La llamaban la Cirugía porque decir lo que era de verdad se sentía como tentar a la suerte.
En el sótano de un edificio anónimo, en una capital que se jactaba de estar siempre a la vista, las paredes eran del color del papel envejecido y el aire olía a ozono y café recalentado. Una hilera de pantallas cubría el muro: meteorología, imágenes satelitales, tráfico de comunicaciones convertido en gráficos pulcros, y un mapa de la ciudad objetivo con fronteras invisibles dibujadas por manos que nunca firmaban.
En el centro de la sala estaba Mara Voss, manos entrelazadas, rostro inmóvil, los ojos clavados en un cursor parpadeante que parecía burlarse de todos con su paciencia.
En la pantalla mayor, el mar sembrado de islas entre Florida y el país de nombre triste llamado San Orencio era una lámina negra, viva, de vidrio en movimiento. Más allá: una capital encajada entre montañas, con luces inestables por décadas de saqueo, miedo y silencio.
—El patrón está estable —dijo una voz detrás de Mara, plana, entrenada, cuidando el volumen como si el ruido también pudiera delatarles.
Mara no se giró.
—Estable no significa seguro.
—Nada es seguro —respondió la voz—. Ese es el punto.
Mara reconoció al hombre por el tono: Kellan Rourke, alguien que había pasado los últimos diez años aprendiendo a estar sin estar. Su expediente, si existía en forma honesta, debía de ser mayormente espacio en blanco: el tipo de vacío que ponía nerviosos a los burócratas.
Mara por fin miró por encima del hombro.
—Si esto sale mal, sale mal en el centro de una ciudad llena de civiles.
Rourke no cambió de expresión.
—Entonces no sale mal.
Así empezaba todo: no con fanfarronería, sino con una frase sobre la que se podía apoyar el peso del miedo.
Un timbre suave sonó desde el extremo de la sala. Alguien había abierto una línea segura, una acción que, allí abajo, tenía algo de ritual.
Mara se puso de pie. Alrededor de la mesa, los representantes se enderezaron como si los tiraran de hilos: enlace de Defensa, analista de inteligencia, asesor jurídico, un hombre de Tesoro con ojos de insomnio crónico.
En una pantalla apareció el sello presidencial, seguido de una transmisión granulada: un hombre sentado tras un escritorio que era menos mueble que símbolo.
No parecía pertenecer a aquella sala. Parecía pertenecer a la televisión.
Tenía el cabello, el bronceado y la postura de quien había vivido exigiéndole al mundo que lo mirara. Allí abajo, todos se referían a él solo por su cargo, y nunca por su nombre: por protocolo y por superstición. Los nombres creaban relatos, y los relatos creaban lealtades.
—¿Estamos listos? —preguntó el Presidente.
Mara midió cada sílaba.
—Tan listos como podemos estar, señor.
Hubo una pausa. Los ojos del Presidente se movieron hacia un lado, leyendo algo fuera de cuadro, como si el momento necesitara un guion.
—Tiene mi autorización —dijo—. Háganlo rápido.
No hubo bendición. No hubo discurso. Solo una instrucción comercial.
La línea murió.
Mara exhaló despacio y volvió a mirar el muro de pantallas, donde San Orencio seguía ahí, terco, entero.
—Luz verde —anunció.
En algún lugar lejano, la máquina empezó a moverse.
Al líder de San Orencio lo llamaban general Tomás Varela. Había construido su poder como las termitas construyen un nido: en silencio, con método, hasta que la estructura fue tan extensa que nadie podía distinguir dónde terminaba la pared y empezaba la podredumbre.
Fuera del país, se presentaba como presidente. Dentro, todos sabían lo que era: un hombre que usaba el lenguaje de la revolución para proteger el negocio del cartel.
Había heredado un movimiento y lo había convertido en empresa. Cada institución —tribunales, asamblea, policía, petrolera estatal— tenía ahora un cerrojo de lealtad. Allí no ascendías por méritos; ascendías por utilidad. Y utilidad significaba obediencia.
Varela era el rostro.
Su esposa, Isela Cruz, era el mecanismo.
Isela había sido defensora pública, abogada de mente afilada, capaz de citar códigos enteros y hablar con la calma que tranquiliza a jueces y desarma a testigos. Aprendió pronto que la ley no era un escudo: era un cuchillo. Cuando la revolución absorbió el Estado, ella no solo sobrevivió: le dio estructura.
