Las emociones andan de evolución

La psicología evolucionista me interesa de tiempo atrás porque soy un investigador de la conducta humana, así como por el interés que esta revierte para mi práctica profesional como mercadólogo y, por su aporte al desarrollo y consolidación de la marca personal. A ella llegué, gracias a una reseña editorial del libro que sobre el tema escribieron los estadounidenses, Leda Cosmides y su esposo John Tooby. Ella psicóloga y él antropólogo. En aquel entonces, el tema captó mi atención, porque en su libro, los autores sugieren que la forma prosigue al cometido: ‘Las propiedades de un mecanismo evolucionado reflejan la estructura de la función que dicho mecanismo evolucionado podrá resolver’.

Confieso que al principio me costó bastante comprender la noción y; para tratar de entenderla mejor, se me dio por enmarcar su contexto dentro de la práctica del marketing emocional. Así pues, y aquellos psicólogos de verdad, verdad, sabrán disculparme si termino por agredir las nociones de la psicología evolucionista pero, igual, aquí les comparto mi entendimiento al respecto:

La antigua estructura de mercado pasó de ser una configuración en la que las personas eran fáciles de ubicar, sencillas de abordar, y predispuestas a comprar; a una disposición en la que ya no son tan dóciles. Es decir, y según lo entiendo yo, de la predisposición por la imagen y el consumo, el interés comercial del consumidor evolucionó hacía la experiencia y el valor.

En dicho sentido, se me dio por concluir que la estructura de mercado y las emociones contemporáneas se asocian mejor con la lucidez, que con la imagen y el consumo. A mí se me da que este es un asunto esencial, así algunos colegas consideren lo contrario.

En ese orden de ideas, y por muy extrañas que parezcan las apreciaciones que condujeron a mis conjeturas, le sugiero considerar el par de conceptos que describo a continuación cuando vaya usted a definir su marca comercial tal cual la personal:

La lucidez debe ser el principal parámetro detrás de cualquier esfuerzo de marketing o consolidación de la autoestima.
Debe uno procurar en favor de la lucidez, en cuanto a: entendimiento, apariencia, y propósito.

Se da que, cuando las personas adopten de la psicología evolucionista la susodicha noción para su gestión comercial o personal, solo así lograrán evitar el despilfarro de dinero, tiempo, esfuerzo, y autoestima.

Se ha llegado el momento de sacudir el letargo que produce estar interactuando interminables horas en el entorno digital. Una cosa son las oportunidades que acompañan a la tecnología y otra muy distinta es dejarse idiotizar por la excesiva utilización de las redes sociales.

Hemos adquirido una obsesión excesiva por el reconocimiento de los demás. Sin embargo, ha de saber usted que, las insignias sociales tales como la cantidad de ‘seguidores’ o los ‘me gusta’ no son señal de merito, mucho menos una justificación para pasar interminables horas de nuestra cotidianidad pretendiendo adquirirlos.

Algo parecido ocurre con las marcas comerciales que, absortas en el marketing de contenidos, a toda hora promulgan en las redes sociales sus promociones permanentes, su publicidad majadera, y un sonsonete de mensajes de marca irrelevantes.

‘Atentos pues, que ya llegamos’. Ya puede usted abrir los ojos y, descontinuar la sugestiva verborrea emocional y las imágenes que acompañan a su marca en las redes sociales. Igual, puede ya descartar aquel plan de marketing que incorpora costosas, innumerables y desenfocadas tácticas de múltiples gustos y sabores tipo restaurante rodizio.

El consumidor, usted y yo requerimos argumentos claros y contundentes. Solicitamos las razones para creer y, como para ayudarnos a decidir en favor de alguna marca en particular. Desafortunadamente, por estos días de redes sociales al auge, las marcas, tanto las comerciales como las personales, de comunicación relevante, más bien poco.

En últimas, y por si las dudas en cuanto a que, ‘las propiedades de un mecanismo evolucionado reflejan la estructura de la función que dicho mecanismo evolucionado podrá resolver’; quizás, las siete normas de Paracelso (aquel médico-alquimista del Siglo XVII), le sirvan para esclarecer su entendimiento al respecto.

