La lectura del artículo publicado en el portal Pares, Cuando todos creían que Simón Bolívar iba a fracasar en la vida, invita a una reflexión que va más allá de la anécdota histórica. Más que reconstruir la infancia y juventud del Libertador, el texto ofrece una oportunidad para pensar el liderazgo como un proceso de transformación personal, de manejo del carácter y de superación de expectativas adversas. A partir de esa mirada, resulta inevitable establecer un contraste con el ejercicio contemporáneo del poder y preguntarse hasta qué punto los líderes actuales han logrado trascender sus propias heridas para gobernar con propósito, templanza y sentido de Estado.
La historia temprana de Simón Bolívar suele invocarse para demostrar que el liderazgo no siempre es evidente desde el inicio y que el carácter puede forjarse a contracorriente de las expectativas. Sin embargo, esa narrativa también enseña algo más exigente: superar no es solo ascender, sino transformarse. Bolívar canalizó sus frustraciones juveniles hacia un proyecto histórico que trascendía sus heridas personales. El liderazgo, en su caso, fue la capacidad de sublimar el agravio en propósito.
Ese contraste es el que vuelve problemático el caso del presidente Gustavo Petro. A diferencia del Libertador, cuyo carácter terminó subordinado a una causa mayor, el del actual mandatario parece haber quedado atrapado en una lógica de resentimiento permanente. Petro llegó al poder como culminación de una larga trayectoria de oposición y exclusión, pero no logró hacer el tránsito más difícil: pasar del ajuste de cuentas al ejercicio sereno del poder. Gobernar exige algo más que memoria del agravio; exige capacidad de integración, templanza y autolimitación.
Las expectativas que acompañaron su llegada al poder eran altas precisamente porque se esperaba una superación de esa biografía confrontacional. No ocurrió. El carácter personal del presidente (reactivo, suspicaz, proclive a la polarización) ha terminado moldeando su administración: conflictos constantes, desconfianza hacia las instituciones, incapacidad para construir consensos duraderos y una narrativa que necesita enemigos para sostenerse. El resultado es un gobierno que no trasciende su origen, sino que queda prisionero de él.
La lección es clara: no todo liderazgo que nace del conflicto logra superarlo. Bolívar fue grande no porque sufrió, sino porque no gobernó desde el rencor. Petro, en cambio, parece gobernar aún desde la herida. Y eso explica, más que cualquier conspiración externa, por qué hoy su gobierno está exactamente donde está.
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