Esta vez sí como dicen en Santander y al considerar que la rampante corrupción [entre otros], era motivo suficiente para indignar hasta el más impasible de los electores capitalinos; pero como comprobamos incrédulos algunos, desafortunadamente el índice de abstención en Bogotá supero el 52% ¡Que mano de pingos!
Es así como desde las primeras horas del lunes, se percibía en el ambiente el descontento por el resultado electoral, y por lo que reparaba hasta el más humilde de los conciudadanos. Al respecto y a estas alturas del acontecer, es poco lo queda por decir: el margen de error salvó a la mayoría de las prestigiosísimas encuestadoras, quedó la sensación que la gente votó más bien en contra de que a favor de los triunfadores, y el ex presidente Uribe es definitivamente un mal perdedor.
En realidad el asunto en nada debería extrañarnos, sencillamente suceden así las cosas. Tuvimos elecciones y elegimos no marcar la diferencia. Como quien dice, la manera ‘marketinera’ más sencilla de describir un producto, servicio, candidato o causa, es delineando sus diferencias de la de sus competidores: “este es igual a Peñalosa pero sin el apoyo de Uribe, es un 10% más económico, 15% más ágil, 20% más manejable y además dispone de una retórica envidiable”.
Lo hacemos reiteradamente y con tanta sencillez, que con frecuencia olvidamos del por qué nos decidimos en primer lugar. Cuando elegimos vender a Peñalosa como antítesis de Petro, podríamos ejercer una gran labor explicando el por qué Peñalosa es superior a Petro, pero igualmente fácil de olvidar, es el hecho que los prospectos de electores a los que impulsamos, tienen otra alternativa: no hacer nada.
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