Hablar de la adopción y convivencia con la inteligencia artificial (IA) es, en muchos sentidos, evocar la atmósfera de cambio que retrata El Gatopardo, la célebre novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa; también en reciente versión de Netflix. En la obra, se describe la Sicilia del siglo XIX, sacudida por la unificación de Italia —el Risorgimento—, un acontecimiento histórico que transformó las estructuras de poder, la vida social y las relaciones entre clases. De forma análoga, hoy presenciamos un proceso similar con la irrupción de la IA como tecnología capaz de reordenar mercados, replantear profesiones y revolucionar la economía global.
La frase icónica del libro —“Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”— resume magistralmente la estrategia de adaptación de las élites para conservar su influencia. Siguiendo esta idea, las organizaciones, los emprendedores y los profesionales que antes triunfaban con métodos tradicionales deben reinventarse aprovechando la IA; aquellos que no se adapten corren el riesgo de quedar rezagados.
A continuación, utilizaré la historia y los personajes de El Gatopardo para entender las diversas posturas que la humanidad puede asumir frente a la transición tecnológica hacia la inteligencia artificial, descubriendo, además, enseñanzas aplicables a la vida empresarial y personal.
Don Fabrizio, príncipe de Salina, representa la antigua nobleza que ve, con cierta melancolía e impotencia, cómo el mundo que siempre conoció se transforma irremediablemente. En la novela, su posición privilegiada se tambalea ante el ascenso de una nueva clase social, la burguesía, personificada por Don Calogero y Angelica.
En el contexto actual, Don Fabrizio encarnaría a aquellas empresas o líderes tradicionales que, si bien reconocen las posibilidades de la IA, se muestran reacios a realizar cambios profundos en su modelo de negocio. Son quienes comprenden que la tecnología avanza, pero se aferran a la creencia de que su experiencia y prestigio les otorgarán la estabilidad de siempre. Sin embargo, igual que el príncipe de Salina, perciben cierta nostalgia ante lo que se desvanece y, aunque contemplan el nuevo escenario, corren el riesgo de quedarse atrapados en la inercia.
El ejemplo de Don Fabrizio sirve como recordatorio de que, si bien la tradición y la experiencia son valiosas, no bastan por sí solas para asegurar la supervivencia. La IA no solo requiere recursos e infraestructura, sino también la apertura mental para cuestionar hábitos y rutinas arraigadas.
Tancredi, el sobrino de Don Fabrizio, asume con audacia los nuevos vientos de cambio. Su famosa frase —la que da título a la idea central de la novela— define la ruta a seguir: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”. Él entiende que la única forma de no desaparecer es unirse a la transformación.
En el panorama de la IA, Tancredi representaría a los visionarios que, sin renunciar completamente a sus orígenes, se aventuran a dominar las tecnologías emergentes. Son aquellos emprendedores, empresarios y profesionales que, con astucia, abrazan el aprendizaje automático (machine learning), la robótica o el análisis de datos avanzados, y aplican estas herramientas para optimizar procesos y crear nuevas oportunidades de negocio.
Este personaje recuerda la importancia de no quedarse al margen. Adaptarse a la IA no significa renunciar a nuestra esencia, sino canalizar la innovación de manera que nos permita seguir siendo competitivos y relevantes. Tancredi nos enseña que la flexibilidad y la apertura al cambio se convierten en ventajas determinantes.
Angelica y su padre, Don Calogero, representan en El Gatopardo la ambición y el pragmatismo de la burguesía, que irrumpe en la esfera de la aristocracia con recursos económicos y determinación para imponerse en la nueva realidad política.
Trasladándolo a la era de la IA, este ascenso se equipara a las startups tecnológicas, a los pequeños negocios que incorporan algoritmos y plataformas digitales desde su concepción, o a los inversionistas que ven en la IA un horizonte ilimitado de oportunidades. Estos nuevos jugadores —como el Don Calogero del momento— tienen la agilidad para capitalizar las posibilidades que brinda la automatización y el análisis masivo de datos, y se ubican rápidamente en posiciones de poder.
Angelica, con su encanto y capacidad de encajar en el entorno aristocrático, muestra la fuerza con la que la nueva clase social puede ganarse la aceptación o incluso la admiración de las élites tradicionales. Del mismo modo, los negocios que adoptan con éxito la IA suelen ganar prestigio y atraer interés de aliados estratégicos. Por lo demás, la velocidad con que la tecnología puede generar un cambio radical beneficia especialmente a aquellas organizaciones y personas dispuestas a arriesgar.
Concetta, hija de Don Fabrizio, representa el apego a las normas y costumbres del pasado. Incapaz de aceptar ciertas transformaciones, ve como lentamente su posición en la familia y en la sociedad va debilitándose, y los afectos que pudo haber encontrado se desvanecen.
En el entorno de la IA, Concetta es la empresa, el emprendedor o el profesional que se aferra a las viejas prácticas y no quiere “experimentar” con nuevos métodos. Podría tratarse de alguien que se niega a automatizar partes de su producción, a incorporar un e-commerce, o a usar análisis de datos para estudiar a su clientela. Esta actitud genera una brecha cada vez más grande con respecto a quienes sí aprovechan la tecnología y, tarde o temprano, los relega a un papel secundario.
Concetta ilustra el costo de la inacción y cómo la nostalgia o el temor pueden llevar a la obsolescencia. Si bien es comprensible que el cambio genere resistencias, la historia demuestra que abrazar la transformación en el momento oportuno es vital para evitar la pérdida de relevancia.
La riqueza de El Gatopardo se halla también en sus personajes secundarios, que reflejan la complejidad del entramado social en el contexto del Risorgimento. De manera análoga, en la transición hacia la IA, diversos sectores y grupos adoptan posturas diversas, resistiendo o favoreciendo la transformación según sus intereses y creencias.
La transición hacia la inteligencia artificial, igual que el Risorgimento en la Sicilia de El Gatopardo, no solo redefine jerarquías, sino que también invita a reflexionar sobre quiénes somos en relación con el cambio. El príncipe de Salina, Tancredi, Concetta, Angelica y Don Calogero personifican reacciones diversas: melancolía, pragmatismo, rigidez y ambición, respectivamente. En la actualidad, cada sector y cada individuo tienen su reflejo en estos personajes.
La pregunta que subyace es: ¿qué papel deseamos desempeñar? Si buscamos que nuestros negocios, emprendimientos o carreras profesionales “sigan como están” en esencia, debemos comprender que “es necesario que todo cambie”. La IA, como fuerza transformadora, requiere flexibilidad, visión y un replanteamiento de los viejos paradigmas. Solo así podremos alcanzar la longevidad y relevancia que, a su manera, todos anhelamos.
En última instancia, la novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa nos deja con una profunda reflexión acerca de la decadencia de las tradiciones y la fragilidad del poder frente al paso irremediable del tiempo. Del mismo modo, la inteligencia artificial está escrita en el ADN de este siglo como la pieza clave de una nueva etapa histórica. Adaptarnos a ella no es un mero capricho, sino un imperativo para quienes desean prosperar. Tal y como ocurrió en el marco del Risorgimento, quienes sepan cabalgar la ola del cambio serán los próximos protagonistas; quienes la ignoren, verán sus estructuras desplomarse con la misma celeridad con la que se esfumó el mundo aristocrático de El Gatopardo.
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