En la era de la hiperconectividad, las redes sociales han desdibujado los límites entre el periodismo, el activismo y la propaganda. Lo que antes era el ejercicio de una crítica informada, con distancia profesional y compromiso con la verdad, hoy ha sido reemplazado —en buena parte del espectro digital colombiano— por la figura del periodista militante. Un actor que, lejos de fiscalizar al poder, se dedica a protegerlo, justificarlo y hostigar a todo aquel que lo cuestione.
Este nuevo perfil, encarnado en muchos activistas digitales que se autodenominan comunicadores o analistas, responde ciegamente al proyecto político del presidente Gustavo Petro y su alianza en el Pacto Histórico. Pero más allá de las ideas de izquierda —legítimas cuando son defendidas con argumentos y autocrítica— lo que define a este tipo de comunicador no es su ideología, sino su función dentro de una maquinaria de propaganda informal pero efectiva.
Quien ha leído a uno, los ha leído a todos: el tono es siempre el mismo. Altanero, sarcástico, agresivo. Su lenguaje se alimenta de consignas y desprecio: los “fachos”, los “tibios”, los “burgueses”, los “periodistas de la prensa hegemónica”, los “traidores del centro”, los “bobos útiles” y los “bandidos de siempre” pueblan sus publicaciones. Su criterio está secuestrado por la causa, y su independencia, entregada a una lealtad ciega disfrazada de conciencia popular.
A este periodista militante no le interesa la verdad, sino la narrativa. No investiga: reitera. No confronta al poder: lo exculpa. Su objetivo no es informar ni generar debate, sino descalificar al disidente y sembrar sospecha sobre cualquier voz que no repita el libreto oficialista. Su mayor virtud es la indignación permanente; su método, el linchamiento digital.
Bajo la excusa de que “la prensa tradicional ha fallado”, construyen un ecosistema donde cualquier crítica al gobierno es traición, toda duda es reacción, y toda exigencia de rigor, un gesto elitista. En su mundo, no hay matices: solo pueblo o enemigo.
Pero lo más grave no es el sesgo. Todos tenemos uno. Lo preocupante es el descaro con el que este activismo disfrazado de periodismo quiere ocupar el lugar del análisis serio y plural. Quieren reemplazar la reflexión con consignas, la evidencia con opiniones y la ética profesional con fervor de barricada.
En lugar de una prensa libre que acompañe las transformaciones del país con mirada crítica, lo que tenemos es una legión de voceros digitales que actúan como jueces de la moral pública desde una superioridad ideológica impostada. No fiscalizan a su gobierno: lo protegen como si fuera frágil. No analizan los errores del Pacto Histórico: los encubren con retórica victimista. No aceptan la diferencia: la señalan como traición.
Este modelo de periodista militante, lejos de fortalecer la democracia, la empobrece. Porque una democracia sin crítica, sin preguntas incómodas, sin voces diversas, termina convertida en el eco de su propia propaganda.
La verdad, incluso para quienes dicen defender al pueblo, sigue siendo revolucionaria. Pero no gritada en mayúsculas ni rodeada de insultos. Sino dicha con argumentos, serenidad y valor.
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