Escaló por la asamblea, luego por el aparato de persecución, luego por los comités internos del partido donde las decisiones se tomaban sin actas y sin testigos. Con el tiempo, su poder dejó de ser personal y se volvió institucional. Los discursos de Varela podían encender multitudes, pero la firma de Isela podía congelar cuentas, reemplazar jueces, reorganizar cadenas de mando, borrar enemigos sin un disparo.
En el palacio —un complejo de concreto y vidrio— Varela caminaba de un lado a otro en su despacho privado, rodeado de retratos y del aroma de cigarros caros.
—Te preocupas demasiado —dijo Isela, observándolo con una quietud que hacía que el nerviosismo de él pareciera infantil.
Varela señaló una carpeta en el escritorio.
—No paran de decirlo. Que me van a llevar. Que me van a sacar arrastrado como… como un criminal.
—Eres un criminal —respondió ella sin malicia, como quien enuncia una cifra.
Varela frunció el ceño.
Isela suavizó el tono, no el contenido.
—También eres el Estado. Eso es lo que importa. El mundo puede llamarte como quiera. Nosotros controlamos lo que pasa aquí.
Varela miró hacia la ventana. Las luces de la ciudad temblaban, doradas y débiles.
—¿Y si lo intentan?
Isela se acercó y posó dos dedos sobre la carpeta como si fuese una pieza de ajedrez.
—Entonces le recordamos al mundo cómo se ve el caos.
Lo dijo como promesa.
Varela asintió, convencido por la certeza ajena, y trató de quedarse quieto.
Pero el aire en el despacho había cambiado. En un rincón de su mente que la propaganda no alcanzaba, algo susurraba que la certeza era solo un disfraz.
Sobre el Caribe, los helicópteros volaban bajos. No el “bajo” dramático del cine, con música y planos amplios, sino el bajo funcional de máquinas que intentan desaparecer en la curvatura del mar. Las palas batían la noche en un rugido sordo que el viento se tragaba.
Dentro, el equipo de Rourke iba en silencio.
No eran soldados de foto oficial. No había banderas. No había nombres. El equipo era compacto, limpio, anónimo: herramientas para un trabajo que exigía cero espectadores.
Uno de los más jóvenes, apenas mayor que un estudiante universitario, miraba el piso con la concentración de una plegaria. Otro, más viejo, con ojos planos y piel curtida, consultaba el reloj por quinta vez sin impaciencia, como quien cree que el tiempo es otro enemigo.
Rourke leyó el último mensaje de Mara en su pantalla de muñeca:
ADELANTE / PERFIL BAJO / TRAERLO VIVO.
Lo archivó. Todos conocían la regla real:
No te conviertas en la historia.
Arriba, en capas de altura que nadie vería desde el suelo, se movían otros activos: ojos, oídos y un paraguas protector construido con electrónica y disuasión más que con acero. Los detalles estaban compartimentados por una razón: en este oficio, saber demasiado era un riesgo.
Al aproximarse a la costa, el cielo parpadeó a lo lejos, como si fuera un relámpago.
No lo era.
Una voz llegó por el canal interno:
—La red eléctrica de la ciudad está inestable. Esperen fluctuaciones.
Rourke no reaccionó. Sabía lo que “fluctuaciones” significaba: un vacío súbito que convertía calles en sombras y compraba minutos preciosos en los que las reglas normales tardaban en reencontrarse.
El helicóptero viró hacia el interior.
La capital se abrió debajo como un cuenco oscuro.
En el palacio, Isela Cruz se interrumpió en mitad de una frase.
Las luces titilaron: una vez, dos… y bajaron.
Varela se quedó rígido.
—¿Qué fue eso?
Un oficial de seguridad apareció en la puerta con una compostura apresurada.
—Irregularidad de energía, presidente. Ya lo estamos revisando.
Los ojos de Isela se afinaron.
—¿En el complejo?
—Tenemos generadores…
—Eso no es una respuesta —cortó ella.
Afuera, la ciudad se volvió un tablero roto de luz y sombra. El vidrio de la ventana devolvió el reflejo del despacho como un fantasma. En ese reflejo, Varela parecía de pronto más viejo.
Intentó reír.
—¿Ves? Caos. Ni nuestros enemigos pueden mantener las luces prendidas.
Isela no se rió.
