Soy un gran entusiasta de la planificación y el propósito cotidiano. Siempre procuro planear mis días y mis semanas. Promulgo e inculco a mi hijo futbolista a hacer lo mismo. Considero que, si él adquiere ese hábito le hará más competitivo en su profesión. Sin embargo, con la experiencia he comprobado que estar minuciosamente programado 24/7 no es ni sostenible ni le hará a uno más productivo.
A lo que me refiero con ‘improvisar también es válido’, es pretender el espacio para divagar y descansar, ya sea para ir al baño, comer, charlar o chatear con ‘el parche’ o simplemente para el popular ‘scratching ball’. O al caer la noche, garantizar la oportunidad de conversar, reflexionar y registrar su práctica del día, ordenar su vida, chatear un poco más con ‘el parche’, leer a García Márquez o a Joël Dicker, ver televisión, YouTube, conectarse al ‘streaming’ de Spotify o al de las redes sociales, y simplemente relajarse.
Como personas, necesitamos descansar y recargarnos. Cuando no nos concedemos la ‘autorización’ para descansar, igual, acostumbramos a tomarlo de todos modos, pero de una manera poco provechosa.
A mí se me da que, pasar mucho tiempo en las redes sociales o deambular por la Internet sin reflexión alguna proviene de percibir que nunca se desconectó uno de su quehacer cotidiano para tomar un descanso real.
En ese orden de ideas, es absolutamente válido concederse el permiso para realizar aquellas actividades que realmente quiere uno hacer, reduciendo así aquella conocida sensación de ‘querer escapar’ a sus responsabilidades cotidianas. Por supuesto, dicha libertad, con moderación, autocontrol, y autonomía.
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