Que la cultura tóxica de ciertos taitas no arrastre las divisiones menores al abismo

La cultura de la gente ejerce una poderosa influencia en su comportamiento. En algunos casos, ese poder puede volverse tóxico, lo que nos lleva a comprometer nuestros valores y hacer cosas que normalmente no haríamos.

En ese orden de ideas, es inverosímil que por estos días, todavía se escuche a algún padre decir a su hijo en un partido de la Liga de Fútbol de Bogotá (2000 Premier):

‘Con los amigos, mijo, con los amigos, juegue con los amigos’. A no ser que, los amigos sean los otros diez integrantes del equipo.

Probablemente, no podrá usted cambiar una cultura tóxica por cuenta propia, aunque existen ciertos pasos que puede usted adoptar para aislar los efectos de semejante estupidez.

Ante todo, debe usted tener presente que las divisiones menores de cualquier deporte, particularmente, el fútbol, implica lidiar con comportamientos mezquinos, celos, emociones alteradas, gimoteos y pataletas constantes.

Lamentablemente, tratar con padres irrazonables e insensatos puede ser la parte más difícil y harta de presenciar una competencia deportiva en las divisiones menores.

A todas estas, es lamentable la creciente tendencia de los consabidos ‘padres helicóptero’, es decir, aquellos padres que constantemente se ciernen (como un helicóptero) sobre sus hijos y se involucran demasiado y se entrometen en la vida de sus hijos. Dichos padres pueden cuestionar cada movimiento de un entrenador o tienden a creer que su hijo debe ser tratado con mayor importancia que los demás miembros del equipo o, mejor dicho, como si se tratara de la nueva promesa de la Selección Colombia de Fútbol. Una especie de: Zapata (Duván y Cristian), Lucumí, Cuéllar, Sánchez, Díaz, Arias, Martínez, Lerma, Falcao, Cardona, Ospina, Tesillo, Barrios, Medina, Montero, Vargas, Rodríguez, Borja, Mina, Muriel.

En ocasiones, dicho comportamiento nocivo e ingobernable de los padres se deriva de buenas intenciones. Aunque en la mayoría de los casos, el asunto es cuestión de un viejo síndrome: ‘la añoranza de aquellos días de gloria; de cuando los padres pretendieron hacerse futbolistas profesionales pero resultaron todos unos ‘tronquinelis’. Estas personas pueden anhelar tanto sus propios días de divisiones menores como volante de creación, media punta o extremo que, de nuevo desean experimentar la emoción indirectamente a través de su hijo. Es posible que luchen con uñas y dientes para que un entrenador le otorgue a su hijo la posición de estrella o maldiga y patalee si por el contrario, lo ubican en la banca.

Afortunadamente, existen varias maneras de tratar con este tipo de padres. La comunicación es fundamental. De hecho, la comunicación clara y sincera ayudará en casi todas las relaciones personales y profesionales, así como en la relación entre el entrenador y los padres.

En un escenario ideal, el club debería tener una reunión de padres al comienzo de la temporada, o mejor aún, durante la pretemporada. En la reunión, debería explicarse los por menores de lo que se espera de los jugadores y los padres. Lo más importante es aprovechar esta oportunidad para explicar la filosofía de entrenamiento, enfatizando, si es el caso, la intención de dar a cada jugador una oportunidad justa y las reglas sobre el tiempo de juego o la titularidad: entre otros, si depende o no de la asistencia a la práctica y el desempeño deportivo.

Así mismo, debería el club explicar sus reglas con respecto a la participación de los padres. Esto podría incluir pedir a los padres que no griten instrucciones a sus hijos durante el juego o intervenir con los hijos de los demás. Hacerles saber que si tienen una sugerencia o si notan algún inconveniente, tienen la libertad de presentarse en privado para discutirlo con el entrenador. En cuanto a las confrontaciones y los altercados frente a los jugadores, ni lo uno ni lo otro nunca han sido una buena idea.

No obstante, y como vivimos en el país del Sagrado Corazón de Jesús, algunos taitas son inmunes al sentido común, así como a la inteligencia emocional. En dicho caso, puede usted apelar a las siguientes normas mínimas de conducta ideal:

Evita la confrontación con aquellos padres desadaptados— Son por naturaleza feos, groseros y han perdido la perspectiva. Confrontarlos, por lo general, exacerba su comportamiento jayán.

Evite criticar a los jugadores, incluido su hijo y el de los demás— Los deportistas ya tienen suficiente presión con la competencia como para tener que aguantarse un constante sonsonete desde la lateral por parte de los padres desadaptados.

Evite criticar las decisiones del árbitro— Son personas que merecen respeto y ser tratados con dignidad. Naturalmente, cometerán errores y pueden incluso hasta mostrar sesgos. Está bien cuestionar una decisión de manera calmada, pero reprender, gritar o usar ataques personales nunca son apropiados.

Apoye y aliente a los jugadores, pero no sea odioso ni fastidioso y, sobre todo, deje la tambora y la hijueputa vuvuzela en la casa que no está en El Campín— Solidarícese con su hijo y sus compañeros de juego. Evite la ‘gaminería’ y el ruido excesivo, ya que puede terminar avergonzando a su hijo. Obviamente, no es necesario animar al equipo contrario, pero tampoco agredir a sus jugadores. Es mejor ser constructor, así sea más sencillo ser destructor.

Y por lo demás, si es usted de esos taitas tóxicos: ¡Coja oficio, bobo hijueputa!