En una época en la que las redes sociales amplifican tanto las ideas como los egos, es común encontrarse con figuras públicas convertidas en íconos, casi en objetos de devoción. No solo en la política, también en el emprendimiento, el liderazgo organizacional e incluso en las marcas personales. Pero, ¿cuándo pasamos de seguir a alguien por sus ideas a idolatrarlo por su aura?
Recientemente leí un mensaje en redes sociales que afirmaba que la “mesianización” de un líder político como el presidente Petro no es culpa de sus seguidores, sino de sus opositores. Según ese razonamiento, quienes lo critican lo refuerzan como figura mesiánica. En otras palabras, el fenómeno no existiría sin la “obsesión” de quienes lo denuncian.
Este argumento, aunque suene sofisticado, es profundamente engañoso. En la práctica, libera de responsabilidad a quienes promueven el culto a la personalidad y desvía la atención hacia los críticos, acusándolos de tener una fijación emocional con el líder. Es el equivalente, en branding, a decir que, si una marca se convierte en un fraude emocional, es culpa del consumidor que lo nota.
Porque el mensaje:
En el entorno de la marca personal, como en el liderazgo político o empresarial, esto tiene un paralelo claro: cuando su reputación depende del mito más que de su mensaje, ya no está liderando: está actuando. Y cuando quienes le rodean impiden el disenso, atacan la crítica o convierten toda objeción en “odio”, entonces su marca personal ha perdido autenticidad.
Para estudiantes, emprendedores, empresarios, comerciantes y profesionales, este caso político ofrece una lección fundamental: un verdadero liderazgo no necesita ser idolatrado, necesita ser comprendido. Si sus clientes, colegas o seguidores no pueden cuestionarle sin temor a ser descalificados, no está usted así construyendo influencia: está fabricando un altar.
Y, por cierto, culpar a los críticos por la existencia de un culto es tan absurdo como culpar al termómetro por la fiebre.
Si pretende que su marca personal crezca con integridad, no busques devotos. Busque interlocutores. No construya sobre el mito, construya sobre propósito, coherencia y verdad. Porque el verdadero respeto no nace del fanatismo, sino del pensamiento crítico.
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