En una época donde los dictadores caracterizan el lenguaje de la justicia y donde la retórica populista se utiliza como arma para erosionar las instituciones desde dentro, Colombia se encuentra en una peligrosa encrucijada. La presidencia de Gustavo Petro, alguna vez aclamada como un “faro de esperanza progresista”, ahora refleja, con inquietante fidelidad, el manual autocrático analizado por Anne Applebaum en Autocracia, Inc.
Bajo el pretexto de la transformación y el mandato popular, Petro ha cultivado un teatro político donde se vilipendia la disidencia, se presenta la supervisión como sabotaje y se presenta a los controles democráticos como enemigos del pueblo. Lo que presenciamos no es una improvisación caótica, sino una imitación calculada del guion autocrático global: cooptar a los medios de comunicación, politizar la justicia, anteponer la lealtad a la competencia y aislar el poder mediante el victimismo.
No se trata solo de la ambición de un hombre. Se trata de la facilidad con la que el retroceso democrático puede arraigarse en un país con instituciones frágiles y amnesia colectiva. Como advierte Applebaum, la autocracia ya no se exporta con tanques, sino a través de ideas, redes y personalidades que hacen de la democracia un espectáculo mientras la socavan desde dentro.
Colombia, otrora ejemplo de conflicto armado, ahora corre el riesgo de convertirse en ejemplo de erosión democrática, alimentada no por la violencia, sino por un estilo de liderazgo impregnado de resentimiento, revisionismo y poder descontrolado. Este artículo es un relato de cautela que examina ese declive.
Applebaum argumenta que captar la narrativa es fundamental para la autocracia moderna. En Colombia, los medios públicos han cambiado notablemente bajo la actual administración de Hollman Morris. RTVC y sus canales afiliados han servido cada vez más como plataformas para los mensajes gubernamentales, mientras que los influencers digitales con contratos estatales propagan contenido progubernamental. Puede que esto no sea una censura absoluta, pero la alineación estratégica de los medios para reforzar las narrativas oficiales refleja lo que Applebaum describe como narración patrocinada por el Estado.
Applebaum destaca la erosión de la independencia judicial mediante la retórica y la manipulación. En Colombia, ha surgido preocupación por la politización del poder judicial, particularmente en torno a casos relacionados con el financiamiento de campañas y aliados del ejecutivo. El nombramiento de personas con estrechos vínculos con la presidencia para supervisar asuntos legales delicados pone en duda la imparcialidad y alimenta el temor a una justicia selectiva.
Los líderes autoritarios con frecuencia utilizan la retórica anticorrupción como arma para desacreditar a sus oponentes mientras protegen a sus aliados. Esta doble moral, argumenta Applebaum, fomenta la impunidad. Los recientes escándalos en Colombia en la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD) y las demoras en las investigaciones sobre altos funcionarios han intensificado la sospecha pública. La anticorrupción no puede convertirse en una herramienta partidista, ya que corre el riesgo de convertirse en una cortina de humo para una corrupción aún mayor.
Los autócratas prosperan gracias a la división. En Colombia, opositores políticos y periodistas han sido tildados de enemigos, mafias o agentes de influencia extranjera. Esta difamación deliberada socava el pluralismo esencial del discurso democrático. Applebaum advierte que la creación de enemigos internos es una táctica para justificar medidas excepcionales y eludir la rendición de cuentas.
Una advertencia crucial en Autocracia, Inc. es la interpretación errónea de la victoria electoral como una licencia para desmantelar las restricciones institucionales. En Colombia, las propuestas de referendos y reinterpretaciones constitucionales, destinadas a sortear la resistencia legislativa, evocan este peligro. La democracia no se trata solo de votos, sino de límites.
Colombia sigue siendo una democracia funcional, pero se encuentra al borde del abismo. El país no enfrenta una crisis aislada, sino una deriva sistémica hacia un poder personalizado, encubierto por ideales progresistas. Anne Applebaum nos recuerda que la decadencia democrática a menudo se produce a través de mecanismos legales y retórica patriótica, no con el uso de botas militares. Los colombianos deben defender sus instituciones, exigir transparencia y resistir la tentación del mesianismo político. El costo de la complacencia es alto: una democracia de nombre, pero una autocracia en la práctica.
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