalmente tiene tiempo para desarrollar una idea postergada.
Otra persona, en cambio, puede no querer hacer ninguna de esas cosas.
Quizá quiera leer sin convertir la lectura en reseñas, caminar sin contar pasos, viajar sin producir contenido, cocinar para otros sin abrir un negocio o pasar una tarde contemplando aquello que durante años tuvo que observar de prisa. Una existencia no necesita convertirse permanentemente en resultado para conservar su legitimidad.
Ese matiz es decisivo cuando se habla de productividad en tiempos de nueva longevidad.
Si durante la vida laboral se glorificó estar ocupado, sería absurdo trasladar la misma exigencia a los años posteriores y presentar cada hora libre como una oportunidad económica desperdiciada. Una persona no pierde valor porque decida descansar, cuidar a alguien, viajar, leer, cultivar un jardín o no iniciar ningún proyecto nuevo. La productividad puede formar parte de una vida larga; no debería convertirse en su nueva medida moral.
Por eso conviene desprenderla de la velocidad y del volumen.
Ser productivo no tendría que significar hacer muchas cosas, sino conseguir que el tiempo, la atención, el conocimiento y la energía disponibles produzcan algo que se considera valioso. A cierta edad, esa definición puede adquirir un significado diferente. Quien ha pasado décadas acumulando experiencia quizá ya no esté interesado en demostrar cuánto puede hacer. Puede interesarle más decidir qué merece todavía su tiempo.
Ese desplazamiento modifica también el significado de la ocupación.
Durante la vida laboral, una persona puede haber respondido durante treinta años que era médica, contadora o gerente. Después de jubilarse, la pregunta “¿a qué se dedica?” quizá admita respuestas menos previsibles. Puede dedicarse a aprender fotografía. A acompañar a sus nietos. A asesorar una empresa algunas horas al mes. A cuidar a su pareja. A escribir unas memorias que quizá nunca publique. A participar en un proyecto comunitario. A emprender.
Ninguna de esas respuestas, por separado, alcanza a definirla.
En ese sentido, la productividad en la nueva longevidad no debería buscar una nueva etiqueta para reemplazar la anterior. Su interés está precisamente en reconocer que una vida puede contener varias identidades, ocupaciones e intensidades a lo largo del tiempo.
Tres horas de mentoría pueden influir en una decisión empresarial durante años. Una participación mensual en una junta directiva puede evitar errores difíciles de reparar. Documentar un procedimiento aprendido a lo largo de una carrera puede impedir que un conocimiento desaparezca cuando alguien se jubila. Un proyecto comunitario puede no producir remuneración y, sin embargo, generar valor para decenas de personas.
Hay actividades cuya importancia no guarda una relación sencilla con la cantidad de horas invertidas en ellas.
Por eso la experiencia puede modificar la naturaleza de la productividad. No necesariamente la aumenta; a veces la concentra.
También permite mirar de otra manera la llamada economía plateada. Con frecuencia se la describe a partir de lo que las personas mayores consumen: vivienda, salud, turismo, servicios financieros, tecnología o cuidado. Esa dimensión existe y seguirá siendo importante, pero deja fuera una pregunta incómoda: ¿por qué una población que ha acumulado décadas de conocimiento aparece tantas veces descrita principalmente como mercado consumidor?
Las personas mayores también producen.
Pueden fundar empresas, invertir, trabajar, asesorar, enseñar, identificar necesidades que conocen de primera mano y diseñar soluciones que otros no habían considerado. Quien experimenta personalmente las dificultades de movilidad, los trámites digitales incomprensibles, el diseño poco accesible de ciertos servicios o las transformaciones familiares después de la jubilación posee una perspectiva que puede convertirse en conocimiento económico.
Pero incluso aquí conviene evitar una nueva reducción.
Una persona mayor no debería pasar de ser vista solamente como pensionada a ser vista solamente como “talento sénior”. Ambas expresiones pueden terminar encerrándola en la utilidad que otros esperan obtener de ella. La economía plateada será realmente más amplia cuando reconozca a las personas mayores como consumidores y productores, pero también como ciudadanos cuya identidad excede ambas funciones.
La noción cultural de perennial resulta sugerente precisamente por eso. No pretende establecer una nueva categoría demográfica ni negar las diferencias entre generaciones. Su interés está en cuestionar la costumbre de encerrar a una persona dentro de una edad y deducir de ella cómo debería comportarse. Desde esa perspectiva, alguien puede haber sido ejecutivo durante treinta años y después convertirse en estudiante, mentor o emprendedor. Puede retirarse de una organización sin retirarse de aquello que todavía quiere comprender o hacer.
También puede descubrir intereses que nunca tuvieron relación con su trayectoria profesional.
Quizá esa sea una de las posibilidades menos comentadas de vivir más: disponer de tiempo suficiente para dejar de responder siempre desde el pasado. No todo lo que una persona haga después de los 60 tiene que aprovechar lo que hizo antes. La experiencia acumulada puede ser un recurso, pero no una condena a repetir la misma identidad.
