Ya todos somos muñecos de prueba

Lo sepa usted o no, los recién sonados escándalos de Uber y Facebook son tan solo un recordatorio de que ya todos somos muñecos de prueba para la tecnología disruptiva. Y, si por casualidad es usted uno de aquellos despistados, le recuerdo que no hace mucho, un vehículo Uber de conducción autónoma atropello y mató a un peatón que caminaba con su bicicleta por la berma de la vía. Facebook por su parte, engañó en 2016 a 270.000 usuarios para que compartieran información personal que terminaría con la recolección de datos de 50 millones de sus familiares y amigos que, luego sería manipulada para influir la intención de voto de la elección presidencial estadounidense.

Nosotros, el electorado, elegimos a los políticos para que en nuestro nombre resuelvan ellos los asuntos de gobernanza. Y como tal, no es mucho lo que cuestionamos su parecer.

No obstante, el reciente desplome del puente Chirajara deja entrever que, las inquietudes de gobernanza son complejas y deficientes, como que requieren de un entorno financiero, dependencias ágiles que laboran en conjunto o para otras infraestructuras predispuestas a futuro o que ya están en funcionamiento pero que, por desgracia, no pueden desligarse totalmente de la política. Si aquellos obreros que perdieron su vida en la obra hubieran conocido la hoja de ruta que el proyecto prosiguió hasta aquel fatídico día, seguramente ninguno de ellos se habría presentado a trabajar en semejante experimento tecnológico.

Ahora bien, con la inteligencia artificial en boga, los interrogantes se multiplican exponencialmente en cuanto a la tecnología autónoma para las ciudades o para la industria, pues en su caso, el interventor competente, por lo general, trabaja para las compañías que comercializan la tecnología o, como quien dice, no se puede saber a ciencia cierta ni con objetividad si dichos avances tecnológicos son confiables. En consecuencia, ceñirse a la norma técnica establecida queda en las manos del vendedor y su ética moral, aunque, también es una realidad que el riesgo inintencionado siempre está presente como que, para los inescrupulosos ahorrar unos centavos, la tentación por quebrantar la norma exigida siempre estará latente.

En cuanto a las revelaciones detrás del desmadre de Facebook, lo que hizo Cambridge Analytica con los datos de los usuarios, es exactamente lo mismo que a diario hacen los anunciantes de Facebook que, por lo demás, pagan billones de dólares por semejante privilegio. En realidad, la única norma que Cambridge Analytica quebrantó, fue haber vendido ‘política’ en vez de ropa deportiva.

Revelar la información personal mientras se navega en línea, bien sea con el beneplácito del usuario o por el mero hecho de hacer presencia en un determinado sitio, es el repugnante secreto a voces detrás de las utilidades de las compañías comúnmente denominadas con el acrónimo de ‘FANG’ (Facebook, Amazon, Netflix, y Google).

La gente concede suministrar su información a través de extensos y complejos acuerdos redactados por abogados, quienes los conciben para cubrir absolutamente todo cuanto puede interesarles, a la vez que suministran al respecto la menor cantidad posible de aclaración, o autorización para interponer cualquier recurso. Y, los descarados, a uno le dicen que a cambio el servicio es gratuito.

La única razón por la cual los usuarios cometemos semejante desliz es porque se nos ha convencido que las soluciones tecnológicas son inherentemente provechosas e, independiente de si son todas concebidas por sesgados e imperfectos personajes.

Así pues, definitivamente, ya todos somos muñecos de prueba.

Ante semejante encrucijada, se me antoja que la solución podría estar en que los gigantes tecnológicos concedieran al consumidor y ciudadano de a pie la oportunidad de participar en dichos proyectos, por intermedio de:

Valoración objetiva— las alcaldías y las empresas deberían desarrollar libre de sesgo y cualquier afiliación, los respectivos análisis en cuanto al impacto potencial real y los verdaderos beneficios de cualquier iniciativa tecnológica significativa. Dicha información tendría que quedar disponible para cualquiera que desee consultarla.

Consentimiento informado— por lo general, la gente tiene muy poca idea de lo que acepta al momento de registrarse en cualquier red social o servicio tecnológico. A las personas se les debería permitir el entendimiento tecnológico en lenguaje claro y sencillo, antes de que éste se le imponga a la fuerza como, quizás también, permitir su voto y decir al respecto. Así pues, podría el consumidor comprender el verdadero alcance de los servicios en línea a los que accede.

Responsabilidad civil— si la innovación permanente y reiterativa es el hito de las tecnologías exitosas, entonces, también es imperativo que la responsabilidad civil se actualice al mismo ritmo, por lo demás, informando a la comunidad los respectivos ajustes.

Por ahora, los colombianos estamos a salvo de los vehículos de conducción autónoma, pero llegado el momento, seguramente adoptaremos una especie de mescolanza entre la legislación estadounidense y la europea. Y, en cuanto a la protección general de los datos del usuario, ciertamente, la legislación que pretende al respecto la Comunidad Europea es para algunos, una especie de socialismo abrumador, aun cuando, un legitimo esfuerzo por incorporar a la ecuación los intereses de la ciudadanía.

Naturalmente, todos nos beneficiamos de la tecnología y con seguridad, dichos beneficios aumentaran con el tiempo. No obstante, exijo mayor claridad en cuanto a los riesgos asociados, los costos, y el derecho a declinar dichos beneficios tecnológicos.