Benjamin Cain, en su reflexión The Reign of Civilized Psychopaths, plantea que la mera existencia de un liderazgo disruptivo como Donald Trump basta para dejar en “shock” a los sectores dominantes, volviendo obsoletas sus narrativas. Aunque pensado para el caso estadounidense, este planteamiento ilumina la experiencia colombiana bajo Gustavo Petro. La llegada del primer presidente de izquierda en la historia del país sacudió el tablero político, revelando la fragilidad de los marcos ideológicos tradicionales y obligando a replantear el sentido mismo del poder en Colombia.
Marco conceptual
Desde la teoría política, Chantal Mouffe (2005) advierte que la democracia no es un espacio de consensos perpetuos, sino de confrontación entre proyectos antagónicos. Asimismo, Pierre Bourdieu (1997) señala que el poder simbólico de las élites depende de su capacidad de imponer narrativas legítimas. Cuando surge un liderazgo disruptivo, ese poder narrativo puede volverse obsoleto. Cain lo formula en términos de shock: el statu quo se paraliza ante la evidencia de su propia caducidad.
La irrupción de un liderazgo disruptivo
Petro no solo llegó a la Presidencia con un proyecto progresista; lo hizo desafiando una historia de exclusión política de la izquierda en un país marcado por décadas de violencia antisindical, estigmatización ideológica y hegemonía bipartidista. Su liderazgo se construyó desde la disidencia (ex M-19), la oposición en el Congreso y la alcaldía de Bogotá, y terminó por abrir una grieta en el pacto tácito que mantenía a las élites políticas, económicas y mediáticas en control del Estado.
Reformas que catalizan el shock
Estas propuestas operan como “dispositivos de desestabilización narrativa” (Foucault, 1971), pues revelan la insuficiencia de los marcos ideológicos neoliberales y securitarios1, 2, 3 que habían dominado el campo político.
El estado de shock en las élites tradicionales
Tal como Cain describe en el caso estadounidense, en Colombia las élites se ven atrapadas en un desconcierto narrativo. La oposición no ha podido articular un discurso renovado frente a las reformas de Petro; más bien recurre a etiquetas como “castrochavismo” o “dictadura”, expresiones que denotan más miedo que razonamiento. El problema para estos sectores es que sus relatos históricos —seguridad, extractivismo, mercado autorregulado— ya no interpelan a una sociedad que demanda inclusión, equidad y sostenibilidad.
La obsolescencia de las narrativas tradicionales
El modelo neoliberal de los noventa, la narrativa de la “seguridad democrática” de inicios de los 2000 y el discurso tecnocrático del centrismo de las últimas décadas hoy se muestran insuficientes. Frente a una ciudadanía movilizada, consciente del cambio climático y de la desigualdad, esas narrativas resultan anacrónicas. Petro, con todos sus errores y contradicciones, revela esa obsolescencia: su mera existencia en la Casa de Nariño fuerza a las élites a admitir que la política colombiana ya no puede seguir funcionando bajo los viejos guiones.
Conclusión
La tesis de Cain encuentra en Colombia un eco potente: la irrupción de Petro ha provocado un shock ideológico y político que desarma a los sectores dominantes, mostrando que sus narrativas históricas han perdido vigencia. No es solo una disputa de programas o partidos: es la confrontación entre un modelo político-económico agotado y la búsqueda de un nuevo relato social. El desenlace de este choque definirá si Colombia logra transitar hacia un horizonte de transformación democrática o si, por el contrario, las élites se reagrupan para restaurar el viejo orden.
1Securitario proviene de securitas (seguridad).
2En ciencias sociales y teoría política se usa para describir políticas, discursos o marcos de gobierno que ponen la seguridad —del Estado, de la economía o de la sociedad— como valor supremo, justificando a partir de ahí prácticas de control, vigilancia y disciplina.
3En la obra de Foucault, especialmente en sus cursos en el Collège de France (Seguridad, territorio, población, 1977-78), se habla de “dispositivos securitarios” como formas de poder que no solo reprimen, sino que gestionan poblaciones mediante estadísticas, normativas, previsiones y control preventivo.
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