Entonces llegó el sonido: un rumor grave, profundo, demasiado rítmico para ser clima, demasiado pesado para ser tráfico.
Varela tragó saliva.
—¿Eso es…?
Isela se movió hacia él y lo agarró del antebrazo con una fuerza que lo sorprendió.
—Vamos al corredor interno —dijo—. Ahora.
Él retrocedió por instinto.
—No voy a correr.
Los ojos de Isela se clavaron en los suyos.
—Entonces mueres por tu orgullo.
Eso lo atravesó.
Se movieron rápido, escoltados por hombres que, de pronto, querían demostrar lealtad. Pero la lealtad era una moneda frágil cuando lo desconocido llegaba desde el aire.
El equipo aterrizó en un sector industrial donde las calles eran amplias y la noche más densa. Salieron en un impulso disciplinado: silencioso, veloz, cada operador un punto de una geometría ensayada.
Sin gritos. Sin teatro.
Solo el clic suave de botas, el murmullo de frases codificadas y la coreografía oscura de gente que había practicado esto en un almacén a miles de kilómetros, sobre una réplica construida con medidas que no existían en ningún registro público.
El perímetro del palacio se alzó delante: muros, cámaras, puestos, capas de hombres convencidos de que la cercanía al poder los hacía invulnerables.
Rourke no pretendía enfrentar el perímetro entero. No era el plan.
Buscaron las costuras. Explotaron un instante breve en el que los sistemas dudaban y los humanos tenían que decidir qué estaban viendo.
Un guardia dobló la esquina y se quedó helado al ver formas desconocidas en la oscuridad.
Rourke levantó una mano—calma, abierta, casi cortés.
El guardia abrió la boca.
Un operador dio un paso y, en una voz baja que cargaba autoridad sin necesidad de amenaza, dijo:
—Al suelo.
Las rodillas del guardia cedieron como si sus huesos recordaran lo que el miedo exigía.
El equipo siguió.
Dentro del palacio, el caos intentó ensamblarse: alarmas intermitentes, radios que chisporroteaban, gritos contradictorios en corredores diseñados para la ceremonia, no para la crisis.
Rourke avanzó por la ruta memorizada: giro a la izquierda, pasillo corto, puerta reforzada, y luego el corredor interno donde las figuras de alto valor se escondían cuando creían que el mundo venía por ellas.
Y el mundo había venido.
En la entrada, dos hombres armados aparecieron, sorprendidos y furiosos.
Hubo un intercambio breve, contenido, rápido. Los guardias retrocedieron hacia la incertidumbre, y el equipo fluyó hacia dentro.
Entonces lo vieron.
Tomás Varela estaba junto a la puerta interior, rodeado de seguridad que de pronto parecía utilería. Trató de enderezarse, de ponerse el abrigo invisible del mando.
—Soy el presidente de San Orencio —dijo, y la voz se le alzó al final, como si estuviera suplicándole a su propio título.
Rourke no respondió al título. Los títulos no pesaban allí.
Un operador se adelantó y dijo, simplemente:
—Viene con nosotros.
Varela buscó con la mirada a Isela.
Y ahí, por primera vez, su compostura se quebró. No en pánico —ella no estaba hecha para eso— sino en una comprensión más fría: su arquitectura había sido saltada. Alguien había entrado al laberinto desde arriba.
—Esperen —dijo ella, firme—. No entienden lo que están haciendo.
Rourke la observó. Reconocía la competencia cuando la veía.
—Entendemos —dijo—. No venimos por el país.
Los ojos de Isela se estrecharon.
—Entonces, ¿por qué vienen?
Rourke no contestó. No hacía falta.
Tomaron a Varela —vivo, respirando, furioso, incapaz de procesar la humillación de ser manejado como un objeto— y regresaron a la noche con una velocidad que hacía que los testigos dudaran de su memoria.
Isela no los siguió. Se quedó en el corredor, mirando cómo la sombra del poder de su esposo se evaporaba, y empezó a calcular la siguiente jugada al instante.
Esa era la diferencia entre un rostro y una operadora.
Cuando el helicóptero se elevó, la ciudad quedó debajo como un mosaico de oscuridad y luz. El interior vibraba con viento y metal.
Varela, ahora callado, tenía esa quietud peligrosa de quien imagina venganza.
—¿Crees que esto lo termina todo? —preguntó.
—Termina esta noche —respondió Rourke.
Varela se inclinó hacia delante.