Las siete normas de Paracelso

  1. Lo primero es mejorar la salud. Para ello hay que respirar con la mayor frecuencia posible, honda y rítmica, llenando bien los pulmones, al aire libre o asomado a una ventana. Beber diariamente en pequeños sorbos, dos litros de agua, comer muchas frutas, masticar los alimentos del modo más perfecto posible, evitar el alcohol, el tabaco y las medicinas, a menos que estuvieras por alguna causa grave sometido a un tratamiento. Bañarte diariamente, es un hábito que debes a tu propia dignidad.
  2. Desterrar absolutamente de tu ánimo, por más motivos que existan, toda idea de pesimismo, rencor, odio, tedio, tristeza, venganza y pobreza. Huir como de la peste de toda ocasión de tratar a personas maldicientes, viciosas, ruines, murmuradoras, indolentes, chismosas, vanidosas o vulgares e inferiores por natural bajeza de entendimiento o por tópicos sensualistas que forman la base de sus discursos u ocupaciones. La observancia de esta regla es de importancia decisiva: se trata de cambiar la espiritual contextura de tu alma. Es el único medio de cambiar tu destino, pues este depende de nuestros actos y pensamientos. El azar no existe.
  3. Haz todo el bien posible. Auxilia a todo desgraciado siempre que puedas, pero jamás tengas debilidades por ninguna persona. Debes cuidar tus propias energías y huir de todo sentimentalismo.
  4. Hay que olvidar toda ofensa, más aún: esfuérzate por pensar bien del mayor enemigo. Tu alma es un templo que no debe ser jamás profanado por el odio. Todos los grandes seres se han dejado guiar por esa suave voz interior, pero no te hablara así de pronto, tienes que prepararte por un tiempo; destruir las superpuestas capas de viejos hábitos, pensamientos y errores que pesan sobre tu espíritu, que es divino y perfecto en sí, pero impotente por lo imperfecto del vehículo que le ofreces hoy para manifestarse, la carne flaca.
  5. Debes recogerte todos los días en donde nadie pueda turbarte, siquiera por media hora, sentarte lo más cómodamente posible con los ojos medio entornados y no pensar en nada. Esto fortifica enérgicamente el cerebro y el Espíritu y te pondrá en contacto con las buenas influencias. En este estado de recogimiento y silencio, suelen ocurrírsenos a veces luminosas ideas, susceptibles de cambiar toda una existencia. Con el tiempo todos los problemas que se presentan serán resueltos victoriosamente por una voz interior que te guiará en tales instantes de silencio, a solas con tu conciencia. Ese es el Daimon de que habla Sócrates.
  6. Debes guardar absoluto silencio de todos tus asuntos personales. Abstenerse, como si hubieras hecho juramento solemne, de referir a los demás, aun de tus más íntimos todo cuanto pienses, oigas, sepas, aprendas, sospeches o descubras. Por un largo tiempo al menos debes ser como casa tapiada o jardín sellado. Es regla de suma importancia.
  7. Jamás temas a los hombres ni te inspire sobresalto el día de mañana. Ten tu alma fuerte y limpia y todo te saldrá bien. Jamás te creas solo ni débil, porque hay detrás de ti ejércitos poderosos, que no concibes ni en sueños. Si elevas tu espíritu no habrá mal que pueda tocarte. El único enemigo a quien debes temer es a ti mismo. El miedo y desconfianza en el futuro son madres funestas de todos los fracasos, atraen las malas influencias y con ellas el desastre.

En cuanto a las susodichas normas, mis discernimientos:

Si presta usted atención a las personas que dicen tener buena suerte, percibirá que, intuitivamente, obedecen buena parte de las susodichas normas.

Así mismo, muchas de las que allegan gran riqueza (aunque no todas son buenas personas desde la óptica de la honestidad), cuentan con muchas de sus virtudes. No obstante, la riqueza no es sinónimo de dicha, aunque sí puede ser uno de los factores que a ella conduce por el poder que nos concede para ejercer grandes y nobles obras.

Al respecto, la dicha perdura solo si se persigue por otras sendas. Allí donde nunca impera el popular Satán de la leyenda, cuyo verdadero nombre es ‘egoísmo’. Jamás se queje por nada, domine sus sentimientos y emociones. Húyale, tanto de la humildad como de la vanidad. La humildad le restará fuerzas y la vanidad resulta mucho más nociva.