¡Fuera de lugar!

Con lo flojo de nuestra actualidad futbolística es realmente vergonzoso el enfrentamiento por un patrocinio entre el Junior de Barranquilla y Pastas La Muñeca.

Sin embargo, algunos dirán que la plata manda y cuando de dinero se trata, todo se vale. Es apenas de esperar que las partes o el más guache de los dos pele el cobro en clara manifestación de malicia.

La información disponible en este caso, y previendo claro esta que, el susodicho contrato no contemple una cláusula de rescisión, apunta a que la razón la tiene Harinera del Valle. Están en lo cierto quienes afirman que, “el Señor Arturo Char, presidente del Club, y demás directivos del Junior están dando un pésimo ejemplo a la comunidad de negocios, a la deportiva y a la sociedad en general, al irrespetar las reglas y faltar al “juego limpio”, deshonrando de tan grave y alevosa manera los contratos que firman y que son ley para las partes”.

Distinto sería el panorama social, si los empresarios, particularmente, aquellos que algunos refieren como “grandes cacaos” revisan entre otros, los valores que sustentan las estrategias de negocio y sus políticas, sus relaciones con los clientes, los proveedores y los accionistas, así como su interacción con la comunidad.

Del asunto en cuestión, la marca Junior saldrá ilesa porque es patrimonio de su afición. Los patriarcas de la familia Char se verán obligados a innovar su marca Olímpica, ya que con dicho acontecer empresarial, ésta se hace cada vez más pequeña —perdiendo su valor— y porque por lo demás, entienden que el consumidor dispone de múltiples opciones dónde mercar, así como de variadas emisoras para escuchar.

Con el dinero previsto para el patrocinio hasta el 2016 y los 4 mil millones de indemnización, Pastas La Muñeca invertirá su dinero en un programa social que, de seguro le representará mayores réditos que su inversión en el equipo tiburón.

Con este proceder, todos ganan. Inclusive, hasta aquellos que habrán de encontrar en la jurisprudencia, la forma de doblegar la norma y menospreciar la ética comercial, como la integridad del honor.

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