Una antigua directora financiera puede querer estudiar literatura. Un médico puede aprender carpintería. Una persona que dedicó la mayor parte de su vida al cuidado de otros puede comenzar una actividad remunerada por primera vez a los 65. Un jubilado puede descubrir que aquello que más lo hace sentirse vivo no guarda ninguna relación con los títulos que acumuló.
La nueva longevidad permite imaginar esas discontinuidades.
Durante el siglo XX, la secuencia estudiar-trabajar-retirarse adquirió una apariencia casi natural. Una vida más larga vuelve esa línea menos estable. Puede contener nuevos períodos de formación, trabajos de distinta intensidad, interrupciones, emprendimientos tardíos, cuidados, reinvenciones y etapas en las que el ingreso deja de ser la motivación principal.
Eso obliga a las empresas a aprender algo sobre el talento mayor, pero también sobre las personas.
Retener trabajadores experimentados no significa conservarlos indefinidamente en las mismas estructuras. Puede requerir horarios distintos, funciones de asesoría, esquemas por proyecto, mentorías intergeneracionales o mecanismos que permitan transferir conocimiento antes de una jubilación. Al mismo tiempo, quienes desean permanecer activos necesitan oportunidades reales para actualizar competencias. La experiencia conserva mayor valor cuando permanece abierta al aprendizaje.
El Estado también necesita ampliar su mirada. El envejecimiento poblacional plantea desafíos fiscales, sanitarios y de cuidado que no desaparecen por llamarlos oportunidades. Pero una política pública centrada exclusivamente en esos costos ofrece una imagen incompleta. Formación a lo largo de la vida, condiciones para el emprendimiento sénior, modalidades flexibles de empleo, mecanismos contra la discriminación por edad y espacios para aprovechar conocimiento especializado pertenecen a la misma conversación sobre longevidad.
No se trata de negar la dependencia donde existe para celebrar una autonomía ficticia. Se trata de evitar que la dependencia de algunos defina a todos.
Algo semejante ocurre con la palabra pensionado. Describe una situación económica o jurídica, no una persona entera. Dice que alguien recibe una pensión. No dice qué piensa cuando se despierta, qué le interesa aprender, a quién cuida, qué sabe hacer, qué proyecto conserva en un cajón, qué conversación quisiera tener ni qué actividad todavía le produce entusiasmo.
Tal vez allí se encuentre uno de los cambios culturales más difíciles de la nueva longevidad.
La sociedad está habituada a pensar la vejez a partir de pérdidas: de velocidad, de salud, de posición profesional, de ingresos, de determinados roles. Algunas de esas pérdidas son reales. Otras aparecen porque las instituciones dejan de ofrecer espacios antes de comprobar si la persona todavía quiere o puede ocuparlos. Y otras, quizá, ni siquiera son pérdidas: son simplemente el abandono de identidades que cumplieron su función y ya no necesitan sostenerse.
Una vida larga permite dejar de ser ciertas cosas.
También permite comenzar otras.
Cuando un trabajador experimentado se marcha sin transmitir lo aprendido, una organización pierde conocimiento. Cuando un profesional que hubiera querido enseñar nunca encuentra dónde hacerlo, una parte de su experiencia deja de circular. Cuando alguien capaz de emprender no consigue financiación porque su edad se interpreta automáticamente como riesgo, puede abandonarse una idea viable. Esas son pérdidas económicas reales.
Pero existe otra pérdida que resulta más difícil medir: convencer a una persona de que, porque terminó su carrera laboral, también terminó su tiempo de posibilidad.
La nueva longevidad invita a formular otra pregunta. No cuánto tiempo más puede trabajar alguien ni cómo mantenerlo ocupado durante más años, sino de qué maneras quiere seguir participando en el mundo.
La respuesta no siempre tendrá forma de empleo. Podrá ser una empresa pequeña, una consultoría ocasional, una mentoría, un libro, una clase, una investigación, una inversión, un oficio retomado después de décadas o una iniciativa que todavía no tiene nombre. Para algunos significará ingresos. Para otros, propósito. Para otros, curiosidad. Y habrá quienes encuentren satisfacción precisamente en no convertir esa etapa en otro proyecto de productividad.
A los 60, 70 u 80 años, productividad podría significar menos acumulación y más elección.
Eso no la vuelve menor. La vuelve distinta.
Una sociedad que vive más años tendrá que aprender a reconocer esa diferencia. Si continúa reservando palabras como innovación, emprendimiento, aprendizaje y productividad para los jóvenes, desaprovechará experiencia y talento. Pero si intenta corregir ese error asignando a las personas mayores una nueva obligación de mantenerse económicamente útiles, habrá cambiado el lenguaje sin cambiar realmente la mirada.
La nueva longevidad exige algo más profundo: separar la identidad de la ocupación sin separar a las personas de la posibilidad de contribuir.
Una profesión puede terminar. Un cargo puede desaparecer. Una pensión puede comenzar.
Nada de eso responde por completo quién es una persona. Y quizá, después de décadas contestando qué hacía para ganarse la vida, llegue un momento en que resulte más interesante preguntarle qué es aquello que todavía la hace palpitar y qué desea hacer con todo lo que sabe.
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