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Entérese de las razones por las que el mentiroso es tan efectivo al engañar

Desde aquellos artistas de la mentira y la prestidigitación, hasta los colegas o amigos o familiares o hasta las parejas o los cónyuges: ¿Por qué será, que los mentirosos se salen con la suya? Desde estafadores en el entorno digital (o en el presencial también), hasta vendedores de alto rendimiento, pasando por nuestros propios amigos, colegas o familiares, a menudo somos asaltados en nuestra buena fe por mentiras y engaños. La investigación sobre la psicología del engaño sugiere los motivos por los que nos engañan con tanta frecuencia. De hecho, aquí, relaciono cuatro de esas buenas razones por las que somos engañados con tanta facilidad.

De un ensayo que le leí el fin de semana en Psychology Today al profesos de psicología organizacional en Claremont McKenna College, Ronald E. Riggio, Ph.D., es que logré extraer los siguientes apartes. A saber:

El sesgo de confianza— La investigación es evidente en cuanto a que existe una tendencia humana generalizada a creer lo que los demás nos dicen. Debido a este sesgo, podemos ser propensos a creer las mentiras que nos dicen los extraños, y quizás, así mismo, confiar más en aquellos que conocemos y amamos.

Mentir es generalizado— De una investigación realizada por la experta en comunicación no verbal, Bella DePaulo, en la que pidió a los participantes que reportaran sus mentiras; se determinó que, la gente por lo general, miente dos veces por día, con un pequeño porcentaje de incidencia en aquellos que mienten 15 o más veces en el transcurso de la jornada (igual, la gente que participó en la investigación, podría estar mintiendo acerca de sus respuestas). En ese orden de ideas, y considerando la frecuencia con la que miente la gente y nuestro sesgo de confianza; es que no desconfiamos como deberíamos ni cuestionamos lo que la gente nos dice, lo que a la postre conlleva a que se nos engañe con tanta facilidad.

Pobre habilidad de detección— Al respecto, la investigación, también es bastante evidente. Nuestra habilidad para detectar a quienes nos mienten es extraordinariamente pobre. Es más, los mejores detectores de engaños (personas, no los dispositivos mecánicos diseñados para el efecto) son tan solo un poco mejores que el azar para discriminar las mentiras de la realidad. Así pues, ¿por qué será, que somos tan pobre jueces de carácter? La razón, al parecer, es que confiamos en señales estereotipadas preconcebidas, con las que esperamos poder determinar si alguien está mintiendo; sin embargo, para el efecto, dichas señales no funcionan en realidad.

Al respecto, la investigación, ha validado un sin número de ejemplos, diga usted; se cree (equivocadamente) que, ‘más fácil cae un mentiroso que un cojo’; o que un mentiroso no puede ‘verlo a los ojos’, por lo que muchas personas utilizan la falta de contacto visual para ‘descubrir’ una mentira. No obstante, la investigación, una vez más, desvirtúan dicha noción, ya que los mentirosos tienden a tener más contacto visual que aquellos que dicen la verdad. Con frecuencia, también nos enfocamos en las señales equivocadas, como, por ejemplo; las manifestaciones de ‘nerviosismo’ que asociamos con la mentira, no siempre son evidencia precisa. Es más, ciertas personas, pueden manifestar señales de ‘nerviosismo’ por naturaleza que, se malinterpretan como deshonestidad, mientras que otras tantas, pueden, desde aparecer seguras de sí mismas y estoicas, hasta hacernos creer equivocadamente que están siendo totalmente honestas.

La práctica consolida la perfección (o al maestro, como se dice por ahí)— Una razón relevante y fundamental por la que las personas deshonestas pueden mentir con tanta naturalidad y salirse con la suya, es que son muy hábiles para hacerlo. La culminación del engaño es una habilidad social aprendida y sofisticada. Con el tiempo, los mentirosos crónicos asimilan cómo mentir con éxito. Evalúan el comportamiento de los demás para determinar si sus mentiras se creen o despiertan sospechas. Luego, pueden ajustar su narrativa y su comportamiento no verbal para parecer más honestos. Dicho proceder, junto con nuestro sesgo de confianza, puede facilitar la labor del mentiroso. O como quien dice, Kaliman, ¡desconfíe!

En últimas, recuerde que:

  • Confiamos demasiado. Tendemos a creer más de lo que desconfiamos.
  • Aunque asumimos que la gente sea honesta, la mayoría de las personas miente al menos una vez al día.
  • Somos pésimos para detectar las mentiras y los engaños; así que, pilas, pues.
Andres Tellez Vallejo

Mercadólogo, autor y publicista con más de tres décadas de experiencia profesional, combino una sólida trayectoria en gerencia de producto y dirección de marketing tanto en la industria farmacéutica como en bienes de consumo. Mi carrera profesional inició con 13 años como asalariado, pero hace 19 años decidí emprender la senda del trabajo autónomo, consolidándome como gestor estratégico, autor y editor de publicaciones periódicas.

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