El lenguaje vulgar también tiene su paradoja

De mi época en casa de mis progenitores tengo infinidad de gratos recuerdos. Diga usted, por ejemplo, aún evoco todas aquellas enseñanzas que me ayudaran a forjar como individuo. Aunque mi mamá fue una persona que empleó ‘palabrotas’ en ciertos tipos de conversación, particularmente, cuando yo la sacaba de quicio, siempre se esforzó por enseñarme que maldecir, incluso cuando me daba un porrazo o por algún otro intenso dolor, era inapropiado, y que de alguna manera significaba disponer de un limitado vocabulario o poseer una escaza cultura. No obstante, y a pesar de todo su empeño, su esfuerzo fue en vano, pues a la postre terminé empleando las ‘palabrotas’ de grueso calibre que siempre ella procuro que yo evitara. Afortunadamente por estos días, Benjamín K. Bergen, pareciera querer exonerar a mi madre por decir ‘palabrotas’, tal cual resarcir aquel desperfecto en mi formación personal.

La paradoja del asunto, ‘es que es ese mismo acto de supresión del lenguaje el que crea esa condición de las personas, instituciones y cosas a las que no es lícito censurar o mencionar’, según se lo leí a Benjamin K. Bergen y, a lo que él llama la ‘paradoja de la blasfemia’ en su libro ‘What the F: What Swearing Reveals About Our Language, Our Brains and Ourselves’.

Según el doctor Bergen, profesor de ciencias cognitivas en la Universidad de California, San Diego, ‘la razón por la que un niño piensa que las expresiones ‘joder’, ‘hijueputa’, ‘güevón’, o ‘mal parido’ son ‘‘palabrotas’’ es que, mientras crecía, le dijeron que todas ellas eran malas palabras que, es la razón por la cual la blasfemia es una construcción cultural que se perpetúa a través del tiempo’ o, como quien dice, ‘es un mal de su propia creación’.

Tanto los insultos como las maldiciones a menudo se usan indiscriminadamente. No obstante, entre las dos existe una sutil diferencia de origen. Una maldición implica condenar o castigar a alguien, mientras que un insulto sugiere blasfemia: invocar a un ‘ídolo’ para potenciar sus palabras. En honor a la discusión contemporánea, ambos tipos de expresión se definen como blasfemia: ‘lenguaje vulgar y socialmente inaceptable que no se usa en una conversación culta’.

La paradoja es que los improperios son poderosos solo porque permitimos que sean poderosos. Sin censurar, las ‘palabrotas’ serían meros términos comunes y corrientes.

Maldecir, según sugieren algunas investigaciones, tiene ciertas funciones. Por ejemplo, diga usted, las ‘palabrotas’ enfáticas están destinadas a destacar un punto de vista particular, mientras que la maldición con disfemismo se reserva para cuando se quiere establecer un punto de vista provocativo.

Pero maldecir es beneficioso más allá de ponerle color a su lenguaje cotidiano. También es una opción de catarsis. La investigación igual aporta evidencia de que emplear ‘palabrotas’ puede aumentar su capacidad para aguantar el dolor. O como quien dice, cuando se da usted un tremendo porrazo en el dedo del pie, un buen ‘madrazo’ puede ayudarlo a tolerar mejor el dolor.

Aunque las ‘palabrotas’ son inofensivas por lo general, los insultos son la excepción.

El uso de la blasfemia tiene claros beneficios, pero cuando la blasfemia se dirige a grupos demográficos, puede fomentar los prejuicios, sugiere el doctor Bergen en su libro.

Ahora, y como para clarificar el asunto, las ‘palabrotas’, por supuesto, no tienen ningún poder intrínseco y místico que confiera fuerza y resistencia sobrehumana. De acuerdo con los investigadores, es simplemente el acto de proferir una ‘palabrota’ tabú (Del polinesio tabú ‘lo prohibido’. 1. m. Condición de las personas, instituciones y cosas a las que no es lícito censurar o mencionar.) aquello que lo hace catártico, y eso también se aplica a la catarsis emocional.

También sugieren algunos investigadores que, ‘deben existir ventajas evolutivas en maldecir, o de lo contrario no habríamos evolucionado para ejercerlo’. Al maldecir, podemos expresar simbólicamente nuestras emociones, particularmente, la ira y la frustración hacia los demás. Maldecir es hacer frente o desahogarse, y nos ayuda a lidiar con el estrés, por lo demás.

El lenguaje vulgar puede ayudarlo a comunicar con mayor precisión sus emociones, lo que contradice aquella creencia popular que sugiere, se da el empleo de palabras soeces porque las personas que las utilizamos carecemos de habilidades para el vocabulario o la terminología propia de nuestro oficio.

Así mismo, otra investigación que se publicó en la revista ‘Social Psychological and Personality Science’, encontró un vínculo entre el lenguaje vulgar y la honestidad, concluyendo en lo individual que, ‘la blasfemia se asocia con menos mentiras y engaños’.

Otra investigación, igual sugiere que la gente percibe como honestas a aquellas personas que emplean expresiones vulgares. El hallazgo sugiere que el mentiroso debe esforzar su mente para elaborar y recordar sus mentiras, o sencillamente, para evitar decir la verdad. En cambio desde la otra orilla, aquel que habla con la verdad tiende a establecer su punto de vista con mayor diligencia, lo que podría significar hablar con vehemencia y sin filtro.

El doctor Bergen considera que, cuando la gente utiliza la blasfemia, está manifestando su estado emocional que, es algo que la gente normalmente no acostumbra. Buena parte de las personas esconden sus emociones por múltiples razones, y de allí es que se infiere que aquel usuario de ‘palabrotas’ no es uno de esos. Es más, si quiere usted ser percibido como honesto, maldecir podría ayudar a que así sea.

No obstante, todavía quedan muchos detractores que argumentan que la blasfemia es innecesaria y debe ser censurada. Tienen razón, si los boquisucios como yo pretendemos preservar los beneficios de la maldición, ya que para garantizar lo irreverente de la blasfemia, requerimos de dichos detractores.