—Mi gente va a incendiar el país antes de dejar que me tengan.
Rourke no se inmutó.
—¿Tu gente? ¿O la de ella?
Varela lo miró con odio.
Rourke hizo un gesto mínimo hacia el vacío donde Isela seguía presente como un perfume.
—Ella es el régimen —dijo—. Tú eres el logotipo.
Varela escupió:
—Es mi esposa.
—Es tu póliza de seguro —dijo Rourke—. Y ahora te quedaste sin ella.
Horas después, el helicóptero descendió sobre la cubierta de un barco en mar abierto. Focos blancos hirieron la noche. Hombres de otros uniformes esperaban sin ceremonia. La transferencia ocurrió como papeleo.
Varela desapareció bajo cubierta.
Rourke se apartó del vendaval de las palas y encontró a Mara Voss cerca del borde, el cuello del abrigo levantado contra el salitre.
—Está hecho —dijo él.
Mara asintió una sola vez y le tendió un teléfono seguro.
—Él quiere hablar.
Rourke tomó el aparato, escuchó.
La voz era inconfundible: confiada, satisfecha, como un presentador que ya saborea el titular.
—Gran trabajo —dijo el presidente—. Operación fantástica. Tremenda.
Rourke esperó.
El presidente continuó como si lo siguiente fuese obvio.
—Ahora escucha. Necesitamos estabilidad allá abajo.
Los ojos de Mara se clavaron en Rourke con cautela.
—Estabilidad —repitió Rourke.
—Exacto. No podemos tener caos. El caos es malo para los negocios.
Rourke apretó la mandíbula.
—La gente…
—La gente estará bien —cortó el presidente, ligero—. Siempre lo está. Son duros. Pero necesitamos que el petróleo fluya, ¿de acuerdo? Ese es el gran asunto. Petróleo. Hermoso petróleo.
Hubo una pausa. Luego, más bajo, como quien comparte un secreto:
—Tenemos un acuerdo que hacer. Y necesitamos a la gente correcta a cargo para que las bombas sigan funcionando.
A Rourke se le hundió el estómago. Miró a Mara, y en sus ojos vio cómo se cerraba una sospecha antigua: esto no había sido liberación. Había sido conveniencia.
—Isela Cruz sigue —dijo él, como si buscara una negación.
Otra pausa. Luego una risa breve, casi despreocupada.
—Claro. Lo que sea. Me da igual quién siga —dijo el presidente—. Mientras el petróleo sea nuestro. ¿Entiendes? Eso es. Eso siempre es.
Rourke apretó el teléfono hasta que los nudillos se le blanquearon.
—Quitaste la cara —dijo el presidente, satisfecho con su propia lógica—. Ahora hablamos con la persona que de verdad manda.
La línea se cortó.
Rourke miró el teléfono muerto como si pudiese reanimarse en una explicación que no existía.
En el horizonte, San Orencio era una mancha oscura. En esa oscuridad, Isela Cruz estaría reuniendo comités, emitiendo órdenes, apretando su control sobre instituciones liberadas de la vanidad impulsiva de su marido. Se presentaría como continuidad, como necesidad, como el único muro entre el país y el colapso.
Y la gente —campesinos, estudiantes, tenderos, madres agotadas y jóvenes furiosos— despertaría con el mismo miedo, solo que con un traje nuevo.
Mara le quitó el teléfono.
—Hicimos lo que nos pidieron —dijo, y su voz no ofrecía consuelo.
Rourke miró al mar.
—No —susurró—. Hicimos lo que él quería.
Mara tragó saliva.
—¿Y qué quería?
Rourke no se giró.
—Un titular. Un trofeo. Y una mercancía.
Levantó la vista hacia el horizonte, donde el amanecer empezaba a manchar el cielo.
—Ellos no eran la misión —dijo, refiriéndose a la gente—. Eran el decorado.
Mara no discutió. No quedaba nada que discutir.
Lejos, en un corredor de palacio recuperado por leales, Isela Cruz estaría reescribiendo el relato. Y más lejos aún, en una oficina donde las pantallas nunca se apagaban, el presidente sonreiría frente a gráficos de producción y exportación.
La Cirugía había sido limpia.
El resultado no.
Y la verdad —afilada como un cuchillo y tan fría como el acero— cayó sobre ellos:
Al final, lo único que le importaba al presidente era el petróleo.
Todo lo demás era ruido.
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