Nadie quiere asistir a una reunión a la que todos les temen o les da pereza. Si las reuniones que usted acostumbra a convocar entran en dicha categoría, procure emplear la empatía para planificarla mejor.
Empiece por dejar a un lado su agenda y plantee primero dos interrogantes:
Luego, indague con ambos grupos de personas sobre cuáles son los resultados que esperan obtener de dicha reunión y cuál sería el resultado ideal.
Incluso si usted es de los que realiza reuniones periódicas con el mismo grupo de asistentes, validar de esta manera la reunión puede generar confianza, resolver inconvenientes subyacentes y garantizar que los participantes se sientan interesados.
Seguir este procedimiento por cada reunión que cite usted puede parecer engorroso, pero con la práctica puede aprender a agilizar. Y este pequeño acto de especulación por adelantado le ahorrará mucho tiempo en el largo plazo.
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