No alcanza uno por estas latitudes ni a imaginar lo terrible que ha de ser escuchar el sonido de las sirenas antiaéreas en cualquier momento, particularmente, en las noches o en la madrugada. No obstante, no dejo de escucharlas y estremecerme cuando leo, escucho y miro las noticias que llegan desde Ucrania. Las sirenas antiaéreas suenan igual en todas partes y Colombia no es la excepción, así no estemos en guerra con algún otro país, aunque sí entre nosotros mismos como desde siempre, pero en especial, por estos días, vísperas de las elecciones que se avecinan.
Los conflictos armados contemporáneos (al igual que las pugnas entre políticos) no son menos horribles que las contiendas del pasado y sus secuelas que; por lo demás, son lo peor de todo.
Mientras estén bajo amenaza constante y sin saber en qué momento los rusos les sueltan encima su ataque, los ucranianos se muestran desafiantes, unidos y decididos a sobrevivir (lo propio deberíamos hacer los colombianos). Sin embargo, cuando cesa el bombardeo y el fuego de artillería, dicho sentimiento de fortaleza se transforma en miedo, conmoción interior e incredulidad. O como quien dice, los ucranianos se desmoronan cuando sienten que ya están más seguros.
Es más difícil dejarse abatir cuando se está acompañado. Cuanto más conectados estén los ucranianos con el mundo y, cuanto más perciban que el mundo está de su lado, menos solos se sentirán.
Cuanto más conectados estén con el resto de la humanidad, más sencillo será para ellos reconectarse consigo mismos y con el entorno exterior una vez concluya este absurdo conflicto.
En ese orden de ideas, los ucranianos (así como los colombianos) deben ‘comunicarse’ todo lo que puedan, ‘seguir’, ‘comentar’, ‘enviar mensajes’, ‘volver a publicar’, ‘compartir’ y continuar en las redes sociales la narrativa sobre Ucrania.
En últimas, he aquí unas cuantas sugerencias de supervivencia que, advertí del contenido esperanzador de los ucranianos a lo largo de las distintas redes sociales. A saber:
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